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El buen paladar en la novela negra

Detectives y gourmets

Para esta escritora de telenovelas aficionada a la gastronomía, la resolución del crimen dentro de la novela negra no basta. El buen paladar (y hasta la gula) forman parte imperiosa dentro del género. 

Jonidel Menoza, artista visual invitado de Verbigracia N°6 - Año VII

CATÁLOGO GALERÍA GBG ARTS

  • MÓNICA MONTAÑÉS

19 de noviembre de 2016 00:32 AM

Actualizado el 29 de noviembre de 2016 10:54 AM

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Los detectives glotones de Mónica Montañés

Tengo hambre. No ahorita, siempre. Todo el tiempo tengo ganas de comerme algo, de escribir algo, de leer algo. Me acuesto con un libro en las manos pensando en lo que voy a desayunar, desayuno pensando en lo que voy a escribir y a cocinar para el almuerzo o la cena.

No me alcanza el día para escribir todo lo que quiero escribir, ni la noche para leer todo lo que quiero leerme, jamás he podido dejar algo en mi plato. No sé a qué se refiere la gente que dice que ya está llena. Es decir, sí lo entiendo, pero es algo que no me ocurre a mí. En la comida, en el teclado y en los libros es donde tengo la certeza de encontrar la felicidad.

La idea de juntar gastronomía y literatura me resulta genial, más aún si le agregamos un crimen. Soy adicta a la novela negra. Considero que un crimen es una gran excusa para escudriñar en la vida de unos personajes y retratar de manera profunda la sociedad en la que estos viven.

Que un asesinato, un robo, un secuestro, como pocos otros eventos, nos sirva para averiguar de qué estamos hechos en realidad, me lleva a preguntar: por qué un ser humano, en apariencia normal, en un momento y una circunstancia dada, es capaz de matar, robar o secuestrar a otro. Por qué algunos somos víctimas y otros somos victimarios. Qué hace que una gran mayoría de nosotros permanezca indiferente ante hechos así,  y solo nos conmueva en el instante de la noticia, nos tomamos otro café y sigamos adelante como si nada. Y también me hace preguntar por qué existen otros, muy pocos, que dedican sus vidas a tratar de desenmascarar al criminal, no tanto por atraparlo como por encontrar una verdad. Esos que aún creen, si no en la ley, en la justicia. Y da la casualidad, aunque tampoco creo en las casualidades, que cuatro de mis escritores favoritos mezclan crímenes con gastronomía. Y lo hacen de manera magistral: Georges Simenon, Manuel Vázquez Montalbán, Andrea Camilleri y Leonardo Padura Fuentes. 

Hay muchos otros escritores de novela negra o policial que también me gustan. Los anglosajones son más dados a contarnos lo que sus detectives beben que lo que comen, rara vez los vemos disfrutando de una buena comida. Algo similar pasa con los suecos (o noruegos) que sí que comen pero no despiertan mi apetito. En cambio, para absoluto deleite, los mediterráneos siempre consiguen el momento para sentar a sus detectives a comer bien. Y a ellos se les suma el caribeño Padura Fuentes, a pesar de lo difícil que resulta conseguir comida en Cuba                como para hacer un banquete, o quizá por eso mismo.

Tanto Jules Maigret (Simenon), como Pepe Carvalho (Vázquez Montalbán), Salvo Montalbano (Camilleri) y Mario Conde (de Padura), son amantes de la buena mesa y eso dice mucho de ellos. Lo que comen y cómo se lo comen es tan importante como el crimen que están intentando resolver. 

Leyendo cualquiera de los libros de la serie Maigret de Simenon, un belga increíblemente prolífico cuyo detective es francés, puedo saborear y oler todo lo que Maigret se está comiendo. Gracias a los libros de Simenon podemos conocer la cocina de las brasseries parisinas de mediados del siglo XX, así como la cocina tradicional francesa a través de los platillos que le prepara su esposa. 

Madame Maigret es un personaje maravilloso y peculiar porque Simenon jamás la describe. No sabemos cómo es físicamente ni lo que opina de su marido, no sabemos qué hace durante todo el tiempo que él está desaparecido de su hogar inmerso en una investigación o si teme que la vida de él corra peligro. 
Lo único que conocemos de ella es que prepara suculentos caracoles a la alsaciana y una sopa de cebolla gratinada capaz de reconciliar con la vida a Maigret, este comisario que no cree que existan culpables ni inocentes absolutos, sino culpabilidades.

El caso del Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán es muy distinto. Primero porque no es un policía. De hecho, tiene tan mala opinión de la policía como de los delincuentes. Su interés al emprender la investigación de un caso no es entregar al criminal a la justicia porque para Vázquez Montalbán la justicia no existe. Además es el único de este cuarteto de detectives que cocina y que da la receta entera de los platillos que prepara. Podemos incluso verlo comprando los ingredientes en el Mercado de La Boquería de Barcelona, mientras reflexiona sobre la investigación que lleva a cabo. Es tanta su afición por la buena comida, que Biscuter, su asistente, tuvo que hacer cursos de alta cocina para sorprender al jefe con suculentos platillos cuando éste se ve obligado a quedarse a comer en su despacho. 

Otra diferencia de Carvalho con respecto a Maigret o Salvo Montalbano, es que nunca come solo cuando cocina. Para Vázquez Montalbán -que habló mucho sobre esto en sus escritos y en entrevistas- la gula o es comunicación, o no tiene ningún valor.

Son para mí memorables la fideuá que prepara en su libro Los pájaros de Bangkok, o la caldeirada de Tatuaje, por decir solo dos. Son siempre platos de la cocina tradicional, nunca nouvelle cuisine ni nada que se le parezca porque le interesaba recrear lo que él llamaba “el paladar de la memoria, la patria sensorial de la infancia”.  Utiliza la cocina como metáfora de la cultura. “Comer significa matar y engullir a un ser que ha estado vivo, sea animal o planta. Si devorásemos directamente al animal muerto o a la lechuga arrancada, se diría que somos salvajes. Pero si lo marinamos, si lo cocinamos con hierbas de provincia y vino, hemos realizado una exquisita operación cultural, igualmente fundamentada... en brutalidad y muerte”.

Todos los libros de Vázquez Montalbán buscan jurungarnos la moral, esa doble moral en la que nos mantenemos tan cómodos. Quiere incomodarnos incluso gastronómicamente porque “todo lo que hace referencia al placer es gozosamente calificado de inmoral. Porque para los moralistas, la moral tiene que estar ligada al sufrimiento”. Carvalho siente placer cocinando, bebiendo, comiendo y descubriendo la verdad que está detrás de un crimen. Esa verdad que desenmascara al criminal al que luego no entrega a la policía porque desprecia a la institución y para él la justicia no existe. Solo lo hace para dejarlo a él y la sociedad de cómplices desnudos ante sus miserias.

Andrea Camilleri, a pesar de que bautizó a su personaje como Salvo Montalbano por la admiración que siente por su colega y amigo Vázquez Montalbán, creó un protagonista muy distinto a Carvalho en detalles fundamentales.

La relación entre gastronomía y literatura está presente en ambos personajes y son muy cultos los dos. Pero mientras Carvalho quema los libros que ha leído porque los culpa de haberlo alejado de la vida real, Montalbano lee muchísimo, relee incluso y no son pocas las veces que las respuestas que está buscando le vienen de algún párrafo del libro que está leyendo.

Montalbano es un comisario igualmente obsesionado con encontrar la verdad, tampoco cree demasiado en las instituciones de su imaginaria Vigatá, pero lucha en la medida de sus posibilidades por lograr hacer algún tipo de justicia.

Otro detalle que los distancia, es que el comisario Montalbano come casi siempre solo porque no le gusta que le hablen mientras está disfrutando la comida. Además, no cocina nunca, probablemente porque Camilleri tampoco. Aparecen semejanzas en la importancia de comer bien. Para eso cuenta con Adelina, la señora que se ocupa de conservar la casa limpia y de cocinar maravillosos platillos que Montalbano consigue en la nevera o en el horno y que él solo debe calentar cuando llega. También se va a la trattoria de Calógero o de Enzo, según el libro, donde también come solo y gustosamente.

Adelina es un personaje entrañable, como todos los de la serie de Montalbano de Camilleri, pero ella tiene la particularidad de que, al igual que Madame Maigret, no aparece casi nunca. No sabemos cómo es físicamente porque Adelina y el comisario rara vez coinciden en su casa de Marinella. Él le deja dinero para que compre lo necesario y ella se comunica con él dejándole alguna nota mal escrita, llamándolo ocasionalmente por alguna urgencia con sus dos hijos, ambos ladrones de poca monta a los que el comisario ha tenido que meter presos alguna vez, cosa que no impide que se tengan cariño y respeto, al punto de que es el padrino de sus niños. Y por supuesto, dejándole preparados esos platos suculentos de la comida tradicional siciliana. Leerlo es contagiarse de la pasión que siente por la comida de esa tierra, tanto que mucho de sus juicios de valor hacia las demás personas vienen de lo que éstas comen o de cómo guisan, llegando a apreciarlos o despreciarlos.

Extrañamente, Livia, la eterna novia de este hombre solitario, no cocina muy bien y cuando ella viene desde Génova a visitarlo, Adelina se desaparece de la casa y no le cocina al comisario, porque estas dos mujeres se llevan muy mal. No sé si esto es una manera de Camilleri de dejarnos ver lo que él piensa de Livia o del amor y las relaciones de pareja en general. Pero lo cierto es que, cuando le brinda la posibilidad a su personaje de hacer el amor, lo castiga impidiéndole que coma bien, como si la felicidad absoluta fuera un exceso imposible de conjugar. La verdad es que cuando Livia se va al comisario lo inunda la nostalgia.

Con Livia pelea mucho y en cambio, cuando puede sentarse en su terraza a disfrutar de una caponata, de unos arancinis, de una pasta ‘ncasciata, unos salmonetes, unos pulpitos, o cualquiera de los deliciosos platos que le prepara Adelina, o tan solo de un pan con aceitunas y queso, el hombre es plenamente feliz.

Yo debo confesar que fantaseo con la idea quitarle ese novio a Livia, que no lo admira tanto como yo, pues yo sí sería absolutamente feliz oyéndolo hablar de sus casos, compartiendo con él sus lecturas y dejando que la gran Adelina nos cocine.

En todas las novelas que ha escrito Padura Fuentes con Mario Conde como protagonista, la relación entre gastronomía y literatura también está presente, no solo en el libro, sino en el personaje. Sobre todo desde que El Conde dejó de ser un policía activo y pasó a ganarse la vida con la compra y venta de libros de segunda mano. El Conde siente tanto placer cuando consigue una joya de la literatura, como cuando se sienta a comer los platillos que prepara Josefina, la madre de su amigo El Flaco, así como cuando logra conseguir la verdad que hay detrás de un crimen, obsesión que lo persigue incluso a pesar de sí mismo. El Flaco, que ya no es flaco y está confinado a una silla de ruedas por una herida que sufrió en la guerra de Angola, le cuenta un día a El Conde una cosa sobre su mamá que cito por ser trágica y al mismo tiempo preciosa.

Hablando de Josefina, dice El Flaco:

-Dice que sueña que cocina. Que nos prepara unos banquetes y cada vez que necesita un ingrediente nada más tiene que estirar la mano y ahí lo tiene...

Y le responde El Conde:

-Pues debería invitarnos a sus sueños, ¿no?

Pese a lo complejo que es conseguir comida en Cuba como para hacer un banquete, no hay un libro de Padura Fuentes, de la serie Mario Conde, en el que no haya por lo menos un capítulo donde la gran Josefina se las ingenie para deleitar a su hijo y los amigos de éste con sus maravillosos congrí, sus tamales en cazuela, ajiacos a la marinera y demás suculentos platillos con carne de puerco, frijoles, arroz y plátano. A través de la comida y de su difícil búsqueda, Padura Fuentes describe la sociedad cubana contemporánea, tanto como a través de los crímenes que le encarga investigar a Mario Conde.

Una telenovela negra

Hablaré ahora de mi propia relación entre gastronomía y literatura como escritora. Ciertamente, muchos de mis personajes están tan obsesionados con comer bien como por encontrar la verdad que pueda ocultarse detrás de un crimen. Le ocurre a Quica, esa suerte de detective que protagoniza los dos libros en los que coqueteo con la novela negra y que, al igual que Carvalho, tampoco entrega a los criminales a la policía porque a mí también me cuesta mucho creer en la justicia. Quica solo quiere saber qué pasó en realidad, quién es el criminal y mirarlo a los ojos para que sepa que ella sabe sus miserias, y muchas veces encuentra las respuestas mientras disfruta de un pernil al horno, de una torta de chocolate con tropezones de caramelo, de un buen pescado.

Lo mismo ocurre con mis personajes de “Desconocidos”, todos buscan verdades al tiempo que comen, y comen muy bien. Y con los personajes de mis telenovelas, siempre están buscando verdades que, producto de las leyes del melodrama, sólo consiguen en el capítulo final. Y muchos de ellos cocinan, siempre comida criolla tradicional porque para mí una buena reina pepeada, un asado negro, un pabellón, una polvorosa de pollo, un bienmesabe y una torta de plátano, tienen suficientes galones como para servirse en la misma mesa que la gastronomía más universal.

En Para verte mejor, la telenovela en la que trabajo hoy, la relación entre gastronomía, literatura y crimen es más que evidente. Tengo un asesino psicópata al que hay que descubrir, un comisario y un periodista obsesionados con descubrir la verdad que oculta tras su fachada de ciudadano ejemplar. Hay también muchos apasionados por la lectura y dos mujeres que cocinan de maneras muy distintas. Su forma de cocinar las define como personas. Una de ellas no se guía por recetas y cocina maravillas guiándose por su intuición y por una sabiduría heredada de madres y abuelas; la otra lo mide y lo pesa todo y hornea unas tortas deliciosas, ambas trabajarán en el mismo restaurante de comida criolla, se enfrentarán por el amor de un mismo hombre y serán víctimas del engaño del mismo criminal. Es algo así como una “telenovela negra”.

Repito, nada como un delito y una buena comida para radiografiar a una sociedad. Vázquez Montalbán también decía que el verdadero asesino de toda novela negra es el autor. Cierto como que el verdadero gourmet no es el detective sino el que lo creó.


Este texto forma parte de una ponencia de la escritora, periodista y guionista, Mónica Montañés, en el marco de presentaciones y conversatorios de la FILUC 2016

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