Gano, luego elijo
La unidad de la oposición tiene fuerza propia porque es un pacto entre protagonistas de la política
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La única originalidad de la reciente alianza partidista fue el factor sorpresa. Se superó el bache de la primera reacción, pero se notó la pérdida del equilibrio, la incertidumbre, el temblor del púgil descolocado. Al oponente no le fue peor porque estamos en fase de entrenamiento. Algunos creen que de verdad esto es una fiesta electoral y se embochinchan.
¿No pasó nada? Se demostrará, una vez más, que se puede ganar, y mucho, perdiendo; y se puede perder todo lo andado, ganando. Quedó la mala señal de un político proclive al movimiento pendular y sorpresivo. Los invitados a la justa no se fortalecieron con la alianza, solo resintieron el abandono de una segura posición intermedia en el cuadro final.
Sí, hay un tiempo para ganar y un tiempo para perder. El punto está en saber cuál es ese tiempo; tarea inútil mediante una operación de cálculo -que funciona muy bien, pero en el campo de la gerencia-. Se necesita el pulso, la fuerza arrolladora del instinto, porque la estructura genética de un político se calibra, por su capacidad para olfatear, sentir y entender cuál es ese tiempo y por actuar en el preciso momento. La sinrazón de la intuición. Esa limpia declinatoria, ese todo a cambio de nada, dijeron -según la lógica de la nueva política- tuvo en el área de las emociones la imborrable carga de una infidelidad.
Con el mismo estilo individualista se invoca una constituyente, aduciendo que los integrantes de los poderes públicos, subordinados al actual régimen, harán imposible la acción de gobernar. Se requiere saber qué significa gobernar para luego entender en qué consiste esa imposibilidad. Los receptores del mensaje se preguntan: ¿gobernar así, como se gobierna, es imposible con la composición de los actuales poderes públicos?
Una constituyente, veintena de ellas, se pueden hacer y deshacer con alianzas. Incluso puede alcanzarse el poder a fuerza de alianzas, pero eso no garantiza la gobernabilidad, cuanto menos la viabilidad de las transformaciones políticas, económicas o sociales, ni los cambios institucionales. No es la promesa de solventar las primeras necesidades de la gente, sino la disposición de integrarla a la acción política, lo que distingue la gerencia de los asuntos públicos del actuar político. Cuestión de códigos.
La unidad de la oposición tiene fuerza propia y sostenible, no por las alianzas internas, sino porque es un auténtico pacto entre protagonistas de la política. La última década no es producto de un poder sobrenatural, de un gigante, de una conexión religiosa, de un amor o un servilismo a toda prueba y demás adulancias propias de esta etapa, sino de la existencia de un pacto con específicos sectores de la sociedad, que hace posible beneficiar a unos, subyugar a otros e ignorar a la mayoría -a la mayoría dispersa, desorganizada y desorientada-. Nada singular, porque al fin y al cabo, esa es la historia de la humanidad.
El pacto entre las fuerzas políticas de oposición tiene su peso y las alianzas entre los precandidatos el suyo. Ambos, en términos brutos y netos, se ponderarán el 12/2. Objetivo cumplido.
Pero, el 1 de mayo el Gobierno renovará su pacto con los agentes de la holgazanería, la desinversión, el populismo y la improductividad. La escasez y la inflación se proyectan como meras consecuencias de esos factores. Sobre esa base anunciará la reducción de la jornada laboral y la retroactividad de las prestaciones sociales; dos mandatos constitucionales, de larga mora, surgidos de una constituyente integrada por aliados.
La inmensa mayoría de los trabajadores no se beneficiarán de esa medida. Ellos, sin renunciar a sus derechos, saben que el camino del desarrollo no es fácil, que el progreso de sus hijos requiere de una gran voluntad personal y colectiva, de una fuerza capaz de doblegar la amenaza a la propiedad, a la producción, a la seguridad social y jurídica, a la educación y a la vida.
Visto así, si bien se calibran los tiempos, quizás esa mayoría, en lugar de aceptar el mendrugo que satisfaga su primera necesidad o la invitación a la fiesta electoral, esté más dispuesta a sellar un pacto como el enunciado por Churchill el 13 de mayo de 1940: "Tenemos ante nosotros muchos, muchos largos meses de lucha y sufrimiento. Ustedes preguntan: ¿cuál es nuestro objetivo? Puedo contestarlo en una palabra: victoria. Victoria a toda costa. Victoria a pesar de todo el terror. Victoria por largo y duro que pueda ser el camino; porque, sin victoria, no hay supervivencia".
cedice@cedice.org
@cedice
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