4F marchito
Hay algo que huele a despedida, a triste despedida: no habrá una segunda celebración
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En una ciudad cualquiera de Venezuela una mujer recibe una invitación formal, de tarjeta impresa y demás. Se trata de una vieja amiga a la que hace tiempo no ve. La invita a una rumbosa fiesta para celebrar su cumpleaños. Intrigada por desconocer de cuál cumpleaños se trata lo consulta con su madre, quien en cuestión de fechas es una especie de biblia. Le responde, "ella, si recuerdo bien, debe estar cumpliendo 35 años, puesto que nació un mes después que tu hermano mayor".
El día señalado, luego de ir a la peluquería y recoger en la tintorería su mejor traje, se engalana para la ocasión. Muchos carros y movimiento alrededor de la casa donde se celebra la fiesta y eso hace que la invitada se prepare para entrar a una fiesta en todo su esplendor. Para lo único que no está preparada es para la sorpresa que está a punto de recibir: la cumpleañera le abre la puerta y, ¡oh sorpresa!, delante de ella, feliz como una lombriz, está una mujer con un vaporoso -y muy juvenil- traje rosado. Sin dejarla apartar su estupor le espeta, "¿cómo te parece? He decidido celebrar mis quince años, por eso, ¡todo lo que vas a ver es para una quinceañera!"
Es eso, ni más ni menos, lo que le ha tocado vivir a Venezuela la semana que recién concluyó: ¡Un veinteañero celebrando su nacimiento! Si es eso lo que hemos de inferir de "una semilla de la patria nueva" que nos han repicado sin cesar por estos días. ¿Una semilla que lleva ya veinte años y no termina de germinar? Todo un milagro de la botánica o un caso espectacular de la paleobotánica, ni más ni menos.
Aunque bien pensado, no sería justo afirmar que no ha germinado, porque bien visto sí lo ha hecho. Y con creces. Las morgues de las ciudades venezolanas, las largas colas buscando empleo, cualquier empleo, los espacios vacíos donde alguna vez hubo estacionamientos, empresas que cierran y se van, viviendas que se ofrecen en el micrófono y el papel, que ya sabemos aguantan todo, las obras públicas a medio terminar, y la buena vida de los amigotes de fuera, Cuba y Nicaragua en primer lugar, dan amplio testimonio de los primeros frutos de la "Patria Nueva".
Bien pensado, sin embargo, no se nos deberían escapar los dos grandes, realmente grandes, aportes de esta fulana Patria Nueva: el primero, la temprana aparición de una oposición robusta que no ha cesado de crecer desde aquella lucha para imponer que "¡Con mis hijos no te metas!" y que ya se prepara para la reconquista del poder que garantice la resurrección de una democracia que bastante nos ha costado.
El segundo aporte: una autocracia -porque eso es lo que finalmente es esta fulana Patria Nueva- totalmente carente de cualquier gestión de gobierno. Los hampones y secuestradores campean por sus fueros y cualquier transportista sólo recibe ayuda de radioemisoras y todo tipo de voluntarios mientras que el Gobierno no hace nada por nadie a ninguna hora ¡Una dictadura que no gobierna! ¿Negaría alguien que esto sí es un aporte histórico?
Esta fastuosa celebración de un golpe militar que terminó en un estruendoso fracaso, justo cuando su principal protagonista enfrenta la única batalla que muchos esperan sea la que pueda ganar: vencer al cáncer, tiene todo el tufillo de una despedida sin remedio. Hay algo en ella -independientemente del dineral gastado en su "producción televisiva"- que huele a despedida, a triste despedida: no habrá una segunda celebración.
Esta fecha y todos los inútiles y costosos esfuerzos por convertirla en una efemérides épica muy pronto pasarán a la historia. No lo olvidaremos, por supuesto, pero su recuerdo será el de un día de infamia. Tantos ha habido en nuestra historia, que uno más, rápido será pasado al archivo de lo que no debe repetirse, y ¡a otra cosa, mariposa!
Justo una semana después de esta celebración triste e inútil, la crecida oposición venezolana acudirá a las urnas, brindando a los venezolanos y al mundo que nos quiere bien y mucho espera de nosotros, un espectáculo lleno de ilusión y esperanza, donde cuatro hombres y una mujer compiten para convertirse en el único abanderado que deba restaurar la sensatez y el buen gobierno en un país exhausto.
Esto terminará siendo, quizás, el único aporte de Hugo Chávez a nuestra historia: haber unido a una gran parte de la población en el esfuerzo unido para restaurar su democracia tan fatigosamente lograda, una democracia que una pandilla advenediza estuvo a punto de hacer naufragar. ¡Gracias, presidente Chávez, por favor concedido!
antave38@yahoo.com
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