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Les tengo el ojo puesto

HUGO SANTAROMITA |  EL UNIVERSAL
martes 15 de diciembre de 2009  11:10 AM

"Les tengo el ojo puesto". Ése ha sido siempre el impulso lapidario con el cual Chávez se ha manejado ante el pueblo y con el cual ha hecho añicos el concepto de pudor que caracterizó a los antiguos estadistas venezolanos, que tanto orgullo despertaron en la conciencia colectiva. Desde que llegó al poder, Chávez, sin ningún disimulo, le restriega al mundo su pobre intelectualidad, su vulgar desparpajo y su maloliente apología a la pobreza, queriendo imponerle al pueblo -en un ánimo revanchista- la tarea de tener que pasar por las mismas penurias por las que, probablemente, él mismo pasó, como una penitencia obligada por el pecado de ser prósperos y exitosos.

Nada más le ofende a Chávez que el éxito particular de otros, ya sea en lo económico, en lo político o en lo social, porque para este hombre, considerado una máquina de destrucción progresiva, no existe ninguna posibilidad de pensar en forma autónoma ni de disfrutar del enriquecimiento lícito, pues sus viejos resentimientos son el motor principal de un autoritarismo, impulsado, sin compasión, por su sed de venganza contra quienes, en su momento, significaron la metáfora de la opresión o fueron tal vez los íconos contra los cuales enfilaron las lecturas marxistas de su juventud.

La visión unidireccional que caracteriza a este hombre de mente visceral ha significado el choque más profundo del pensamiento político y la icónica partición de una sociedad que jamás en su historia permitió el modelaje social ni aceptó la imposición de doctrinas reñidas con la libertad y el albedrío. Su diseño de lo social le impide comprender que el arbitrio es parte de la esencia humana, y el ascenso social, un derecho casi inalienable del hombre, sin ningún tipo de restricciones ni exigencias de corte ideológico.

Chávez opera con un egoísmo que, tal vez, ni Maquiavelo se imaginó tener. Su errada concepción de las relaciones humanas lo obliga a inventar escenarios que no existen en la lógica humana, y convierte en experimento todas las políticas públicas que osa emprender, sin importarle el costo social que ello implica. El gran nombre publicitario que se le ocurrió -socialismo del siglo XXI- es literalmente un sueño demencial rescatado de los despojos del viejo comunismo y hasta de su propio resentimiento, un factor que funciona casi como una palanca de demolición ante cualquier inciso de libertad que ronde a su alrededor.

Como un exterminador, Chávez se aferra al poder arrasando con los conceptos de ética y moral, pues estos dos factores le resultan engorrosos para su plan de perpetuidad. En su particular concepción del Estado, es el autoritarismo la única fórmula viable para gobernar, lo cual se hace efectivo únicamente sojuzgando y envileciendo, para crear redes de dependencia y coerción. En otras palabras: disfruta del poder, como un "regalo de Dios" y es el único con la autoridad para disfrutar del éxito o definir el éxito o la ruina de otros.

"Que no se resbalen", "ojo pelao", son dos frases de su léxico que revelan el espíritu vengador y corrosivo de un hombre que llegó al poder para convencer al mundo de que su desgracia personal debe ser pagada por todo el mundo y que su suerte no puede ser peor que la de los demás. Bajo estas premisas de comportamiento, Chávez ha pulverizado los honorables conceptos de institucionalidad y democracia, levantando un pesado edificio de confrontación de difícil mantenimiento en el corto plazo y desgajando la débil frontera de la convivencia.

Como un auténtico megalómano y esquizoide, se ha propuesto convertir a su nación en un campo de batalla -si no lo es ya con la confabulada delincuencia social y oficial- en el afán indescifrable de enfrentar a su propio pueblo, convencido de que en el caos está su oportunidad totalitaria. De ahora en adelante, cada paso que demos será para desmontar esta vil y enfermiza patraña militarista que no es más que una coartada despiadada contra un pueblo valeroso y honesto. La historia y los hechos dirán el resto.

hugo.santaromita@gmail.com





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