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Avance eidtorial de Espejismos de Venezuela

Canto de amor para Venezuela

Dominique Fernandez, primer miembro de la Academia Francesa en haber visitado Venezuela, encabezó en el año 2016 la delegación de escritores franceses que visitó la FILVEN-Caracas. Este texto de su autoría forma parte del libro "Espejismos de Venezuela. Nueve escritores franceses tras la huella de un país" (2017), editado por la Embajada de Francia

Fernández es autor de más de cincuenta obras (novelas, ensayos, libros de viaje, etc.), fue galardonado con varios destacados Premios (Premio Goncourt, Premio Médicis, Premio Prince de Monaco, Premio Méditerranée, entre otros). 

VICENTE CORREALE

  • DOMINIQUE FERNÁNDEZ

23 de octubre de 2017 12:42 PM

Actualizado el 26 de octubre de 2017 15:21 PM

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Un miembro de la Academia Francesa ofrece un "Canto de amor para Venezuela" #Verbigracia

Una de las películas favoritas de nuestra juventud fue Quai des brumesJean Gabin y Michèle Morgan, estigmatizados por un destino cruel, extraviados en un infierno de indigentes, truhanes y matones, son víctimas de una fatalidad que les rompe el amor y les lleva a la muerte… Lo que nos impactaba era sobre todo la ambientación de la película: el puerto de Le Havre, en Normandía, donde el cielo siempre es gris, la atmósfera siempre húmeda, y cuando no llueve la bruma se deshilacha esparciendo por los muelles una grisalla deprimente. La ambientación, sí, pero también la esperanza de redimirse: es que Jean (el protagonista de la película se llama Jean, igual que Gabin), huyendo de aquellos bajos fondos provincianos perpetuamente húmedos y de las intrigas criminales que se tejen en la penumbra rezumante, bajo un cielo eternamente encapotado, decide embarcarse rumbo a América. ¿Y qué destino escoge? ¡Venezuela! Por fin una tierra donde el suelo no esté hecho de adoquines viscosos y relucientes, donde el sol se digne a brillar, donde la esperanza ya no esté expuesta a una ineludible maldición…

El nombre de la capital, Caracas, con sus consonantes duras, su sonido percutido, sus letras que restallan como disparos, ¿acaso no expresa con más pertinencia la realidad tan ruda de un país sacudido y maltratado por la Historia?"

Así fue como Venezuela entró precozmente en mi mitología personal. Yo no sabía nada de ese país, salvo que un desertor del ejército colonial francés, hombre sencillo pero habitado por un ideal, soñó con que era un paraíso. Y el hecho de haber fracasado en su intento, de haber sido abatido en la calle precisamente cuando el barco hacia el que corría levaba anclas para zarpar, no hacía sino reforzar el carácter mitológico de aquel edén inaccesible. Esa película de Marcel Carné era en blanco y negro: los colores, la alegría de vivir, la exuberancia quedaban para los de allá.

Venezuela, Venezuela, estas cuatro sílabas de exquisita dulzura, este final femenino, esta «z» tan suave que casi no es cónsona en medio de ese ondear de sílabas, ¡qué encantador programa! Me meció durante décadas antes de descubrir, al ir por primera vez, que «dulzura» y «suave» no son las mejores palabras para dar cuenta de Venezuela. El nombre de la capital, Caracas, con sus consonantes duras, su sonido percutido, sus letras que restallan como disparos, ¿acaso no expresa con más pertinencia la realidad tan ruda de un país sacudido y maltratado por la Historia?

La magia de Quai des brumes, lo aterciopelado de Los tejados rojos, los trinos y las apoyaturas de La isla del sueño se nos hacen inseparables de la armonía suscitada por estas cuatro sílabas por las que fluye, en letras líquidas, toda la alegría de vivir."

Ahora bien, a Quai des brumes se agregaron luego dos testigos a favor de una imagen apacible y encantadora de Venezuela. ¿Acaso hay algún pintor en el mundo más fino y terso, más complaciente y paciente que Camille Pissarro? ¿Acaso no era, entre sus amigos impresionistas, el que paseaba su pincel con mayor delicadeza y esparcía sus toques con más serenidad? Yo solía ir al museo a ver Los tejados rojos, y cada vez me quedaba maravillado ante ese paisaje donde las casas, los árboles, la montaña y el cielo se funden en una tierna nebulosa de colores. Así que no me sorprendió en absoluto enterarme de que Pissarro, nacido en las Antillas, había pasado dos años en Caracas, entre 1852 y 1854. Tenía veintidós años al llegar. De los 22 a los 24 es la edad de la formación, de la maduración. Pissarro maduró en Caracas, los años que ahí vivió fueron decisivos. Ciertamente, no habrá sido el sol resplandeciente de Venezuela lo que quiso fijar en sus telas, dejando la violencia para su amigo Van Gogh, sino el sol insistente, el sol lejano y velado de Monet (ImpressionSoleil levant…); habrá adquirido, seducido durante sus dos años americanos, el apego a la luz, primero, y también el sentido del espacio: ¡hacer que lo infinito quepa en un cuadro de pequeño formato!

El segundo garante de la «dulzura» y el «encanto» de Venezuela fue el compositor Reynaldo Hahn. Él sí había nacido en Caracas. Al llegar a París, se trajo esa elegancia natural, esa jovialidad ligera, ese ingenio alegre y ese ánimo desenfadado capaces de hechizar a Marcel Proust con quien intercambió mucho más que su famosa correspondencia. Esa calidad de estilo y de alma impregna su música que por mucho tiempo se dejó de tocar, pues la Segunda Guerra Mundial impuso en las artes una tendencia trágica a expensas de la alegría espontánea. Pero hoy en día la estamos redescubriendo. Sentimos júbilo con solo el enunciado de sus obras. Óperas: Isla del sueño (Caracas, naturalmente…), Tiempo de amar (a Caracas…); opereta: Oh, mi bello desconocido (de Caracas…); ballet: El bosque sagrado (también de Caracas…). Esos títulos, esa música aérea, animada, zalamera, esos arpegios que nos ponen escalofríos en la piel, los estamos necesitando de nuevo. Y los asociamos, con justicia, al nombre y a la musicalidad de «Venezuela». ¡Que nuestro canto de amor cruce el océano y vaya a agradecer a quienes, amigos franceses y venezolanos, ahí nos acogieron y esperamos volver a verlos ahí!

La magia de Quai des brumes, lo aterciopelado de Los tejados rojos, los trinos y las apoyaturas de La isla del sueño se nos hacen inseparables de la armonía suscitada por estas cuatro sílabas por las que fluye, en letras líquidas, toda la alegría de vivir. Y por ello nos sentimos desertores del ejército colonial francés, tenemos ganas de irnos a Venezuela, de encontrarnos ahí con Camille y Reynaldo, de vivir el sueño cuya realización fue negada a Jean. Un país que suscita semejantes fantasías siempre será grato a nuestros corazones.


Dominique FERNANDEZ, miembro de la Academia Francesa, nació en 1929. Es escritor, periodista, ensayista y gran viajero.

Autor de más de cincuenta obras (novelas, ensayos, libros de viaje, etc.), fue galardonado con varios destacados Premios (Premio Goncourt, Premio Médicis, Premio Prince de Monaco, Premio Méditerranée, entre otros).

Antiguo alumno de la Escuela Normal Superior, este hijo de dos intelectuales (su padre: Ramón Fernández, de origen mejicano fue a su vez escritor y periodista, su madre: normalista y profesora de Letras), descubre a los veinte años Italia y el Mediterráneo, “descubrimiento fundamental” que lo lleva a cursar la agregación del italiano en 1955.

Nombrado profesor en el Instituto Francés de Nápoles (1957), posteriormente profesor también ante la Universidad de la Alta Bretaña, publica su primera novela en 1959 L'écorce des pierres (La corteza de las piedras) y se da a conocer ante la crítica, con la publicación, en 1965, de Mère Méditerranée (Madre Mediterránea), obra consagrada al Sur de Italia.

Dominique Fernandez recibe el Premio Médicis en 1974 por su obra Porporino ou les mystères de Naples (Porporino o los misterios de Nápoles), retrato ésta de un castrato napolitano a finales del siglo XVIII, recibe también el Premio Goncourt en 1982 por la obra  Dans la main de l’ange (En la mano del angel), memorias imaginarias de Pier Paolo Pasolini. Se interesa particularmente por “los héroes que terminan mal” así como también por “los grandes y renombrados artistas asociados con la deshonra”.

Dominique Fernández publica varias obras bajo el signo de la homosexualidad, cabiendo citar entre otras: l’Etoile Rose (La Estrella Rosa) (1978), La Gloire du Paria (La Gloria del Paria) (1987), L’amour qui ose dire son nom (El amor que osa decir su nombre) (2001).

A inicio de los 90, escribe varias novelas inspiradas en la historia de sus padres. Enmarcadas en la Italia de la pre-guerra, el autor evoca en ellas principalmente la ambigua personalidad de su padre, quien se pasó al bando de los colaboracionistas en 1944 L’Ecole du Sud  (La Escuela del Sur) (1991), Porfirio et Constance (Porfirio y Constancia) (1992). Dominique Fernandez retoma nuevamente el periplo paterno con Ramon, un ensayo de investigación bibliográfica publicado por Grasset en 2009.

Gran admirador de Stendhal, la trayectoria literaria de Dominique Fernández se ve igualmente puntuada con numerosos relatos de viaje por la Europa barroca, realizados junto a fotógrafo Ferrante Ferranti.

Fue elegido miembro de la Academia Francesa, el 8 de marzo de 2007 (sillón 25).

Bibliografía selectiva

Correspondance indiscrète, (Correspondencia indiscreta), Grasset, 2016
On a sauvé le monde, (Hemos salvado al mundo), Grasset, 2014
Académie française (Academia Francesa), (fotografías de Ferrante Ferranti), P Rey 2013
Dictionnaire amoureux de Stendhal (Diccionario enamorado de Stendhal), Plon, 2013
Transsibérien, Grasset, 2012
Rêveries italiennes (Ensoñaciones italianas) (conjuntamente con Joël Laiter), 2012
Pise 51( Pisa 51), Grasset, 2011
Villa Médicis (Villa Médicis), (fotografías Ferrante Ferranti), Philippe Rey 2010
Ramon, París, Grasset, 2009
Dictionnaire amoureux de l'Italie (Diccionario enamorado de Italia), Plon, 2008
Sicile (Sicilia) (fotografías Ferrante Ferranti), 2006
Dictionnaire amoureux de la Russie  (Diccionario enamorado de Rusia), Plon, 2004
La Perle et le Croissant (La Perla y el Croissant) (La Europa barroca de Nápoles a San Petesburgo, con fotografías de Ferrante Ferranti), Plon, 1995
Le Dernier des Médicis (El Último de los Médicis), Grasset, 1994
Porfirio et Constance (Porfirio y Constancia), Grasset, 1992
L’Ecole du Sud (La Escuela del Sur), Grasset, 1992
La Gloire du paria (La Gloria del paria), Grasset, 1987
Dans la main de l’ange (En la mano del angel), Grasset, 1982 (Premio Goncourt)
L’Etoile rose (La Estrella rosa), Grasset, 1978
Porporino ou les Mystères de Naples (Porporio o los misterios de Nápoles) (Premio Médicis), Grasset, 1974
L'Écorce des pierres (La corteza de las piedras), Grasset, 1959

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