En la cama de un hospital
Como en Venezuela no hay pena de muerte, en los últimos tiempos el régimen bolivariano ha decidido utilizar el Hospital Militar de San Martín, en Caracas, para recluir a todos aquéllos que considera indeseables o que han caído en sus garras, para aplicarles el mismo método que usaron para matar al productor agropecuario Franklin Brito: el abandono, la indiferencia y el maltrato.
El otrora glorioso hospital caraqueño, Dr. Carlos Arvelo, se ha convertido hoy por hoy en el símbolo de la represión y la ignominia del gobierno chavista, una suerte de Gulag venezolano, donde las víctimas ingresan literalmente secuestradas y después de una larga agonía, es posible que salgan metidas en un ataúd, tal y como ocurrió con el valiente agricultor, que jamás renunció a una larga huelga de hambre en protesta por las tierras que el régimen le arrebató injustamente. De nada le sirivió a las autoridades venezolanas aislar a Brito en cuatro paredes, porque no hay duda de que su muerte ha tenido más repercusión que el propio acto vandálico que protagonizó el alto gobierno, tratando de acallarlo, ocultándolo contra su voluntad en ese reclusorio. Ya lo mismo está ocurriendo con la juez María Lourdes Afiuni, presa del poder extrajudicial, la valiente magistrada que develó las costuras autoritarias del gobierno venezolano.
Brito se ha convertido en el héroe de la dignidad y la decencia, en un prócer de la moral y del compromiso con el país, y cuya acción debe ser vista por todos los venezolanos como su contribución a la causa de la lucha por la libertad y la democracia. Ya el teniente ha dado instrucciones a sus voceros para tratar de sacudirse el polvo de la culpa que tienen sobre sus hombros, el de una muerte lenta que pudo haberse evitado si hubiese existido siquiera un ápice de moral en las mentes de estos tristes gobernantes que hoy controlan Venezuela a sus anchas.
Ya se dice por allí que serán muchos los que serán trasladados al célebre hospital para darles el mismo tratamiento que al occiso Brito, por el sólo hecho de pensar distinto a los designios del controvertido milico cuyas políticas han provocado la desgracia y el derrumbe de un país otrora modelo del mundo. Chávez ha disuelto los valores morales de una nación y ha enseñoreado a la delincuencia como condición natural de su régimen. La muerte de Brito nos enseña que a los dictadores no se les puede considerar gobernantes convencionales, porque sus mentes están construidas con la sémola del resentimiento y la violencia, causantes de daños irreparables a la sociedad.
Brito es para Chávez lo que Zapata, el fallecido disidente cubano, es para los Castro, sus mentores. No podía Chávez dejar de emular el récord de sus cómplices antillanos, Fidel y Raúl. Pareciera que la similitud que buscan ambos regímenes pretende ser total, incluso hasta en los muertos, porque no hay duda de que son una copia el uno al otro en la cantidad de presos por disidencia y por conciencia. Hasta ese pantano ha llegado la ignominia.
Chávez es signo inequívoco del caos, del nulo decoro ante la noción de nobleza humana y de una pobreza intelectual que ningún adversario desearía lamentar. Es el autor intelectual de la desgracia de este valeroso agricultor, quien dio su vida en defensa de lo más sagrado del Hombre: la propiedad privada. Ya es comentario general que Brito no murió de un infarto, como se anunció oficialmente, sino de una infección contraída en el hospital, amén del maltrato al cual fue sometido.
De lo que no se dan cuenta Chávez y sus acólitos -ésos mismos que desde el alto gobierno han vapuleado la dignidad nacional y escarnecido el gentilicio venezolano- que no habrá fuerza policial ni militar alguna que detenga la decisión del pueblo de regresar a la democracia y dar por terminada esta deshonra de 11 años de fracaso absoluto. Ha quedado tan marcada de fracaso esta pretendida revolución que no habrá nada que lo pueda ocultar.
Con la muerte de Brito se abre un nuevo capítulo en la lucha por la democracia. Toda acción que, de hoy en adelante se desarrolle, deberá hacerse honrando la memoria de este humilde campesino, que decidió entregar su vida antes que sus principios y claudicar en su fe. La vida de Franklin Brito la deberemos llevar como un estandarte en nuestra frente, multiplicando su ejemplo. Orwell dijo una vez: "La vida es un aspecto pasajero del compromiso, que sí es eterno". El 26 de septiembre nos tocará votar en memoria de Franklin, y será decisivo.
hugo.santaromita@gmail.com
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