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Crónica de una visita a San Agustín

La delgada guaya que nos separa

Los movimientos de registro y exploración de la capital venezolana se multiplican. Algunas visitas son organizadas por entes gubernamentales, otras independientes. La población se organiza socialmente para encontrar aquello que reza en una de las canciones del cantautor andaluz, Javier Krahe: en las antípodas todo es idéntico, idéntico a lo autóctono.

El Metrocable de Caracas es un sistema de teleférico integrado al Metro de Caracas, concebido de forma que habitantes de los barrios de Caracas ubicados habitualmente en sectores montañosos puedan transportarse de manera más rápida y segura al centro de la ciudad. Funciona como una ruta alimentadora al estilo del metrobús.

CHEO PACHECO

  • ENRIQUE PEÑA

21 de septiembre de 2016 10:18 AM

Actualizado el 22 de septiembre de 2016 10:55 AM

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La delgada guaya que nos separa, crónica de una visita a San Agustín

Los de abajo tienen miedo.

Los de arriba también.

Los de abajo nunca han subido al territorio de los de arriba. Por eso, ese día se vistieron especial para la ocasión: se quitaron las prendas (las pocas que usan), se pusieron lo que ellos llaman un “blue jean normalito”, y se colocaron zapatos cómodos, muy cómodos por si hay problemas salir "volao", como cantaba Rubén Blades. Se ajustaron gorras de lona de marcas reconocidas o prácticos sombreros panamá que son fáciles de ocultar en un bolsillo y difíciles de ocultar su procedencia . Ah, y por su puesto, llaves y sólo la cédula en un bolsillo.

Una vez listos, los de abajo revisaron las cargas de sus celulares, las baterías de sus cámaras, el tamaño y la discreción de sus bolsos, las botellas de agua o en su defecto el termo de precio escandaloso y comprobaron que tuvieran algo de dinero en efectivo porque “uno nunca sabe”.

Llegaron  de diferentes maneras: en Metro, dejando sus carros resguardados en estacionamientos cercanos a la zona donde habitan o donde haya un metro “del lado de allá”; o se acercaron en sus carros al estacionamiento más cercano en el punto de reunión, no sin antes vaciar debajo de los asientos aquellas pertenencias innecesarias o vistosas para la visita; o, los más discretos, fueron dejados por un conductor cómplice que les decía una o todas estas tres frases a la vez: tú eres un locopero ¿qué necesidad tienes de hacer eso?y si te pasa algo me llamas, no se te olvide.

El punto de reunión era la Galería de Arte Nacional y el objetivo a conquistar era el teleférico de San Agustín para observar Caracas y ver de cerca de El Helicoide. Así que como un plan vacacional, se les dieron una serie de instrucciones tales como : no se separen, no se salgan de las estaciones, no tomen fotografías durante la ruta, no exhiban sus aparatos electrónicos y otros cuantos no.

Partieron todos juntos (hombres, mujeres y niños), salieron por la parte de atrás de la Galería Nacional —cosa absolutamente inusual pero que en esta ocasión, y solo en esta ocasión, se estaba haciendo una excepción—, algunos se tomaron de las manos, esperaron pacientemente el semáforo, cruzaron por el rayado, llegaron a Parque Central, atravesaron el conjunto por túnel de tránsito, caminaron hacia la avenida Lecuna y finalmente, a la estación del teleférico de San Agustín.

Allí, mientras la Fundación que organizaba el paseo, se comunicaba con “las autoridades competentes para dar paso a los visitantes y/o acompañantes”, empezaron las risas nerviosas, los saludos educados, la necesidad de hacerse masa, los comentarios bajitos y las llegadas de último momento. Superado este trance, dejaron pasar a todo el grupo por la puerta de servicio y se colocaron en cola para tomar el vagón que siempre estaba en movimiento. Aparecieron, como voz venida del más allá, los mensajes institucionales de los organismos del estado (apaga la luz, toma en serio el niño, el Gobierno Revolucionario de la República Bolivariana de Venezuela ha construido …) y volvieron de nuevo los “no”: no se paren dentro del vagón, no coma dentro del funicular, no más de 8 personas por vagón, no…

No más de 8 personas por vagón retumbó en el oído y la consciencia de muchos, y empezaron de manera inmediata a armarse grupos. Allí realmente se distinguió toda la fauna que venía a este paseo: los arquitectos, claramente identificados por sus ropas de colores neutros y armoniosos, modales refinados y actitud contenida; los fotógrafos, con un gran bolso de cámara o un morral de gigantescas proporciones, siempre medio abierto para sacar su arma de conquista. Dentro de ellos están los comunicadores sociales, digamos que son un poco más sosegados que sus pares y los fotógrafos urbanos que son básicamente como unos artistas pop raperos, de aspecto desaseado, cabello graso, ropa gigante e incluso un lenguaje bastante vulgar pero provenientes de buenos institutos y universidades que juegan a hacer de malos y desean ser cronistas del tiempo que les tocó vivir arriesgando lo que tengan que arriesgar. Finalmente, está el tercer grupo que son caraqueños nostálgicos, los que desean visitar, reconocer y disfrutar de la ciudad. Van a muchos eventos donde se pueden sentir más parte de la urbe y desearían transmitirle esto a sus hijos, aunque viven muertos de miedo.

Desde la esquina, el jefe de grupo contaba los 8 y decía “….¡Vieeene!” como señal para montarse en el vagón. Si llegaban a venir uno de “los de arriba”, lo dejaban montar solo o se subían con parejas de los que eran de “los de abajo”. Este grupo, los que se mezclaron, pudieron vivir gratas experiencias. Por ejemplo, a uno de ellos les tocó subir con Julián, uno de “los de arriba” que se había mudado a donde viven “los de abajo” pero siempre visitaba a los de arriba y en el trayecto les decía cosas como: en ese callejón nací yo/ mucha gente jamás ha salido de aquí y ni quiere salir/conozco una señora que nunca ha bajado de San Agustín/ en aquella esquina vendían bazuco, era una zona fea/ en esa cancha mataron a un hermano mío de alma… y así, solo o acompañados todos llegaron al punto de encuentro: la estación el manguito.

De un lado se veía a la majestuosa Caracas, desde un punto de vista novedoso para ellos ya que no era ni el mirador de Valle Arriba, ni desde el Laguito del Parque del Este y del otro lado, veías la magnanimidad del tótem: Helicoide de Caracas. Fue el momento mágico para las fotos familiares de los caraqueños nostálgicos o curiosos de salón, para los fotógrafos con el (por fin) frontal Helicoide y para los arquitectos que hubiesen dado la vida por poder recorrer al Helicoide como un centro comercial. Clicks iban y venían, fotos de grupo y regreso.

Todo camino de vuelta genera la ansiedad de la rapidez y, esta vez “los de arriba” si estaban en horario pico y ya los vagones no venían tan vacíos por lo que aquello del vagón para un grupo no se hizo tan común y se empezaron a ver y sentir los comentarios de “los de arriba” dentro de los vagones. Desde la ingenua pregunta de “señor ¿ y que grupo es ese?”, con la apropiada respuesta de un arquitecto que rezaba, “un grupo de arquitectos que busca una vista privilegiada de las joyas de construcción de Caracas”. Y luego, mientras “los de abajo” en los vagones guardaban un silencio lleno de miedo y a la vez de respeto, “los de arriba” se abrían y expresaban: "Esta gente tomando una foto y nosotros siempre pendientes de un vacilón", repuso un gordito que iba con su novia de alisado cabello y esmeradas uñas.

"Es que el venezolano no pela para abrir una botella y hacé una parrilla", dijo una señora. "Pero eso era antes", dijo la novia de uñas policromáticas: "ahora uno no puede bebé todos los días". "Pero las ganas no se quitan nunca", dijo el novio.

La señora como para reafirmar su identidad ante los visitantes dijo: "Pero con Chávez la vida nos mejoró. Antes no éramos nadie y a mucha gente él la puso a valer". "Sí, eso es verdad", dijo la novia: "pero ahorita el pueblo no tiene con qué". "Chávez nunca debió morir", completó el novio: "y aunque sea eterno ya no podemos vacilá como antes".

"El progreso se detuvo", concluyó la señora.

Mientras toda esta serie de comentarios, mayores o menores, de una estación a otra sucedían, las voces de “los de arriba” se fueron acallando a medida que llegaban al terreno de “los de abajo” o se quedaban en las diversas estaciones de la ruta.

Los de arriba, al llegar, caminaron acelerados, de regreso a sus refugios. Los de abajo, en sus refugios, pensaban que sabroso podría ser seguir vacilando. De de esta manera el miedo al presente y al futuro estaba en los de arriba… y en los de abajo.

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