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Opinión

El censor en el cuarto

El pasado 5 de abril la Universidad Iberoamericana otorgó el Doctorado Honoris Causa al Nobel de literatura sudafricano, J.M. Coetzee. Su intimidad y veracidad siempre diseccionan emociones complejas.

Juan Carlos Figuera

  • JESÚS TORRIVILLA

16 de julio de 2016 05:30 AM

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La censura como fenómeno de relaciones

El censor, un verdugo obligado a sacrificar cientos de textos

Nadie escribe solo en un país con censura. Los ojos escrutadores aparecen sobre el hombro sin ser llamados. El escritor experimenta la invasión de su intimidad, desde la sospecha de sí mismo: “¿cómo se leerá lo que escribo?”. Cada palabra, cada oración debe no solo satisfacer el propio oficio sino debe deslizarse entre la severa lectura de un tercero.

Es fácil sucumbir a la tentación de imaginarlo como un enemigo, pero mirar al otro lado del espejo puede ofrecer una imagen inesperada: la de reconocer a un complejo guardián de la cultura, un verdugo obligado a sacrificar cientos de textos para que solo vean la luz los que cambiarán la historia.

 ¿Por qué queremos ser herederos de la universidad europea?”, mientras recordaba los actos académicos en Sudáfrica, ahogados con togas bajo un calor impensable para los europeos

“El censor siempre está en el cuarto”, recordó John Maxwell Coetzee, premio Nobel de literatura. Estuvo en la Ciudad de México con motivo del Doctorado Honoris Causa con que lo distinguió la Universidad Iberoamericana, donde dictó la conferencia “Sobre la censura”. Emocionado pero circunspecto, su pronunciación suave, mirada aguda y gesto imperturbable cautivaron al público. Calzó muy bien la toga con que fue investido: su vida la ha dedicado a la academia, y ha sido profesor de universidades en EE.UU., Sudáfrica y Australia, donde reside actualmente.

En sus palabras de agradecimiento, se permitió una crítica a la institución. “¿Por qué queremos ser herederos de la universidad europea?”, mientras recordaba los actos académicos en Sudáfrica, ahogados con togas bajo un calor impensable para los europeos. Rápidamente aventuró una respuesta: “estoy aquí por una fe en un conocimiento de altura” A higher learning, una apuesta que reunió a cientos de personas en el auditorio José Sánchez Villaseñor de la Universidad Iberoamericana.

Rodeado de catedráticos, estudiantes, y lectores con sus libros debajo del brazo, empezó su conferencia recordando que prefería no ser visto: “En Sudáfrica la censura era una realidad de la vida, el contexto en que operaban todos los artistas. Por eso nos sentíamos con suerte si el Estado no nos tomaba en cuenta”. Confesó un interés en la censura como un fenómeno de relaciones, mucho más complejo que un acto de aprobación o rechazo. Explicó que en la Sudáfrica del apartheid el gobierno quiso aislar al país con una meta moral y una política, para que una “nación blanca no se infectara de la decadencia moral de occidente y que la propaganda comunista no circulara”.

No veo al censor como un enemigo, sino como una figura compleja”, afirmó mientras recordó la relevancia que la censura tiene actualmente, en un mundo azotado por el terrorismo.

Esta situación cambió cuando en 1994 el poder político pasó a nuevas manos y se desclasificaron los archivos del apartheid. En esos días los sorprendió un extraño ofrecimiento: “Recibí un correo que me preguntaba si quería ver los informes de los censores que le habían asignado mis libros”. Sus novelas, comenzando por Tierra de poniente, publicada en 1974, fueron siempre aprobadas. Y tuvo la oportunidad de saber por qué: “descubrí que los censores no solo se consideraban como guardianes de la moral, sino de la República de las Letras, estaban de mi lado, según su visión”. Entre ellos se encontraban Anna Louw, novelista y H. van der Merwe Scholz, profesor de la Universidad de Ciudad del Cabo, donde Coetzee también daba clases. Eran intelectuales y académicos, que se consideraban “buenas personas viviendo tiempos duros”, llamados a proteger las formas más altas de conocimiento y preparados para forzar las reglas cuando fuera necesario.

Protegido por el hecho de que “era blanco aunque no afrikaans, pertenecía a la misma clase que ellos y no era un escritor popular”, sus novelas fueron sucesivamente aprobadas por sus censores. Quizás sin saberlo o no, le abrieron paso a una obra que con los años tomaría el cuerpo de la narración de un país herido. “No veo al censor como un enemigo, sino como una figura compleja”, afirmó mientras recordó la relevancia que la censura tiene actualmente, en un mundo azotado por el terrorismo.

Que el sistema de censura padecido por Coetzee haya dejado pasar sus novelas, habla de una esperanza que mantiene el Nobel en el hecho del trabajo creador. Una especie de sobrevivencia significativa, capaz de derrotar a la vez el silencio y el ruido: “El arte afecta la historia de una manera sutil, requiere tiempo, pero sí la cambia”.

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