Robotizarlo todo
GABRIEL VARGAS-ZAPATA
| EL UNIVERSAL
miércoles 21 de diciembre de 2011 04:41 PM
Shawn Levy dirige Gigantes de acero, una ficción a quien le ha costado lo suyo equilibrar la imagen retro-futurista con un narrativa visual clara y alegórica; algo que, cosas como Stargate (Emmerich, 1994) por ejemplo, lo logran a la perfección. Quizás esta historia pretende estar más cerca de nuestra realidad y el futurismo sea solo una excusa para los robots boxeadores. Construye relaciones afectivas bastante difíciles de comprender, salvo el final que goza de la suficiente luz como para que sobreviva al ojo crítico, a pesar de su inusual revisión al cine de boxeo.
Aunque me gustaría insistir en errores como los de edición, que se repiten reiteradamente durante todo el metraje y que dejan en evidencia a la producción. También varias secuencias muy mal resueltas dan la sensación de prisa o de presupuesto agotado o peor aún, creatividad menguante. Esto por supuesto, no queda nada bien.
A favor debo decir que, aunque no sean personas las que boxean en Gigantes de acero, sino precisamente gigantes y precisamente de acero, la cinta posee un halo de drama boxístico -y es que culturalmente ya se ha establecido así, como un género cinematográfico propio- que me recordó y aunque parezca exagerado de mi parte a clásicos como Rocky (Avildsen, 1976) y en menor medida a Million dollar baby (Eastwood, 2004). La última parte de la cinta sobre todo, está cargada de ese sentimiento especial que solo el ring y los guantes adquieren cuando la mirada dócil y comprensiva de un buen director, las retrata con la sencillez y la fuerza precisa.
Lamentablemente para llegar a este final cobijado de emociones, se debe transitar un duro camino de decepciones y ritmo incontrolado, evidentes fallos de guión y el abandono absoluto de los galanteos románticos, tan evidentemente aprovechables en este caso. Por otra parte, el reparto me dejó satisfecho, Jackman como siempre genial, Dakota Goyo, una promesa y Evangeline Lilly, un futuro.
Y qué decir de Atom, el robot protagonista; es verdad que se le ha dotado de cierta personalidad, pero verdad es también que no existen puntos de comparación, al menos puntos fáciles de establecer, con otros robots que de una forma bastante clara sí que se han robado nuestros corazones desde un primer momento. Nombraré a Wall-e (Stanton, 2008) por decir algo. Más que el alma del robot yo destacaría su relación con Max, el niño protagonista. La conexión que en este caso se logró es una de las poquísimas cosas que mantienen el relato vivo durante su núcleo principal. También diría que la introducción fue muy larga, el final muy corto y el filme en general, desproporcionado.
La captura de movimientos ha sido de mucho provecho, pero ante cosas tan espectaculares como El origen del planeta de los simios (Wyatt, 2011) y Las aventuras de Tintín (Spielberg, 2001), será muy difícil sorprendernos de ahora en adelante. Por ellos los valores añadidos de Gigantes de acero a considerar son otros, y no son precisamente originales ni duraderos.
Se pudo haber sacado algo mejor, cierto desorden en el hilo argumental la convierte en una cinta ocasional y pasajera.
@gvargaszapata
www.gvargaszapata.blogspot.com
Aunque me gustaría insistir en errores como los de edición, que se repiten reiteradamente durante todo el metraje y que dejan en evidencia a la producción. También varias secuencias muy mal resueltas dan la sensación de prisa o de presupuesto agotado o peor aún, creatividad menguante. Esto por supuesto, no queda nada bien.
A favor debo decir que, aunque no sean personas las que boxean en Gigantes de acero, sino precisamente gigantes y precisamente de acero, la cinta posee un halo de drama boxístico -y es que culturalmente ya se ha establecido así, como un género cinematográfico propio- que me recordó y aunque parezca exagerado de mi parte a clásicos como Rocky (Avildsen, 1976) y en menor medida a Million dollar baby (Eastwood, 2004). La última parte de la cinta sobre todo, está cargada de ese sentimiento especial que solo el ring y los guantes adquieren cuando la mirada dócil y comprensiva de un buen director, las retrata con la sencillez y la fuerza precisa.
Lamentablemente para llegar a este final cobijado de emociones, se debe transitar un duro camino de decepciones y ritmo incontrolado, evidentes fallos de guión y el abandono absoluto de los galanteos románticos, tan evidentemente aprovechables en este caso. Por otra parte, el reparto me dejó satisfecho, Jackman como siempre genial, Dakota Goyo, una promesa y Evangeline Lilly, un futuro.
Y qué decir de Atom, el robot protagonista; es verdad que se le ha dotado de cierta personalidad, pero verdad es también que no existen puntos de comparación, al menos puntos fáciles de establecer, con otros robots que de una forma bastante clara sí que se han robado nuestros corazones desde un primer momento. Nombraré a Wall-e (Stanton, 2008) por decir algo. Más que el alma del robot yo destacaría su relación con Max, el niño protagonista. La conexión que en este caso se logró es una de las poquísimas cosas que mantienen el relato vivo durante su núcleo principal. También diría que la introducción fue muy larga, el final muy corto y el filme en general, desproporcionado.
La captura de movimientos ha sido de mucho provecho, pero ante cosas tan espectaculares como El origen del planeta de los simios (Wyatt, 2011) y Las aventuras de Tintín (Spielberg, 2001), será muy difícil sorprendernos de ahora en adelante. Por ellos los valores añadidos de Gigantes de acero a considerar son otros, y no son precisamente originales ni duraderos.
Se pudo haber sacado algo mejor, cierto desorden en el hilo argumental la convierte en una cinta ocasional y pasajera.
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