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Una conversación con Rubén Ackerman, poeta.

¿Quién escribe los epitafios?

Los Ausentes es su primer poemario y habla de la belleza de la memoria rescatada por amor y la mística que esconde ese encuentro

 El poeta es también aficionado al ajedrez

JULIO CÉSAR MESA

  • ANGELO MARCANO

19 de enero de 2017 14:55 PM

Actualizado el 21 de enero de 2017 09:17 AM

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Rubén Ackerman publica su primer poemario a los 63 años

Al preguntarle sobre la tradición en la que se enmarca su poesía, Ruben Ackerman me remite a un lamentable evento de la historia de la humanidad. Recién terminada la Primera Guerra Mundial, Alemania empuja hacia la creación de una república democrática. A costa del derramamiento de sangre, se saldan las diferencias entre los grupos que buscan el poder. Leo Jogiches, un importante revolucionario, es confrontado por un compañero de partido que lo exhorta a abandonar Berlín por su propia seguridad. La esposa de Jogiches, Rosa de Luxemburgo, y Karl Liebknetch, dirigente de su partido, habían sido detenidos y asesinados cruelmente por miembros de una policía paramilitar ultranacionalista pocos días antes. La respuesta de Jogiches aún resuena por sus connotaciones: “Alguien tiene que quedarse para escribir nuestros epitafios”. Dos meses después, Jogiches fue detenido, torturado y asesinado en la parte trasera de una comisaría.

Ese terminó siendo su epitafio”, me dice Ruben Ackerman.

El poeta de 62 años suele referirse a anécdotas y poemas para ilustrarme aspectos de su poesía, de su forma de pensar, de su vida y la de sus familiares. Una de las características constantes de su creación es la escritura desde las grandes impresiones que han acompañado su vida, las emociones fuertes. Varias de estas vienen de sus recuerdos de infancia.

-Para un niño de 4 años el mundo se mueve más bien por analogías y por correspondencias, como diría Baudelaire. Esas analogías y correspondencias se crean en función de su propia vivencia unipersonal e intransferible. En esa narración está la creación de un pequeño dios. Ese dios es la infancia. Es una comunión sin fisuras, no hay posibilidad de dudas. Eso se va disipando, pero eso es parte de la arqueología, de tu emoción personal, de tu forma de estar en el mundo.

La urgencia poética de Ruben Ackerman viene enmarcada en las tradiciones judías de su familia y su historia, desde el impacto de la guerra hasta el susurrar en yiddish de los adultos judíos para que los niños no supieran de lo que se estaba hablando. La guerra es un tema que se hizo recurrente en su infancia y en su entorno.

-Yo recuerdo haber visto a un judío que le dio una crisis, un flashback. Aquí había gente que venía de la posguerra que quedó literalmente atormentada de por vida, de forma irreversible. Me lo conseguí un día en la Plaza Estrella de San Bernardino, arrodillado, temblando. Yo le digo, señor Wittels, ¿qué pasa? ¿Por qué usted está temblando? Y él me dijo "¿No estás escuchando a los nazis?". Yo le dije, "estamos en la Plaza Estrella, esto es San Bernardino. La guerra terminó hace muchos años. Aquí no hay nazis". "Entonces tú también eres otro nazi", me dijo. Yo tendría 19 años pero la impronta emocional que eso me causó fue muy fuerte. 

Su poesía, rica en narrativa, deja entrever cómo se arrastra el peso de la Segunda Guerra Mundial en una familia judía de emigrantes desplazados.

-Ya la guerra terminó, pero están los fantasmas de la guerra. Ya los muertos no están, pero están las sombras de los muertos. Si tú ves el poema a mi abuelo, ahí está el fantasma de un dios ausente con el cual de alguna forma yo peleo. El dios de mi abuelo. El dios que murió el día que mi abuelo muere. Él me llevaba a la sinagoga y yo lo seguía, tendría 6 o 7 años. Él era un ser fervoroso a pesar de que dos de sus hijos habían muerto en el holocausto. Él preservaba una fe inquebrantable que a mí siempre me produjo mucha perplejidad. 

Mi otro abuelo era un estudioso del Talmud, pero era agnóstico. Y mi papá también. Mi papá, como dice en un poema, "le rezaba a los peones de ajedrez" y digo yo "esos pequeños dioses proscritos", porque era un culto como a la abstracción.

Una de las cosas que Ruben Ackerman me hizo entender sobre el judaísmo es el deber de la conservación de la memoria que practica profundamente el pueblo judío.

-La memoria en los campos de concentración, cuando destruían todos los libros, era el rabino. Porque el rabino era el que conocía las sagradas escrituras. Recuerda que los judíos no tienen tierra, tienen libros. Las raíces del pueblo judío están en la Torá, no están en la tierra porque ellos eran execrados de todos lados.

En un poema digo, "Somos los proscritos / los olvidados / los que tenemos que partir antes de llegar". Realmente eso ya es un anacronismo, quizá ahora somos más aceptados. Pero tal vez uno respiró esa experiencia de proscripción.

Es un sentimiento que se hace presente en él y es universalizado, gracias a su búsqueda personal, a través de sus experiencias y sus lecturas.

Otra de sus anécdotas vino a colación, esta vez la de una pareja de poetas rusos que pasaron penurias durante el estalinismo. Ósip Mandelstam, un importante poeta de los círculos intelectuales de Rusia del período de entreguerras, fue sentenciado a trabajos forzados en Siberia por haber escrito un poema satírico acerca de Stalin, haciendo referencia al miedo opresivo que se respiraba en el aire de esos años. Luego de un intento de suicidio y la intervención de un amigo con influencia en el gobierno, la sentencia se anuló y fue cambiada por un exilio de la capital, a las afueras de Rusia. Él y su esposa Nadezhda aceptaron las condiciones de la sentencia y se mudaron. A pesar de que Ósip bajó la guardia en su posición crítica, se le siguió atacando en la prensa, tildándosele de anti soviético. En el año en que inicia lo que se conoció como la Gran Purga, Ósip y su esposa Nadezhda son “invitados” por el gobierno a viajar a las cercanías de Moscú. En ese momento Ósip es arrestado y acusado de contrarrevolucionario. Ósip murió 4 meses después en el traslado a uno de los campos correccionales de Siberia.

Nadezhda, su esposa, pasó el resto de sus días con bastante discreción, sin quedarse en un lugar fijo, tomando solo trabajos temporales. Su motivación y su misión de vida fueron preservar la obra de su esposo por miedo a que fuera destruida. Solo pudo regresar a Moscú casi tres décadas después de la muerte de su esposo, cuando el presidente de turno acordó la exoneración de los cargos que pesaban sobre Ósip. Gran parte de la obra de Mandelstam se conservó gracias a ella.

-Nadezhda se aprendió de memoria todos los poemas de Ósip. La memoria como una especie de acto de profundo amor. Apenas pudo, publicó sus poemas. Las entrañas de Osíp estaban en la memoria de Nadezhda. Una cosa muy hermosa.

Esa belleza de la memoria y la urgencia por conservarla es lo que Rubén Ackerman trata de transmitirme con estas historias, al igual que a través de su poesía. En su caso, la memoria de su familia.

-Lo que yo quiero realmente es que esos recuerdos no se desvanezcan. Que esos recuerdos de alguna forma persistan. La única forma que tengo de que persistan es a través de la memoria. A través de la utilización de metáforas y de la evocación de sensaciones. ¿Qué puede ser por ejemplo, hoy, un recuerdo que tuve a los 3 o 4 años? ¿O a los 5 años? Cuando yo sentía que mi mamá estaba llorando, que me había mandado a dormir. Eso queda ahí. Queda como una huella. Algo que es tan enigmático para mí. Algo que se resiste a cualquier explicación. 

Su familia materna llega a Venezuela en el 46. Llegan de Europa Oriental, depauperados por las vivencias de la guerra. Sus padres se habían conocido en Rumania y se reencontraron en Venezuela. Su infancia transcurrió en San Bernardino.

La historia de su padre está muy ligada al ajedrez en sus recuerdos.

-Papá trajo su ajedrez. Él decía que llegaba y le preguntaba a la gente "¿Quieres jugar?". La pasión de él siempre fue el ajedrez. Una de las primeras partidas se la ganó al campeón nacional de ajedrez de Venezuela. Papá le llegó a ganar a Max Euwe en una simultánea. Quedó 4 o 5 veces subcampeón nacional de ajedrez en Venezuela, es conocido.

Yo en un poema digo: "Jugaba en los puestos pestilentes del exilio". Yo lo acompañaba, de niño, a jugar en los puentes. Él jugaba en Sabana Grande, no sé si tú llegaste a ver el Gran Café. Ahí jugaban ajedrez. Antes jugaba en el Country. Jugaba en un café que estaba en Santa Mónica que se llamaba Café Mundial. Yo conocía de mi infancia todos los antros de los jugadores de ajedrez. Apostaban. Los ajedrecistas son una fauna muy extraña. Todavía si tú te vas al puente de las fuerzas armadas, te sientas a escuchar y ves los personajes. Son personajes extraños. Son outsiders. Son medio locos todos.

De todas estas experiencias, el ajedrez se convirtió para él, no en una disciplina, como para su padre, sino en un interés en la magia detrás del juego y sus historias.

-Para mí el ajedrez, que soy pésimo ajedrecista, tiene una impronta mágica. He estado tratando de indagar sobre ajedrez y literatura. Hay un cuento de Nabokov que se llama La defensa Luzhin que es una cuestión maravillosa. Hay un ensayo de Steiner que habla sobre la música y el ajedrez en los niños prodigios, y el origen del ajedrez y la pasión del ajedrez. Hay muchos judíos que fueron campeones mundiales, como Lasker. Algunos de ellos enloquecieron y estuvieron en centros psiquiátricos. El primer campeón del mundo escupía cuando jugaba ajedrez. Una vez un adversario sintió que era una especie de intimidación. Era un tipo que medía un metro y medio, muy pequeño, y el contrincante, que era un jugador de ajedrez muy fuerte, lo agarró y lo tiró del primer piso. Era un ajedrecista de Praga. Al final terminó los 10 últimos años de su vida en un sanatorio psiquiátrico. Decía que si le daba una torre a Dios, le podía ganar la partida. Jugando por electricidad. Era un tipo muy brillante pero muy loco.

Su primer poemario Los ausentes fue publicado el año pasado por la editorial Dcir. El libro refleja aspectos de la condición universal del hombre a través de los recuerdos de su familia, de sus amigos y de sus propias experiencias. Las fuertes emociones del libro provienen de vivencias reales que originaron sus poemas.

Rubén Ackerman me comentó que estaba concibiendo un próximo poema o poemario -aún no lo tiene claro- con ideas que giran en torno a la orfandad.

-¿Dónde buscas a tu padre luego de 50 años de haberlo perdido? En los cementerios, en los geriátricos, en los rostros de la gente anciana.

Sin embargo, Rubén me aclara que no tiene pensado publicar más libros en un futuro cercano. Se muestra abrumado por lo que conlleva convertirse en un poeta publicado. Me dijo sentirse acostumbrado a ser un desconocido. Ahora que la gente tiene interés en su obra, se siente descolocado.

De recordar mi charla con él por una idea en particular, escogería un comentario que me hizo casi al terminar nuestra entrevista. Me dijo que, a su modo de ver, la gente se enfrasca en lugares comunes por no mirar con detenimiento lo que esconde la cotidianidad. Hay una belleza ahí, y hay que aprender a percibirla.

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