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La Francia: la nueva esquina caliente

HUGO SANTAROMITA |  EL UNIVERSAL
sábado 20 de febrero de 2010  12:30 PM

Con las recientes expropiaciones decretadas, Venezuela se ha convertido en tierra de nadie, donde ya ningún ciudadano está seguro de su destino inmediato. Ya el gobierno chavista decidió exhibir su sello comunista, sin ningún miramiento, y decidió actuar desvergonzadamente contra todo lo que le huela a propiedad privada y lo que le resulte medianamente exitoso, demostrando que esta condición no es precisamente parte de su naturaleza y que en nada le regocija. Todo lo contrario, Chávez resolvió decididamente provocar la destrucción del país y de todo ciudadano o estamento sospechoso siquiera de querer voltearle los ojos o de pestañearle indebidamente.

Con estos arrebatones a la propiedad privada, la dedocracia ha llegado a su punto culminante. Con ella, Venezuela ha pasado a convertirse en una nación paria y en una desvencijada sociedad controlada por un mando monomotor, al más puro estilo de estilo de una hacienda llanera, donde todos estamos expuestos al estado de ánimo del capataz mayor.

Con la política de "lo tomo y no pago… olvídense de eso", Chávez se ha transformado -sin pudor alguno- en el mayor violador de los derechos económicos de todos los tiempos, ya ni siquiera haciendo alarde de su chequera petrolera, porque ya no compra, sino que arrebata, al mejor estilo cubano de los años 60 y de su mentor antillano.

Malas noticias para un país que desde hace varios años vive atribulado por cientos de plagas sociales: delincuencia en ascenso, pésimo sistema de salud, devaluación constante de la moneda, pérdida sostenida del poder adquisitivo, inflación galopante, escasez de alimentos, malos servicios públicos, violación a la propiedad privada y a la libertad de expresión, y destrucción progresiva del aparato productivo del país, entre otras desgracias.

Esta caricatura de revolución ha obligado a respirar aires fétidos, aires de desamparo y de abandono, como cuando uno pasa por un puesto de fritangas mezclado con el hedor de un depósito de basura. Caracas es eso y mucho más. La antigua capital del orgullo ha quedado convertida en una ciudad de gettos amparados por el régimen, donde no se puede circular libremente sin el peligro de ser agredidos ante la mínima sospecha de ser un "oligarca" o un "escuálido". Vaya desgracia para una nación.

Ejemplo de estos gettos son la Plaza Bolívar y la esquina de Puente Llaguno, mejor conocida como "la esquina caliente" y convertida en el mayor orgullo de la revolución, por ser allí donde un grupo de pistoleros -insignias del régimen y condecorados por éste— dispararon a mansalva a una multitudinaria población que protestaba el 11 de abril de 2002, exigiendo la salida del presidente. Por su parte, la Plaza Bolívar, la otrora plaza del reencuentro, ha quedado convertida en un bunker de fariseos y malvivientes, suerte de hordas de fanáticos y enfermos mentales.

Con la reciente expropiación de la histórica Joyería La Francia, ubicada frente al Capitolio, el dictador pretende extender hasta allí el control que ejercen las hordas rojas desde Puente Llaguno, tal vez para intimidar a los diputados de oposición que seguramente, en mayoría, ganarán las elecciones legislativas de septiembre y que saldrán a altas horas de la noche de las sesiones de la Asamblea Nacional. Al teniente le importa un pito el "patrimonio público", la excusa perfecta para la expropiación, sin importarle a quién se ha llevado por delante. Para sustituir a La Francia ya se habla de la construcción de un "museo de la revolución", seguramente un sitio ideal para rendir culto al régimen, para desafiar nuevamente la paz y para exacerbar aún más el odio y la confrontación. Qué tristeza, qué depauperación.

hugo.santaromita@gmail.com




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