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Libros y lectores /// Beber de la sombra

El poeta Fuenmayor en cinco partes

El ensayista, escitor y docente, doctorado honoris causa por la UCV, José Balza, presenta el entramado vital del poeta marabino, Víctor Fuenmayor, en un texto que presenta la edición de su poesía reunida (1986-2017). "Desde el Fuenmayor académico, en su obra poética salta otro, vallejiano, que desdice de su lenguaje personal y asume reiteraciones"

  • JOSÉ BALZA

26 de octubre de 2017 13:11 PM

Actualizado el 26 de octubre de 2017 15:06 PM

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El poeta Fuenmayor en cinco partes

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El 14 de julio de 1972 me reuní con Víctor Fuenmayor en París, como habíamos acordado. La ciudad guardaba amistades suyas desde 1963, cuando comenzó a estudiar allí. Debo haberlo conocido a fines de los '60 en Maracaibo.

Y ahora volvimos a concertar un nuevo encuentro para dentro de diez días, en Atenas. Así fue. Alquilamos un Wolkswagen para recorrer la Hélade, cosa que hicimos durante dos semanas. Víctor era el compañero ideal: culto, capaz de expresarse en cualquier lengua, discreto, de humor refrescante. Había sido tan natural para él estudiar con BarthesGoldmannFrancastel y Lacan, que ni siquiera lo mencionaba. Tampoco ellos tenían en Venezuela la resonancia que vendría después.

Puedo suponer que ya era el autor de poemas escritos a los veinte años y recogidos por la publicación de “40 Grados a la sombra”; pero sí estoy seguro de que tramaba un ensayo acerca de Teresa de la Parra. Graduado en Derecho y Letras por la Universidad del Zulia, ha sido siempre docente de esa institución. Y en 1978 comenzaría a recibir distinciones literarias, como ocurrió con su novela Zonambularia y con el Premio de Poesía J. A. Ramos Sucre.

Un doctorado en Semiología, en el caso de Víctor Fuenmayor, debió revelarle el rigor con que la palabra puede ser abordada"

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Libro mi cuerpo obtuvo el Premio de aquella Bienal en 1986. Está integrado por 43 poemas y estos se desarrollan en extensiones de ocho a treinta y dos versos, aunque uno de ellos posee solo cuatro. Su título parece un desafiante manifiesto que recoge cuanto el autor había sido y, quizá, lo que aspira a concebir como escritura. No en vano sus maestros franceses, a la vez que renovaban la lingüística, eran expertos conocedores de antiguos hacedores de ficciones: RabelaisMarguerite BrietMarguerite de Navarra; también de Cervantes, de Swiftt y del Tristram Shandy. Así como de las audacias expresivas impuestas por los vanguardistas italianos y  parisinos. Y por la sombra inefable de Baltasar Gracián. Y no menos adictos al intersticial doctor Freud.

Un doctorado en Semiología, en el caso de Víctor Fuenmayor, debió revelarle el rigor con que la palabra puede ser abordada; pero también la insondable ambigüedad con que aquellos, sus maestros, hicieron moverse desde mediados del siglo XX la sonoridad y los significados.

De allí que, deliberadamente o no, este primer poemario de Fuenmayor ya conjuga en su título experiencia intelectual, conocimientos claros y sombras. El autor nos entrega un libro, materia de papel y tinta, pero asimismo libro, un verbo que se des/hace en el aire. De manera impersonal. Y de ambos escapa (intenta escapar) su simple complemento gramatical: un cuerpo. Así que lo que leeremos se está yendo, salta fuera de nuestro alcance. Pero el sintagma nos ha engañado: no hay escape inmediato, estamos recibiendo: la materia de papel y tinta es un cuerpo de libro. Y está aquí en nuestras manos, lo detenemos con el tacto y los ojos, hasta que advirtamos, después de leerlo, que nos queda (pero no estemos tan seguros) su otra corporeidad, hecha de imágenes y proposiciones.

Por eso, mientras creo retenerlo, puedo decirles que, equívocamente, detecto cuatro grandes áreas en este volumen: la inicial, constituida por sus ocho primeros poemas, verdadera fusión del cuerpo y la gramática, sostenidos por tinta y papel, en que cada persona –Oh Cervantes, Oh Gracián!- es vocablo y puntuación, “cebollas de palabras”, ralladas por el rayo como cuando “la dicha es dicha” y “dos son uno y otro”. Parte esta que estalla en el fulgurante poema Incunable.

La segunda sección, que ocupa los siguientes siete textos, no abandona (nada en este libro lo hace) la metáfora gramatical: se cita al gerundio, para casi no practicarlo, porque su acción de enlace es tácita, como si un telegrafista de remotos lugares fuese palpando las frases. Y todo gira alrededor de imágenes poderosas: la de la madre (señora Luz,  Luz de tantas luces) y de una ausencia.

La tercera, que ocupa once textos, emerge desde un día hundido, para, por paradoja, afincarse en lugares:(la otra banda, un astillero, los doce de la casa, un él de seis años) y en antepasados (Yo emano de esos que no tuvieron signos): hasta sustituirlos en el presente del poema: por eso mi mano toma la palabra del silencio.

El libro concluye con diecisiete poemas centrados en un exigente canto de amor: la transfiguración y la dialéctica de un tú en yo, y viceversa. Aunque el tópico pueda parecer común y milenario, su tratamiento aquí, quizá por ser cumplido desde una aparente sequedad pronominal, puede representar uno de los momentos más originales de la poesía amatoria en nuestro idioma. Vale la pena citar inflexiones:

¿Dónde estás,

que respondes

cuando no llamo?

(Tu lugar)

Y el que me dijo

que ni había sentido

cuando me había ido

se había ido conmigo.

(La ida)

Aparte de su lenguaje despojado y límpido, el libro está atravesado por entonaciones marabinas, semi refranes y hablas de infancia (la ñapa, las ramas del cují, mancarte, el sol ciega como leche de sapo); conjugaciones de hondos verbos clásicos. Algo que Jacqueline Goldberg ha considerado en Fuenmayor “una sensorialidad de gramáticas propias”.

 A lo Cézanne y, tal como podría decir él mismo, nos propone sonetear: convertir cada poema en un verso"

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Como lectores, nos es difícil develar el tránsito que determina la anatomía de un texto o de un libro. Cuando hoy abrimos Donde la luz me encarna que Víctor Fuenmayor publicó en 1991, optamos por percibir sus significaciones; sin embargo, la brevedad del conjunto, su numeración (14 poemas) y, sobre todo, el céntrico VIII, impulsa a buscar su inserción en otros parajes.

Creo que ustedes recuerdan el famoso “Un soneto me manda a hacer Violante” de Lope de Vega, donde se indica:

catorce versos dicen que es soneto

y se concluye:

contad si son catorce, y está hecho.

Y ante este prodigio musical, por tanta agudeza y por la soltura constructiva, nos perdemos con su brillo, cuando en verdad,  solo estamos ante un soneto.

Algo parecido ocurre con este segundo libro de Víctor Fuenmayor. A lo Cézanne y, tal como podría decir él mismo, nos propone sonetear: convertir cada poema en un verso, fundir el hondo tema de los mismos en una forma que, al dispersarse en cada página, arguye por su unidad. Nos lleva a actualizar el siglo de oro dando cuerpo de soneto a la inmensidad.

Uno de los secretos para lograrlo fue presentido en Libro mi cuerpo, cuando expuso:

No tratéis de encontrar una palabra verdadera,

sino que cuando te habla de verdad

no tiene por qué ser una palabra.

Y que en este otro libro se modula así:

Un poeta se hace

Como nace el papel,

Nunca de la savia

Sino de la corteza.

(VIII)

“De la corteza”: el poeta (su vida) y su obra (la escritura) se funden la ella. Término predilecto de José Bergamín, de clásica raigambre, fue convertido por Juan de Espinosa Medrano, El Lunarejo (Cusco, 1629-1688) en centro de su reflexión sobre la poesía. Por lo que me permito acudir, guiado con el verso de Víctor Fuenmayor, a sus palabras.

Concibe así El Lunarejo que la escritura humana, y por lo tanto la poesía, no existe para revelar misterios divinos o religiosos. Este papel corresponde a los textos teológicos. (“¿Cuándo han hablado misterios los poetas, sino los profetas?”, se pregunta)

Ese vacío de misterios que parece caracterizar a lo poético, no se confunde, sin embargo, con la estulticia o la gratuidad de la escritura. Los misterios divinos son un todo, ante la nada que representan los hombres y el mundo. El “alma poética” guarda su ser nada menos que en el complejo contacto del poeta con su realidad.

Esta “alma poética” no posee otro asiento que la palabra; pero curiosamente, El Lunarejo prefiere convertirlo en la escritura. De allí que temas, experiencias o impresiones, ocurran dentro de un cuerpo exclusivo: la “corteza de la letra”. Significado y expresión adquieren entonces una condición material desde la cual el habla y la escritura se unifican.

No poca expectativa pueden suscitar hoy estas dos concepciones del Lunarejo. Sobre todo si recordamos que el “alma poética” es una dimensión universal del significado: tan apto para corporeizarse en el presente como en la antigüedad y en cualquier lugar del mundo. Y  si no omitimos que tal amplitud temática permite a quienes la utilicen —el escritor, el poeta, el narrador— otro amplísimo recurso, como lo es la “corteza de la letra”, se estaría ante una combinatoria casi infinita.

Así, el fragmento VIII de Donde la luz me encarna, que acabamos de citar, dispersa su significación a todo el conjunto del libro. Y entonces la corteza de la letra revela sus llamas consonantes, su ardor, el balbucear que bucea, el vivir sin tiempo con la frente y la espalda, mientras un ritual (sacrificio de palabras) asciende a lo religioso (abierto como un solo verso): hacia el texto inagotable que contiene a la madre de los nombres. Este libro es una densa y sintética elegía.

...desde el Fuenmayor académico, en su obra poética salta otro, vallejiano, que desdice de su lenguaje personal y asume reiteraciones"

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Hasta este momento, puedo inferir que hemos recorrido unos 27 años de la escritura poética en Víctor Fuenmayor, lapso que iría desde 1964 hasta 1991.

Voy a asomarme ahora a las dos obras inéditas que recoge este volumen y que abarcan 26 años más: es decir, desde 1991 hasta el 2017. Ambas guardan 130 textos.

Y en mi cómputo, estamos hablando de unos 53 años de labor poética. ¿Qué significan estos números? No lo sé, pero el poeta mismo se ha dicho: ¿Cómo llamar a ese acoso insituable de uno mismo? También, ante “la punta del bolígrafo” (o la computadora) confirma: La mancha fija un lugar preciso y distinto cada día: porque reconoce o practica esa fatal necesidad de alimentar con signos/ el propio laberinto cotidiano. Ya que Algo inaudito deshace la mancha cotidiana, en que la última palabra completa al poema y, como parece aceptar el autor Una última palabra hace borrar todo el poema. Nada extraño, entonces, el recomienzo incesante para lo concluido, que la vida borra o renueva: 53 años.

A pesar del vocabulario y la tónica que unen Beber de la sombra (2007) y Vivo acallándome el grito (2017), se trata de diferentes estratos literarios.

En el primero, el título y el epígrafe vienen de Pasado en claro, el largo poema publicado por Octavio Paz en 1975. Texto que bien puede ser una autobiografía simbólica, historia de México, una saga familiar y retratos antropológicos. Totalidad que gira como los años o el día y que Víctor Fuenmayor detiene en el instante del mediodía para apoyar su eterna incursión en lo luminoso de la sombra y la oscuridad solar, tema que le es caro y constante.

Penumbra y claridad que adquieren carne en la escritura de Fuenmayor, ya que su libro (y más aún el próximo) es un teatro, sobre el viento armado, representaciones de un hombre mayor y de un niño, texto que sombras suele vestir de bulto bello, como asentó gloriosamente Góngora y desde él adoptó José Bianco.

En efecto, el libro avanza con numerosos poemas que convocan los cuarenta grados a la sombra, acuden al incensario, al incendiario, al sol blanco, a lo que irradia, ilumina, alumbra, a la llama, la chispa, el fuego, al parpadear y el flash, a los espejos, el reflejo, la calle asoleada, el amanecer, la tierra incandescente, las brasas. Pero solo para destacar lo opuesto: la boca, que es caverna; la casa y la habitación en penumbras, duermevelas y sueños, sombra en la página, mapas de sombras, borrones.

Versátil y de inmensa riqueza temática, no podemos aquí seguir cada una de sus escenas o vestidos. Pero si indicar el obsesivo vínculo entre la experiencia expuesta o evocada, su recreación sensorial y los vocablos que la reviven, la reelaboran, la fijan. Vínculo dubitativo éste, siempre a punto de dispararse hacia otras acepciones, sugeridas por el escritor.

Gravitan aquí, como en casi toda la obra de Víctor, la mano y el pie. Este último adquiere especial resonancia en las figuras de la hamaca (personal o grupal), ya que desde ella, el pie funge como raíz. El aire (a veces soplo de febrero) que eleva y el contacto térreo, que sostiene.

También tendremos la recurrencia al puente (todo, como el poema mismo está en tránsito); y a  la silueta dispersa del nómada, que traslada su sangre y  sus palabras.

Al contrario de lo que podíamos haber esperado de un autor que no solo posee un conocimiento vasto sobre la historia de la danza, de sus ataduras sociales y rituales, de su grandeza estética y sus metamorfosis expresivas; además de haber sido él mismo admirable bailarín, coreógrafo y creador de un singular movimiento dancístico en Venezuela, las menciones o las intervenciones del baile en estas escrituras son escasas y sobrias.

Ya en este libro asoman el testimonio y el dolor por la violencia, que van a adquirir presencia en el próximo.

Paso finalmente a Vivo acallándome el grito, que ofrece el más reciente conjunto/conjuro de Víctor Fuenmayor.

Para comenzar: debe ser leído como una obra no clasificable. La versificación de sus otros libros se hace lateral y una muy personal prosa será ahora responsable de las remembranzas y prospecciones aquí cumplidas. ¿Quién nos/se habla? Hay pasajes de lenguaje objetivado que contrastan con la súbita intimidad de alguien; hechos domésticos e historia pública. Alguien se vislumbra antes de nacer pero también en su actual futuro. La prosa adquiere son de versículo y oración.

En el centro de todo, un niño vive bajo cuarenta grados a la sombra. Él es la materia intermedia que nos trae sus signos empañados, como si resucitara archivos. No juega béisbol ni recorre el barrio porque vive en el dolor. (Nunca supe que me desgarró la pleura…/ ni por qué los pulmones míos comenzaron a doler sin causa). Lo rodea la sombra que persistirá en el hombre futuro. Cuya voz lo rescata. La imagen del niño-anciano es un imán: impregna cada renglón de la escritura, en incesante metamorfosis: es pez volador, ojo y boca omniscientes, fiebre; cuanto pueda resumir su doble condición de ángel y de resucitado. Porque ha muerto y revive (Invoco mi cuerpo de muerto despertando); para el despertar gramatical con las declinaciones magnéticas. Un ahogo, la asfixia, el asma son las ascuas que impulsan al deseo (presente y posterior) de rehacerse –de fabricarse a sí mismo-, como esa cita extemporánea, que es cuanto leemos hoy.

La pleura: membrana doble que retiene la vida (el aire) y clave para rodear las dualidades de esta voz: el chico del pañal y la mortaja, el hombre del cruce de líneas entre pasado y futuro, el que asiste a las manifestaciones políticas del presente salvándose de disparos y bombas lacrimógenas, el que rememora canciones (boleros) intermitentes y es fiel a las piernas abiertas de mi ciudad, pero que ha sabido, como estamos comprobando, amasar letra a letra la comunión de la blanca harina de la página/ con la belleza inalterable del poema en el horno del tiempo.

Acción ésta –comunión- que consiste en quitarse “epidermis con piedra pómez” o “desangelarse”, para, al parecer, derrotar derrotas. Y en ese proceso de revisar, voltear, detectar lo que fue, la voz va indicándonos pistas concretas, que brillan dentro del lamento o la reflexión: los santos bailones, un tocadiscos portador de su nombre (RCA Víctor), el mango de la olla, la cafetera en la mesita, Santa Lucía, El Milagro, las hamacas, fotografías de ancestros, la valeriana.

No solo resulta este un libro inclasificable, sino que su singularidad es, asimismo, rara. El dolor, la exagerada conciencia de su dicente lo hacen bordear un trémulo narcisismo, cruel como el de Salustio González Rincones. En otro lugar se nos había dicho: Soy quien no sabe redactar. Y también, sobre ese “soy”: Desprendiéndose de gramáticas asignadas/ enrarece puntuaciones y palabras cotidianas. Es verdad, desde el Fuenmayor académico, en su obra poética salta otro, vallejiano, que desdice de su lenguaje personal y asume reiteraciones, balbuceos linguísticos, como si un cerco respiratorio aturdiera a la claridad expresiva. No solo los temas hirientes pesan entonces sobre el lector sino también este estilo mórbido. Para reconocerlo y neutralizarlo, el lector detectará en seguida la proliferación del “me” enclítico y la eliminación del artículo común ante innumerables sustantivos, como fuentes de su perturbación. Aunque apuntar este detalle es asimismo identificar otra de las dualidades del libro.

5

Creo que uno de los grandes deseos, para cualquier lector, como es mi caso, consiste en imaginar que hallará los poemas predilectos de sus autores amados en una antología ideal.

Por lo tanto, lo que más me complace de este momento es que aquí tenemos, en su plenitud, la poesía de Víctor Fuenmayor. Y en esa posible antología personal, no faltarán, para mí, textos perdurables –por su belleza y su hondura-  como: de “Libro mi cuerpo”: Pasajero, Contrabando de la verdad, Dedicado a alguien, Incunable;  de “Beber de la sombra”: Arte de morir, Mancha cotidiana, Confusiones; de “Vivo acallándome el grito”: Apariciones, Paraísos, Línea a línea, Más padres que mi padre.

Casi estoy seguro de que ellos van a integrar, también, la antología de nuestra escritura contemporánea.

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