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AVANCE EDITORIAL /// El desengaño de la modernidad

Nación, posnación y otras ficciones de lugar

Ensayo extraído del libro "El desengaño de la modernidad. Cultura y literatura venezolana en los albores del siglo XX", editado por Abediciones. 

LUIS BONILLA @LUISBONILLAMILLAN

  • MIGUEL GOMES

24 de noviembre de 2017 09:39 AM

Actualizado el 28 de noviembre de 2017 12:04 PM

PARA COMPARTIR

"El signo Venezuela está integrado en un sistema compartido por numerosos escritores, y da señales constantes de uso y productividad simbólica". #Verbigracia

El país escrito por los venezolanos no solo es “portátil”: a estas alturas es “ubicuo” #Verbigracia 

Congresos y simposios recientes postulan que en la literatura latinoamericana empieza a perfilarse un estadio posnacional. Que el asunto sea una divisa simbólica en el mercado de trabajo no lo descalifica, pero nos obliga a acercarnos a él con precaución, porque podemos estar ante otra efímera discusión gremial de limitado rendimiento. En lo que respecta a Latinoamérica, y sin ánimo de formular una teoría, algunas lecturas me persuaden de que lo nacional sigue siendo un factor indispensable en la imaginación de muchos escritores. Pienso en el ejemplo concreto de Venezuela. Si bien se trata solo de un país y no sería válido proponer lo que en él sucede como regla continental, es igualmente cierto que sin tomar en consideración casos específicos como el suyo tampoco sería factible, ni siquiera sano, generalizar acerca de la región.

Nación y modernidad son indisociables en la historiografía americana, y la fundación de la primera se ve como la señal más externa de la presencia activa de la segunda. Fuente de orden y poder, el deseo de lo moderno es rastreable en Venezuela desde la Independencia hasta nuestros días, y el estudio de la literatura tendría que tomar en cuenta las transformaciones a veces radicales de la noción, sea en el pesimismo de los círculos positivistas, el optimismo del proyecto galleguiano o la aceptación plena de una identidad ciudadana hacia 1980, con los grupos de jóvenes que remozaron el conflicto de lo rural y lo urbano.

El ansia de calle, que equivale a la modernidad urbana enfrentada a valores rurales o arcaicos, indica la secreta aceptación de la lógica de un capitalismo que divide ciudad y campo, industria y agro, así como los sistemas culturales que favorecen."

La confianza en el desarrollismo de los setenta y tempranos ochenta encuentra un paralelo en la poesía coloquial y de la ciudad. Muchos de los escritores que participaron en los grupos Tráfico y Guaire, o que mantuvieron relaciones estrechas con ellos, provenían de las universidades y los copiosos talleres literarios que financió el Estado “saudita”. La mayoría articuló su ideario combatiendo el trascendentalismo de las generaciones previas, su nocturnidad neorromántica y su orientación verbal surrealista, todavía común en la Venezuela de la segunda mitad del siglo XX acaso porque las vanguardias, en su momento histórico original, por efectos del gomecismo, tuvieron en el país una existencia accidentada. “Venimos de la noche y hacia la calle vamos. Queremos oponer a los estereotipos de la poesía nocturna, extraviada en su oficio chamánico de convocar a los fantasmas de la psique o de lanzar hasta la náusea el golpe de dados del lenguaje, una poesía de higiene solar, dentro de la cual el poeta regrese al mundo de la historia”: proclamas como la anterior, el “Sí manifiesto” (1981) de Tráfico, con su parodia del “Venimos de la noche y hacia la noche vamos” de Mi padre, el inmigrante (1945) de Vicente Gerbasi, revelan, sin embargo, una aporía1: muchos de esos poetas, pese a su gesto moderno de ruptura militante, regresaban al pasado, tanto por la utilería neovanguardista con que ponían a circular sus proposiciones —grupos, manifiestos, escándalo— como por el iluminismo de su lucha contra las tinieblas. El ansia de calle, que equivale a la modernidad urbana enfrentada a valores rurales o arcaicos, indica la secreta aceptación de la lógica de un capitalismo que divide ciudad y campo, industria y agro, así como los sistemas culturales que favorecen.

La Venezuela que va de 1983 a 1992 anulará esa euforia y evidenciará sus contradicciones, en medio de lo que algunos, como Luis Enrique Pérez Oramas, consideran “el final de la utopía desarrollista”. El empobrecimiento de la pequeña burguesía y su descubrimiento de las endebles bases de su bonanza propiciarán fenómenos como los saqueos de 1989 o los intentos de golpe de Estado de 1992, los cuales sumirán en la incertidumbre a la democracia venezolana, abriendo las puertas a ideologías neocaudillistas que terminan de erosionar la escena política. Entre escritores se inicia una búsqueda de claves que difieran de las corrientes a principios de los ochenta; en ellas se capta un desengaño de la modernidad o de su anhelo acrítico. Los más brillantes miembros de Guaire o Tráfico hicieron esa transición en los noventa y han alcanzado una madurez innegable. Pero a la narrativa de los últimos veinte años, a mi ver, ha tocado el papel decisivo en la definición de las relaciones entre las letras y el entorno tal como se siente o tal como los discursos oficiales pretenden que se sienta.

 destacan nombres como los de Ana Teresa Torres, Federico Vegas y Francisco Suniaga, con sus visiones del pasado desde los márgenes, lo íntimo o lo menor..."

A la imaginería decimonónica y heroica de las esferas del poder que insiste en remontarse a los orígenes patrios como seña de identidad colectiva, la nueva narrativa ha respondido de tres maneras. La primera, prolongando la bien establecida tradición de novelas “intrahistóricas”, en la que destacan nombres como los de Ana Teresa TorresFederico Vegas y Francisco Suniaga, con sus visiones del pasado desde los márgenes, lo íntimo o lo menor; en ella no me detendré porque ha sido ya exhaustivamente descrita por la crítica. Las otras dos respuestas las constituyen ciclos de escritura hasta ahora menos analizados.

Por una parte, tenemos una familia de obras que refuta la existencia de una literatura “nuestra” y una que no lo es, extrapoladas de su circunstancia las dicotomías del “Decreto de guerra a muerte”. Los autores del rancio nacionalismo del siglo XIX que sobrevive hasta mediados del XX desearon un escritor “fiel” a la realidad; no obstante, en plena época de avance en dicha realidad de un capitalismo internacionalista que comunicaba todas las regiones del planeta, no les pareció un “escape”, curiosamente, desarrollar monomaníacas disertaciones sobre el agro semifeudal. Embelesados por lo telúrico, además olvidaban u ocultaban el hecho de que el ojo que podía apreciar lo local estaba entrenado en el extranjero y era comparatista. La narrativa de Antonio López OrtegaKrina BerÓscar MarcanoJuan Carlos Méndez Guédez y otros venezolanos de las últimas promociones evita darle la espalda a la realidad justamente al retratar los efectos tangibles de la mundialización en lo local. Los centros sociales a la deriva del milenio recién estrenado se divisan para hablarnos de una cosmovisión nueva en que los individuos se enfrentan a alternativas ya no antitéticas2 de extraversión e introversión. Las rupturas, la dispersión, el fragmento sustituyen las antiguas fantasías de un alma comunitaria. Las de estos autores son obras en deuda con la novela de formación, solo que los aprendizajes se ciñen a la indeterminación del mundo actual y el lugar donde se despliega la experiencia es un umbral que pone a prueba las nociones recibidas de “pertenencia”, especialmente la nacional —esta, sin embargo, está siempre allí, siquiera como nostalgia—.

No me parece casual que se resucite hoy el informalismo de Garmendia, retrato crítico de una Venezuela en la cual el Estado imponía visiones optimistas de las oportunidades de modernización que ofrecía el petróleo".

La otra manera como la narrativa de los últimos años se enfrenta a discursos fundacionales o heroicos de la nación ha sido reactivando las estrategias con que Salvador Garmendia antagonizó en los sesenta y los setenta el triunfalismo desarrollista. La impresión que se tiene al examinar las representaciones de lo nacional que surge en las novelas o los cuentos a los que me refiero es de que abordan una realidad sentida como atroz, a tal punto que se asocia a una pesadilla viscosa similar a las del informalismo de las obras de Garmendia, cuyas formas, según Ángel Rama, eran “manifestaciones protoplasmáticas de una materia intestinal” y cuyas criaturas delataban “sus secretos orígenes: la grasa mucilaginosa, el barro, las heces” y un “destino de pudrición: el detritus, la fermentación y el deterioro incesantes” (Salvador Garmendia y la narrativa informalista, Caracas, U.C.V., 1975, p. 26). La herencia de Garmendia se nota de inmediato en las visiones que Nocturama (2006) de Ana Teresa Torres nos depara de la ciudad, devorada por la noche, la miseria y el culto irracional a los héroes. Se observa en el periodista de la “República Bolivariana” fascinado por un compatriota descuartizador de mujeres feas que encontramos en la primera novela de Alberto BarreraEl corazón también es un descuido (2001). Informalista resulta asimismo la escatología de Latidos de Caracas (2007) de Gisela Kozak, cuya protagonista ve “el mundo como una bola de mierda”, o la Caracas subterránea de Bajo tierra (2009) de Gustavo Valle, donde el protagonista casi se extravía en túneles de excrementos de rata en que ha perdido a su padre y en que acaba perdiendo a una novia llamada, significativamente, Gloria.

El horror por la regresión al magma prerracional en varios relatos de Cuando bajaron las aguas (2008) de Gabriel Payares es uno con el horror por regresiones más exteriores, pero no menos oníricas que se observan en el país. No me parece casual que se resucite hoy el informalismo de Garmendia, retrato crítico de una Venezuela en la cual el Estado imponía visiones optimistas de las oportunidades de modernización que ofrecía el petróleo. Lo que insinúan estas obras es que ha habido, si no una regresión a los espejismos del desarrollo, al menos un estancamiento, y ello desmantela los supuestos cambios proclamados desde ámbitos oficiales como conquistas ante la democracia previa tachada de hipócrita y corrupta.

Sea cual sea la opción de los nuevos narradores —la intrahistórica, la que inserta a Venezuela en el capitalismo global o la que enfatiza sus colapsos internos—, lo cierto es que ninguna prescinde del referente nacional. Ese lugar de la imaginación, ese “espacio de representación”, como lo denominaría Henri Lefebvre, de ninguna manera podríamos ignorarlo por más que las condiciones de consumo de las producciones culturales hispanoamericanas se hagan fluidas, por más que la mundialización se convierta en consigna de nuestras discusiones o, incluso, por más que filósofos como Michael Hardt y Antonio Negri puedan tener razón al aseverar que un aparato hegemónico descentrado reemplaza al imperialismo. Las letras venezolanas siguen residiendo en el campo de comuniones y tensiones objetivas o subjetivas de la nación. El país escrito por los venezolanos no solo es “portátil”: a estas alturas es “ubicuo”, parte tan imprescindible del oficio como las convenciones expresivas de los géneros y las gramaticales o estilísticas de la lengua. El signo Venezuela está integrado en un sistema compartido por numerosos escritores, y da señales constantes de uso y productividad simbólica.


Esta obra será presentada en la UCAB durante la II Feria del Libro del Oeste de Caracas.

1. Paradoja o dificultad lógica insuperable.

2. Que denota o implica antítesis u oposición.

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