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Hanni Ossott (1946-2002)

Memoria y alma de la casa

Kelly Martínez recuerda con nostalgia a Hanni Ossott explorando los significados de la casa en su obra poética

Cortesía Ediciones Letra Muerta

  • KELLY MARTÍNEZ

16 de septiembre de 2017 00:55 AM

Actualizado el 27 de octubre de 2017 11:34 AM

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"Nuestra psique está objetivada en nuestras casas" Hanni Ossott #Verbigracia

"En el niño que queda en nosotros, la casa se vuelve búsqueda y reencuentro" Hanni Ossott #Verbigracia

A la UCV, hogar primero.

Si hubo un culto en la antigua Roma tan importante como el de Júpiter fue, sin duda, el de los dioses lares; tradición heredada de los etruscos. Hijos de Lara y Mercurio, los lares loci estaban encargados de velar por el hogar. Junto a Vesta, el fuego sagrado, eran el alma de la casa porque las casas tienen alma y tienen también memoria. Cerca de la puerta principal, en el lararium, las pequeñas estatuillas de los lares cuidaban a la familia y viajaban con ella en caso de mudanza. Perder al dios lar era perder algo mucho más profundo que la patria o la casta: la identidad, la noción propia.

Por supuesto, los cultos domésticos de la antigüedad incluían muchas otras deidades: desde los manes —espíritus de los antepasados, protectores del hogar, cuyo culto era oficiado por el pater familias— hasta Hermes-Mercurio. Todos, sin embargo, apuntaban a una idea: la casa como espacio sagrado. En ella se contiene nuestra estirpe, lo que estaba y lo que estará.

Es ese ámbito de lo doméstico como alma y memoria uno de los pilares que sostiene la obra de Hanni Ossott: una de las más bellas y densas de la literatura venezolana, afirmara su colega y amiga Judit Gerendas. Nacida en 1946, en Caracas e hija de alemanes, Ossott proponía una mirada a la literatura lejos del mero análisis crítico o lingüistíco: se concentraba en una comprensión fenoménica de la experiencia creadora. En la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, enseñó a leer poesía desde el cruce de lo racional y lo irracional; una medianía y un umbral desde donde también escribía porque sabía que escribir era estar entre dos realidades: una mínima parte de nosotros permanece aquí, la otra se arroja enajenada a recibir las voces del mundo.

Volver a lo que fuimos se hace imperativo para reconocernos y restaurarnos."

En esa obra bella y densa, la imagen de la casa —que asociamos con inmovilidad y refugio— se despoja de su vestido tradicional para convertirse en travesía y búsqueda. No cualquier casa: la de la infancia, presencia que se irá haciendo inminente en cada libro hasta convertirse en tema central de Casa de agua y de sombras, su penúltimo poemario, publicado en 1992. Entre esta voz: «Mi habitación es un poema menor amable», la alcolba «es lo suficientemente vasta/como para contener el mar» (De habitación y alcoba, 1983); y esta voz: «Esa casa tan bella/tan intensa/con un violín que sonaba (...) ya no es de mí/solo de la memoria/solo de la muerte» (Altamira, 1988), hay un cambio fundamental: un paraíso se ha perdido para siempre.

La casa natal «está físicamente inscrita en nosotros (…) somos el diagrama de las funciones de habitar esa casa y todas las demás casas no son más que variaciones de un tema fundamental» (BachelardPoética del espacio). Es precisamente en «Memoria y alma de la casa» —de donde tomo el título de este texto— que la poeta explora ese diagrama, no desde la poesía sino desde el ensayo, dándonos un hilo para transitar su laberinto: «Nuestra psique está objetivada en nuestras casas. La casa es depositaria de historia personales, ella muestra anhelos, penurias, carencias o desórdenes».

Puede ser que indagar en lo destruido sea una forma de conocer la propia magnitud, hay algo importante en el ruido que hacemos al caer."

Hay una riqueza de lo ruinoso. Un conocimiento que necesita ser desenterrado, abierto. Volver a lo que fuimos se hace imperativo para reconocernos y restaurarnos. Vivir es dar vueltas en círculos, variar el mismo tema. «No dejaremos de explorar/y al final de nuestra búsqueda/llegaremos a donde empezamos/y conoceremos por primera vez el lugar» (6), dice Eliot, quien marcó incisivamente su obra.

En la ruina, en la casa perdida y recuperada a través de la imagen poética, se lucha contra lo ausente y lo perecedero. En las Elegías de DuinoRilke se pregunta si «sabe, pues, a nosotros, el espacio del mundo en el que nos disolvemos». La memoria es ese sabor que deja lo disuelto. En su anarquitectura, el arquitecto y artista visual Gordon Matta-Clark planteaba la destrucción como vía para crear nuevas espacialidades (y lo hacía: destruía edificios, casi todos a punto de ser derrumbados). Puede ser que indagar en lo destruido sea una forma de conocer la propia magnitud, hay algo importante en el ruido que hacemos al caer. Hay un momento para la disolución y eso es algo que la obra de Ossott toca constantemente. La palabra intenta detener lo que se pierde, dotarlo de cierta solidez: «Así recuperamos las sombras, las figuras,/entre hilachas/figuras ya desgonzadas/sin hombros sin palabras/fuera de toda circulación» (El círculo preciso, 1982).

La casa originaria pertenece al terreno de la ensoñación, no es posible recuperarla en su totalidad. Apenas visiones de lo que fue y fuimos. Ossott nos recuerda que vida y muerte conviven: «En el niño que queda en nosotros, la casa se vuelve búsqueda y reencuentro. Fundamos una casa nueva con la memoria de la casa de infancia. Eso no quiere decir que la casa nueva será idéntica a la anterior. Porque las casas también se niegan, se desaprueban. Pero en ese desaprobar y aprobar conservamos imágenes y objetos que hablan de nuestro pasado, del pasado de nuestros padres» (Memoria y alma de la casa).

Es justamente el pasado donde la poeta hurga para entender y curar. Se mezclan allí el humo de tabaco del abuelo, el padre arrodillado frente a un lecho de muerte; el vestido de su madre, que murió. Hurga porque a los lares y los manes no se les abandona. Y el poeta se hace en la infancia, cuando se inician los primeros contactos con el sentido trascendental de la existencia. Es la época de las preguntas, la sorpresa, el misterio.

El poeta es el hombre que habla con los muertos..."

La relación entre vida y obra no es necesariamente directa aun y cuando la poesía moderna sea, sobre todo, confesional. Sin embargo, esa madre fallecida es fundamental en la poesía de Ossott. Reina sobre la casa de la infancia, es también esa casa. Y en ese sentido la muerte —física y psíquica— se erige  como hogar, como imagen y espacio en su poesía y la poesía en general. «Nunca he visitado su tumba/la llevo», dice en su poema más breve y tal vez más triste (Casa de agua y de sombras). El antiguo mito de Deméter y Kore se invierte, es la madre quien desciende al inframundo. A diferencia de Orfeo, Ossott sabe que no debe apresurarse a voltear, Eurídice se perdería para siempre. «El poeta es el hombre que habla con los muertos (…). En la madurez el poeta sabe que nadie ha muerto y que su vida por ello es una irrealidad», nos dice en Memoria de una poética.

Hogar es el calor primero, el primer descubrimiento, el inicio de la civilización. Junto a su lumbre nos reunimos.

«Yo no sabía que la casa de la infancia/me hiriera después/y que sus gasas, sus cortinajes, sus ropajes/se apegaran acumulados/a mi piel interior». «Ahora que esa casa vuelve a mí/entera/por lo que ahora pierdo/por lo que gano en la reconstrucción/veo mi infancia/y la acojo/en el cántaro de mi alma (…).//Ella está aquí, nutriendo/regando/cada cosa que sé.//Realmente allí/casi no hubo orfandad/sino riqueza».

Hanni Ossott pidió que sus cenizas fueran esparcidas en el jardín de la Facultad de Humanidades de la universidad, el lugar donde aseguraba haber sido más feliz: otra casa. Allí reposa desde el 2003. Su nombre y su presencia perduran —otra madre muerta— en la memoria de todos los que hicimos vida en el pasillo de Artes y Letras. Así también se teje un hogar, un hilo que va pasando de una generación a otra. Hanni —no podemos evitar llamarla por su nombre de pila— un personaje familiar, legendario. Un lar protector, un manes, al que elevamos plegarias y ofrendas. 

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