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Entrevista imaginaria, Caupolicán Ovalles

El trovador enamorado del desierto tocuyano

Hace honor a su nombre de líder mapuche, que combina con su aspecto de indio tocuyo. Escritor polémico y rebelde, conversador nato, lector infatigable y encantador de serpientes. Su picardía y humor le han ganado la fama de rompecorazones. Rosario Anzola es la mujer que le robó el corazón, y la bebida, la debilidad por la cual perdió los rumbos

JUAN CARLOS FIGUERA

  • ADRIANA TAMAYO

24 de julio de 2016 00:39 AM

Actualizado el 26 de julio de 2016 14:04 PM

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Entrevista imaginaria a Caupolicán Ovalles por Adriana Tamayo

“Pase adelante, bienvenida al Panteón” comenta Caupolicán Ovalles mientras abre la puerta de su apartamento, ubicado en la parroquia Altagracia, a unas cuadras del Panteón Nacional. Un olor a polvo y papeles viejos impregna el lugar. Centenares de revistas, libros y diarios luchan por conseguir un sitio digno en aquel espacio, por lo cual caminar en ese mar es una ardua tarea. Pero no para el indio, que conoce cada milímetro de la gran biblioteca que es su hogar.

—¿Se le antoja una copa de vino?—pregunta. Su bigote de Pancho Villa aletea con cada frase que pronuncia. Da la impresión de que sus labios alzarán en vuelo tras ese vaivén.

—Muchas gracias, doctor Ovalles, pero con un vaso de agua estaré bien.

Se escucha un “plop” seguido de un suspiro. El corcho se ha liberado de la botella y ha conseguido un nuevo hogar en aquel suelo forrado de papeles. Caupolicán hace caso omiso de la petición y sirve dos copas. Para el gran Caupo siempre hay una excusa para celebrar, no importa si está amaneciendo, si llueve o si hay compañía.

Mirandino de nacimiento pero con el corazón en El Tocuyo, de donde es su familia. Lector empedernido que ha hecho de los libros su piel y su oxígeno. Su espíritu libre y corazón bohemio se esconden detrás de un vestir elegante e impecable, que también le ha servido para ocultar su incondicionalidad hacia el alcohol. La botella se ha convertido en su sombra, aliada y confidente, pero no es su única amiga. La escritora Rosario Anzola, su último gran amor, fue su apoyo incondicional durante los ocho años que duró su relación. No logró rescatarlo de las garras del monstruo pero tampoco lo abandonó a su suerte.

Aún quedan vestigios de su imponente voz. Esa que el indio aprovecha como vehículo para exponer su pulcra y astuta oratoria que, en su mejores años, lo convirtió en el padre fundador de la República del Este y en la celebridad que se paseaba por las calles de Sabana Grande con su pinta de lord.

♦♦♦

—¿Cuándo comenzó su pasión por los libros?

—Los libros estuvieron presentes en mi vida desde que tengo uso de razón. En casa de mi abuelo, el doctor Víctor Manuel Ovalles, tengo recuerdos de una niñez muy grata, que transcurrió entre libros. Le voy a presentar a mi viejo—comenta.

Tose, toma un trago de vino y al levantarse arrastra la silla. Un libro cae al suelo soltando una polvareda que hace arder los ojos. En el corto desplazamiento que realiza hasta la biblioteca, arrastra sus pies formando una estela de polvo con sus pisadas. Sufre de neuropatías diabéticas que hacen pesado su caminar. Regresa con una fotografía entre sus manos.

—Le presento al doctor Ovalles, el llanero que dejó su hogar en Valle de la Pascua para venir a Caracas en busca de un sueño—muestra el retrato en blanco y negro de un hombre mayor,  imponente y elegante, vestido de dril blanco que hace juego con su barba y sus bigotes—eso sí, se trajo todos sus papeles. Sí, sus papeles. Así le decía él a su vasta colección, que años más tarde Pablo Neruda bautizaría como La Gran Papelería del Mundo.

—¿Por qué Neruda la bautizó así?

—Yo era muy amigo de Miguel Otero Silva, que a su vez era un gran amigo de Pablo Neruda. En una de sus visitas a Venezuela, Miguel le comenta sobre mi colección y lo lleva al apartamento que yo tenía frente a El Nacional. En cuanto abrí la puerta, Pablo exclamó: ¡Pero si esta es la gran papelería del mundo!. A partir de entonces adopté ese nombre para mi universo de papeles.

Caupolicán Ovalles generó polémica desde muy joven, haciendo resistencia política mediante las letras. Debutó en Sardio, revista literaria muy crítica a la dictadura. A los 16 años formó parte de la juventud adeca y su oposición al régimen de Marcos Pérez Jiménez lo llevó a la cárcel, de donde su abuelo lo sacó para enviarlo a España. Estudió Derecho en la Universidad de Salamanca, donde conoció a Ana Teresa Sequera, con quien se casó y tuvo cinco hijos: Saabi, Caupolicán, Santos, Ana Teresa y Alejandro. Se divorció de ella y, años más tarde, se convirtió en su cuñado, tras la celebración de las nupcias entre Ana Teresa y su hermano Guatimocín. En 1961 fundó la revista El techo de la ballena y regresó a Venezuela para seguir incomodando al régimen. En 1962 publicó su poema ¿Duerme usted, señor presidente?, una dura crítica contra Rómulo Betancourt, que le consiguió un pasaje al exilio. Colombia, Cuba y Checoslovaquia lo recibieron con los brazos abiertos. En su regreso a Venezuela se dedicó de lleno a sus libros. Se casó por segunda vez, ahora con Josefa Quesada, y tuvo dos hijos: Gustavo y Manuel. A finales de los sesenta se convirtió en el fundador, presidente y dictador de la República del Este, que fue la excusa para gobernar una nación paralela de la mano de un grupo de intelectuales, que tomaron las calles de Sabana Grande y se encargaron de sacarle canas al poder de turno.

♦♦♦

LIBERACIÓN DE LOS DEMONIOS

—En la República del Este se sabe que usted bebía desde muy temprano y hasta que no hubiera más tragos ¿El alcohol le ha dado problemas?

—¿Sabe cómo es mi relación con el alcohol? ¡Festiva!—suelta una carcajada que despide un vapor a uvas fermentadas—Es más—toma su copa y sirve otro trago—¡Brindo por mí mismo!

—¿Pero es cierto que se realizó varias curas alcohólicas?

—Yo no soy alcohólico, nunca fui alcohólico. Esos fueron decires de otra gente. Yo siempre me he tomado mis copas sin ningún problema.

—¿Qué pasó exactamente con la biblioteca de la Federación de Escritores?

Se pierde unos instantes en su ser y sus ojos se van llenando de lágrimas. Poseso en su silencio, proyecta en su mente el recuerdo que le arrebató parte de su vida. El 27 de febrero de 1989, durante el Caracazo, una bomba alcanzó la Federación de Escritores y condenó a las llamas su gran biblioteca. Este hecho regresó a Caupolicán a los brazos de su fantasma, haciéndolo recaer en los efluvios del alcohol, que el tiempo y la rehabilitación se habían encargado de difuminar. Desde entonces y hasta hoy no ha podido recuperarse.

—Me partieron en mil pedazos, me descosieron el corazón—de un fondo blanco acaba con el vino que quedaba en su copa—se hubiese quemado mi casa, me hubiese quemado yo. Pero ¿por qué  esas joyas, las primeras ediciones de todos los escritores de Venezuela, dedicados a la Casa del Escritor? —comenta con un hilo de voz mientras se sirve otro trago.

—¿Qué hizo la escritora Rosario Anzola para robarle el corazón?

—Fui afortunado de tener decenas de mujeres que se desvivieron por mí. Tuve dos esposas y siete hijos. Pero Rosario—bebe un gran sorbo y suspira—Rosario fue, es y será siempre mi Niña, mi Columba Bella, la que me devolvió la vida que las vicisitudes me quitaron, la Manuelita de este Simón, el ave con quien volé y canté muy lejos del paraíso—dice sin avergonzarse mientras unas lágrimas hacen surcos en sus mejillas. La ruptura es reciente y aún su herida está abierta.

♦♦♦

LA TISIS SE LLEVÓ AL CAPITÁN

—En su obra Elegía en rojo a la muerte de Guatimocín, usted cuenta cómo vivió la tuberculosis de su padre. ¿Qué fue lo más duro de esta situación?

—Recuerdo que con frecuencia él me preguntaba qué iba a hacer yo si él se moría. Yo era apenas un niño y solo podía responder con un puchero. Un día volvió a preguntarme: ‘¿Qué haría usted si yo me muero?’ y con mucha rabia le respondí “Que se muera”. Creo que él no sabía cuanto daño me hacía esa pregunta. Nunca le perdonaré que se haya muerto.

—¿Qué recuerda del día de su muerte?

—Ese día y muchos otros lloré como un muchachito de ocho años cuando se muere su capitán. Nada me impresionó más que ver cómo el movimiento de sus músculos fue haciéndose cada vez más lento hasta dejarlo sin vida. Ese día él le dijo a alguien ‘nos veremos en una estrella’.

—Tengo entendido que su padre, a pesar de su enfermedad, quería seguir viviendo

—Mi padre estaba tan dominado por la vida que todos los esfuerzos que hizo le resultaron de una ganancia absoluta. A Guatimocín lo manejaba su propia vida y él decidió ser su carnicería.

—Ahora, luego de varias décadas de haberse despedido de él, ¿cómo lo describiría?

—El ejecutivo de su propia riquísima tristeza, el gran sortario, la estrella más famosa de la suerte.

♦♦♦

EL PEZ ENAMORADO DEL DESIERTO

—¿Cómo ve su vida en retrospectiva?

—El tiempo pasado sigue, el tiempo presente pasa, el tiempo futuro es ayer, ayer es un viento de años remotos, ayer es solo ayer. Hoy puedo dar fe de que siempre repartí sonrisas por las cuatro vertientes del ocaso, en la creencia interior que estaba desprovisto de venenos.

—Hoy, a sus 59 años, ¿cuál es su sueño?

—Siempre he pensado que de pronto podría salir volando, así dirían de mí que fui avión en vuelo, o truco. Pero nunca dirían que volé ni que atormenté a la humanidad, sin alas, con vuelo.

Caupolicán Ovalles fue a encontrarse con su padre en una estrella,  despidiéndose del mundo a los 65 años, en 2001, luego de una operación fallida para tratar una oclusión intestinal. Ya sufría de cáncer de colon. Murió sin saberlo, sin una cana y con la fortaleza de indio tocuyano que lo caracterizó.


Bibliografía

Audios:

Anzola, Rosario (15 de enero de 2014). Entrevista a Rosario Anzola. Caracas, Venezuela.  Adriana Tamayo

Mannarino, Carmen (13 de enero de 2014). Entrevista a Carmen Mannarino. Caracas, Venezuela.  Adriana Tamayo

Massiani, Francisco (11 de enero de 2014). Entrevista a Pancho Massiani. Caracas, Venezuela.  Adriana Tamayo

Rodriguez, Marisela (9 de enero de 2014). Entrevista a Marisela Rodríguez. Caracas, Venezuela.  Adriana Tamayo

Referencias bibliográficas

Ovalles, C. (1967). Elegía en rojo a la muerte de Guatimocín, mi padre, alias El Globo. Caracas. Ediciones del Techo de la Ballena

Ovalles, C. (1980). Posada al viento. Antología poética. Caracas. Ediciones del Rectorado de la Universidad de Carabobo.

Ovalles, C. (1980). Canción anónima para canción. Canción para Evita Paraíso. Los mil picos de agua. Caracas. Editora Venegráfica C.A.

*Para cumplir con los objetivos de la entrevista imaginaria, algunas respuestas de Caupolicán Ovalles se construyeron tomando como base algunos textos de su poesía. Otras respuestas son fragmentos textuales de estas referencias bibliográficas.

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