Santos y Chávez, Chávez y Santos
Santos restableció el equilibrio y amansó a la fiera con sus suaves modales cachacos
Que Chávez y Santos se sientan a conversar se ha convertido, pese a lo rutinario del asunto, en noticia bomba. Magnífico, espléndido, buenísimo, regio, llueven los adjetivos de un lado y del otro. Se restablece la comunicación, se entienden los presidentes, está abierta una nueva vía de cooperación, integración, complementación. Habrá un restablecimiento del comercio bilateral, respirarán aliviados los exportadores colombianos (seguros que tarde o temprano, poquito a poco, Chávez aflojará los dólares que les adeuda), salivarán los importadores venezolanos (en su mayoría del gobierno) y mientras el desempleo se dispara por estos lares, unos cuantos decenas de miles de colombianos agradecerán a Chávez el crecimiento de la oferta laboral.
Zamarros, ladinos y dobles, por partida doble, cada uno en su propio estilo, refinado hasta lo indecible uno, mendaz y marrullero el otro, Chávez y Santos, Santos y Chávez, no se quieren pero se hacen carantoñas, se juran alta fidelidad y se ponen de acuerdo de la manera más pragmática, llevándose por delante principios y finales, ungidos, siempre, por la supuesta defensa de los respectivos intereses nacionales, los cuales, a veces, hay que decirlo, coinciden con los personales.
Con Uribe no, con Uribe la cosa era de frente. "Presidente, Chávez, usted resguarda a las FARC y les permite montar campamentos y éstas son la coordenadas", le espetaba sin preámbulo a un Chávez, perplejo, que se limitaba a jurar por "mi madre santa que eso es una infamia". Después cerraba la frontera, paralizaba el comercio y cuando Santos, el mismo que ahora es su mejor amigo, ejecutaba la operación Fénix, penetrando en Ecuador y "le daban de baja" a Raúl Reyes, se sobresaltaba y movilizaba unos tanques que llegaban a San Cristóbal en gandola.
Es cierto, Uribe cedió al chantaje, tragó grueso presionado por los empresarios y reemprendió tres o cuatro reconciliaciones (incluyendo el nombramiento de Chávez como mediador) que sucumbieron porque, al final, no lo soportaba, estallaba y los burócratas del Palacio de San Carlos terminaban con las manos en la cabeza.
El sorprendente Santos restableció el equilibrio, amansó a la fiera con sus suaves modales cachacos y ahora se disponen a vivir su segunda o tercera luna de miel, mientras los problemas siguen ahí. Chávez liberado de cualquier escrúpulo por dejar en estacada a sus amigos de las FARC y Santos indiferente ante la continuación de los desmanes de la guerrilla en el lado venezolano de la frontera. Allí se refugian del cerco que los asfixia y si Chávez rompió con ellos en casi todo, aún les permite sus proverbiales fechorías en territorio nacional. Y eso, a Santos, le tiene sin cuidado.
rgiusti@eluniversal.com
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