Un hombre para la eternidad
MIGUEL E. WEIL DI MIELE
| EL UNIVERSAL
miércoles 26 de octubre de 2011 12:00 AM
Es el título de una película muy galardonada de 1966, originalmente "A man for all seasons" en inglés, escrita por Robert Bolt, en la que se relata, por supuesto con una fidelidad histórica parcial, parte de la vida de Tomás Moro en la Inglaterra de Enrique VIII. Del espléndido guión -al menos en mi opinión que poco sé de guiones- se puede extraer un diálogo que refleja un principio del que mucho se habla en nuestro país pero del que poco se explica. En una discusión de Tomás Moro con otro personaje del largometraje que le cuestiona, se dice:
"Roper: ¿Ahora pretendes darle el beneficio del derecho al diablo?
Tomás Moro: ¡Sí! ¿Tú que harías? ¿Cortar un gran camino a través del Derecho para atrapar al diablo?
Roper: ¡Sí, cortaría cada ley de Inglaterra para hacerlo!
Tomás Moro: ¿Ah sí? Y cuándo la última de las leyes cayera, y el diablo se diera la vuelta hacia a ti, ¿dónde te esconderías Roper, si todas las leyes fueron aplanadas? Este país esta plantado densamente de leyes, de costa a costa [...] y si las cortases todas, como eres capaz de hacerlo ¿de verdad crees que podrías mantenerte en pie en los vientos que entonces soplarían? Pues sí, yo le daría al diablo el beneficio del Derecho, ¡Por mi propia seguridad!".
Sin mucha complicación y sin tener que recurrir a los sabios, tenemos una explicación metafórica simple sobre la necesidad en la insistencia del respeto a la legalidad existente y aplicable de acuerdo a reglas predeterminadas igualmente (y que nosotros debemos entender tanto a nivel nacional como internacional). Las imágenes de Libia de la semana pasada son el "para muestra un botón" de lo que aquí refiero.
El desconocimiento de la legalidad, del Derecho, tanto nacional como internacional, y especialmente de la aplicación racional de las unas y las otras, rara vez produce consecuencias benévolas o deseadas. Para Muamar el Gadafi, quién luego de 40 y pico de años desde que tomó el poder, de ir y venir en lo ideológico-religioso, y de convertir a su palabra y sólo a su palabra en Derecho, cortando todos y cada uno de los tratados de derechos humanos que bajo su mando se ratificaron, los vientos soplaron convertidos en esa virulencia colectiva que vimos en la televisión y no hubo nada plantado que permitiera al tenebroso dictador quedar de pie, o por lo menos algo que impidiera que el titular de las noticias cambiara en la web en cuestión de minutos de "capturado" a "asesinado".
Las transgresiones al Estado de Derecho degeneran en situaciones catastróficas como la de Libia, que ha costado y seguirá costando la vida de muchos, así como en otras no tan calamitosas pero que igual deben preocupar, que van desde la merma de los sistemas democráticos occidentales que ha levantado a tanto indignado hasta el carácter "inejecutable" de sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Un irrespeto contagioso que absorbe a la sociedad que se olvida de semáforos o se llena de plomo hasta que no quepan más en la morgue de Bello Monte.
Si hemos de hacer nuestra una indignación, para sumarnos a la moda global, se me ocurren pocas mejores que la generada por ese irrespeto consecuente al Derecho justificado en la soberanía de la patria, en el deseo de la mitad más uno (o de uno sólo), o en el desacato del Derecho internacional justificado por una supuesta aplicación del nacional, al mejor estilo de Dick Cheney y Rumsfeld. Después de tanto talar en busca de la mala sombra del espanto que cruza por el terraplén, si lo encuentran, no quedará sino a San Miguel rezarle porque el catire quitapesares hace rato que no se pone a cantarle.
miguelwd@gmail.com
Twitter: @weilmiguel
"Roper: ¿Ahora pretendes darle el beneficio del derecho al diablo?
Tomás Moro: ¡Sí! ¿Tú que harías? ¿Cortar un gran camino a través del Derecho para atrapar al diablo?
Roper: ¡Sí, cortaría cada ley de Inglaterra para hacerlo!
Tomás Moro: ¿Ah sí? Y cuándo la última de las leyes cayera, y el diablo se diera la vuelta hacia a ti, ¿dónde te esconderías Roper, si todas las leyes fueron aplanadas? Este país esta plantado densamente de leyes, de costa a costa [...] y si las cortases todas, como eres capaz de hacerlo ¿de verdad crees que podrías mantenerte en pie en los vientos que entonces soplarían? Pues sí, yo le daría al diablo el beneficio del Derecho, ¡Por mi propia seguridad!".
Sin mucha complicación y sin tener que recurrir a los sabios, tenemos una explicación metafórica simple sobre la necesidad en la insistencia del respeto a la legalidad existente y aplicable de acuerdo a reglas predeterminadas igualmente (y que nosotros debemos entender tanto a nivel nacional como internacional). Las imágenes de Libia de la semana pasada son el "para muestra un botón" de lo que aquí refiero.
El desconocimiento de la legalidad, del Derecho, tanto nacional como internacional, y especialmente de la aplicación racional de las unas y las otras, rara vez produce consecuencias benévolas o deseadas. Para Muamar el Gadafi, quién luego de 40 y pico de años desde que tomó el poder, de ir y venir en lo ideológico-religioso, y de convertir a su palabra y sólo a su palabra en Derecho, cortando todos y cada uno de los tratados de derechos humanos que bajo su mando se ratificaron, los vientos soplaron convertidos en esa virulencia colectiva que vimos en la televisión y no hubo nada plantado que permitiera al tenebroso dictador quedar de pie, o por lo menos algo que impidiera que el titular de las noticias cambiara en la web en cuestión de minutos de "capturado" a "asesinado".
Las transgresiones al Estado de Derecho degeneran en situaciones catastróficas como la de Libia, que ha costado y seguirá costando la vida de muchos, así como en otras no tan calamitosas pero que igual deben preocupar, que van desde la merma de los sistemas democráticos occidentales que ha levantado a tanto indignado hasta el carácter "inejecutable" de sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Un irrespeto contagioso que absorbe a la sociedad que se olvida de semáforos o se llena de plomo hasta que no quepan más en la morgue de Bello Monte.
Si hemos de hacer nuestra una indignación, para sumarnos a la moda global, se me ocurren pocas mejores que la generada por ese irrespeto consecuente al Derecho justificado en la soberanía de la patria, en el deseo de la mitad más uno (o de uno sólo), o en el desacato del Derecho internacional justificado por una supuesta aplicación del nacional, al mejor estilo de Dick Cheney y Rumsfeld. Después de tanto talar en busca de la mala sombra del espanto que cruza por el terraplén, si lo encuentran, no quedará sino a San Miguel rezarle porque el catire quitapesares hace rato que no se pone a cantarle.
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