El punto central de toda cultura
Los nuevos totalitarismos ahora invocan a Dios tanto o más que los obispos. Aparentemente nada más
GUSTAVO J. LINARES BENZO
| EL UNIVERSAL
domingo 24 de abril de 2011 12:00 PM
Hace exactamente treinta años, en uno de sus escritos fundamentales, Juan Pablo II dijo: "El punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios". Se trataba de su encíclica Centenario, con motivo del primer siglo del texto fundacional de la doctrina social de la Iglesia, pero sobre todo un análisis de los acontecimientos en Europa Oriental y en Rusia, la caída del socialismo. Cosa de la que sabía mucho el pontífice polaco, que sufrió en carne propia el imperialismo soviético.
De hecho, que Juan Pablo recordara que lo que define a las sociedades es el lugar que dan a Dios, tenía como motivo inmediato el intento fallido de ese imperialismo de sacarlo de la vida pública y de la conciencia de las personas. No darle ningún lugar a Dios demostró ser imposible, una lucha condenada al fracaso a pesar de hacerse con todos los recursos, hasta el miedo más terrorífico, del Estado más poderoso hasta entonces creado, la Unión Soviética.
Los nuevos totalitarismos han aprendido aparentemente la lección y ahora invocan a Dios tanto o más que los obispos. Aparentemente nada más, porque se trata de un dios muy cómodo, que casualmente apoya todos los proyectos de la revolución. Más aún, como cualquier tirano que se precie desde Enrique VIII, el líder político es también sumo pontífice, regresando a los imperios precristianos. El socialismo no es ya una teocracia atea, ahora parece que Dios se hizo socialista, de hecho el Hijo sería el primer revolucionario, según este catecismo.
La verdadera religión será siempre un límite al poder. "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios" es la frase más impopular de Cristo en cualquier palacio de gobierno del mundo, la frase política más revolucionaria de todos los tiempos. Los nuevos pontífices-jefes de Estado, al estilo de Nerón, citan la Biblia con profusión, pero nunca esta doctrina que les representa el mayor valladar para sus pretensiones. Los derechos humanos, aquellas zonas exentas del poder político, entran en la historia de la mano de esa frase.
El análisis de Juan Pablo II mantiene toda su actualidad: "Mientras el marxismo consideraba que únicamente llevando hasta el extremo las contradicciones sociales era posible darles solución por medio del choque violento, las luchas que han conducido a la caída del marxismo insisten tenazmente en intentar todas las vías de la negociación, del diálogo, del testimonio de la verdad, apelando a la conciencia del adversario y tratando de despertar en éste el sentido de la común dignidad humana". Exacerbar el odio es una consecuencia lógica, fría, del dogma socialista, a la que luego se sirve con todas las pasiones más bajas, propias y populares. Los demócratas, negocian; negociar es el reconocimiento práctico de que el otro podrá ser adversario, pero también es humano, hijo de Dios diría Cristo.
No cabe engañarse con este socialismo seudorreligioso, que pretende arropar al poder puro y duro con salmos y versículos. El poder, los poderosos, siempre serán sospechosos para la Verdad y para la verdad, a la que deben servir e inclusive temer. Ese es el lugar de Dios en la sociedad, en favor de los débiles y como límite del poder de cualquier clase, especialmente del político.
glinares@cjlegal.net
De hecho, que Juan Pablo recordara que lo que define a las sociedades es el lugar que dan a Dios, tenía como motivo inmediato el intento fallido de ese imperialismo de sacarlo de la vida pública y de la conciencia de las personas. No darle ningún lugar a Dios demostró ser imposible, una lucha condenada al fracaso a pesar de hacerse con todos los recursos, hasta el miedo más terrorífico, del Estado más poderoso hasta entonces creado, la Unión Soviética.
Los nuevos totalitarismos han aprendido aparentemente la lección y ahora invocan a Dios tanto o más que los obispos. Aparentemente nada más, porque se trata de un dios muy cómodo, que casualmente apoya todos los proyectos de la revolución. Más aún, como cualquier tirano que se precie desde Enrique VIII, el líder político es también sumo pontífice, regresando a los imperios precristianos. El socialismo no es ya una teocracia atea, ahora parece que Dios se hizo socialista, de hecho el Hijo sería el primer revolucionario, según este catecismo.
La verdadera religión será siempre un límite al poder. "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios" es la frase más impopular de Cristo en cualquier palacio de gobierno del mundo, la frase política más revolucionaria de todos los tiempos. Los nuevos pontífices-jefes de Estado, al estilo de Nerón, citan la Biblia con profusión, pero nunca esta doctrina que les representa el mayor valladar para sus pretensiones. Los derechos humanos, aquellas zonas exentas del poder político, entran en la historia de la mano de esa frase.
El análisis de Juan Pablo II mantiene toda su actualidad: "Mientras el marxismo consideraba que únicamente llevando hasta el extremo las contradicciones sociales era posible darles solución por medio del choque violento, las luchas que han conducido a la caída del marxismo insisten tenazmente en intentar todas las vías de la negociación, del diálogo, del testimonio de la verdad, apelando a la conciencia del adversario y tratando de despertar en éste el sentido de la común dignidad humana". Exacerbar el odio es una consecuencia lógica, fría, del dogma socialista, a la que luego se sirve con todas las pasiones más bajas, propias y populares. Los demócratas, negocian; negociar es el reconocimiento práctico de que el otro podrá ser adversario, pero también es humano, hijo de Dios diría Cristo.
No cabe engañarse con este socialismo seudorreligioso, que pretende arropar al poder puro y duro con salmos y versículos. El poder, los poderosos, siempre serán sospechosos para la Verdad y para la verdad, a la que deben servir e inclusive temer. Ese es el lugar de Dios en la sociedad, en favor de los débiles y como límite del poder de cualquier clase, especialmente del político.
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