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Una lectura latinoamericana de Nicolás Maquiavelo

El aporte de Maquiavelo al análisis político comparado

El Dr. Rafael Quintero López (Esmeraldas, 1944) estudia acuciosamente a Maquiavelo y lo presenta desde 1975 con su libro Una lectura latinoamericana de Nicolas Maquiavelo, por la Universidad Central de Ecuador. El diplomático y ciéntifico social contrasta los conceptos preconcebidos y ligerezas endilgadas al vigente canciller florentino.

Serigrafía. París, 1976

ESTEBAN CASTILLO

  • DR. RAFAEL QUINTERO LÓPEZ

23 de septiembre de 2016 10:58 AM

Actualizado el 27 de septiembre de 2016 11:32 AM

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La comparación facilita el entendimiento de asuntos públicos

Al ser testigo de una etapa en la que el añejo régimen feudal europeo estaba en pleno proceso de desintegración y coexistencia con los nuevos problemas que surgían aceleradamente, atinentes ya fuese al Estado o a la sociedad moderna en formación, Maquiavelo se empeñó en interpretar el significado lógico de los eventos, en predecir los problemas inevitables y en hacer explícitas ciertas orientaciones pensadas por él como dominantes de la conducta política, en el marco de las condiciones de la vida nacional europea. Y, a pesar que el florentino sólo pudo observar directamente una porción de Europa, el horizonte que divisó fue vasto2.

Él superó los estrechos límites de la Italia Cen­tral y de la Lombardía para reflexionar sobre pro­blemas que trascendían una visión local. Si bien su medio fue restringido, buscó en éste la adquisición de un conocimiento y una experiencia pro­funda sobre la política; y en él buscó también, con denodado afán e imaginación, la reorientación de sus ideas y la propia reconstrucción de los hechos narrados y observados, tratando de encontrar, en ese ambiente, suficientes elementos que le permitiesen comparar.

En ese mismo espíritu, fue consciente, además, de la necesidad de escoger ejemplos y casos de dis­tintos países, a fin de llegar a generalizar, logran­do hacer, de sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, un verdadero clásico del análisis político comparado. El comparatista aparecía, asimismo, en El Príncipe, cuando afirmaba que, basándose en los conocimientos de un país que poseyese ciertas semejanzas a otras provincias, se podía llegar al conocimiento de otros países3.

Aunque en este punto se refiriese a cuestiones militares, Maquiavelo conocía, a ciencia cierta, que la comparación facilitaba el entendimiento de los asuntos públicos. Con frecuencia comparaba Atenas, Tebas, Francia, España y las ciudades-estados de sus días. Todas estas comunidades le proporcionaron ejemplos. Su empeño en comparar lo encontramos en sus dos obras políticas principales: Los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio y en El Príncipe. Es característico de Maquiavelo sacar ejemplos de diversas regiones geográficas como de diferentes períodos históricos, ya sean clásicos o modernos. Escuchemos al propio Maquiavelo, teórico del análisis político comparado:

He pensado que es apropiado escribir acerca de estos libros de Tito Livio tratando de esos asun­tos que, después de una comparación entre eventos antiguos y modernos, facilitaría el en­tendimiento de los mismos4.

Sin embargo, debe notarse que, al pensar sobre política, Maquiavelo se interesa más en colegir si­tuaciones paralelas, que en lo que, propiamente entendemos por comparar. Como estudiosos de la política, al comparar nos interesamos, al mismo tiempo, por las uniformidades y las diferencias, mien­tras que él ponía de relieve las uniformidades.

Conscientemente, él aparece empeñado en mostrarnos aquellas similaridades en todos los tiempos. Esta particularidad de su enfoque compa­rado es más notoria en El Príncipe, cuando escribía con un fin utilitarista orientado a convencer sobre un programa político, pero no estaba ausente en su tratado Los Discursos. En este último no distin­guía entre los ejemplos sacados de la historia de la Grecia o Roma antiguas, y aquellos tomados de la historia contemporánea. Maquiavelo se mostraba despreocupado de la singularidad de los eventos y de la forma en que dicha singularidad podía es­clarecer las razones subyacentes que explicasen las diferencias. Él mostraba sólo las semejanzas. En ese sentido, se puede afirmar, sin riesgo a equivo­carse, que al trabajar con el supuesto de que la «na­turaleza humana» era siempre igual en cualquier lugar, Maquiavelo usó la historia para ilustrar una conclusión a la que había llegado mediante la ob­servación, y, por esta razón, los ejemplos históricos eran tomados para apoyar sus asertos. Él compa­ra los hechos, no para hacer un listado simple de ellos, sino con el fin de ilustrar sus observaciones empíricas, o en su defecto, toma los datos de su propia experiencia política y los confrontaba a las conclusiones derivadas de ellos, a ciertos cánones de su estudio histórico.           

En esta ejemplificación existía un tipo de cálcu­lo aritmético de probabilidades. Resultaban nume­rosos los ejemplos que apoyaban una proposición acerca de la política. A veces buscaba ejemplos que parecían negar la proposición. Los llamaba «casos negativos», que examinaba para decidir, si, en ver­dad, falsificaban su máxima política o lo hacían sólo aparentemente, debido a circunstancias pe­culiares. En ese sentido limitado, Maquiavelo anti­cipó el método inductivo de Francis Bacon (1561- 1626), y fue el primero en aplicarlo a la política.

Como otros teóricos políticos, desde Aristó­teles, interesados en el análisis comparado, Ma­quiavelo trataba de entender los gobiernos y la política por medio de clasificaciones. En Los Dis­cursos y El Príncipe encontramos una clasificación doble de los estados basada en quién gobierna. Los casos extremos de esta clasificación polar son el tipo monárquico y el republicano5. Esta clasifi­cación, expuesta más ampliamente en Los Discur­sos, también encuentra su correspondiente reco­nocimiento en El Príncipe. Maquiavelo comienza El Príncipe dando mucho por sentado: «Todos los estados… son repúblicas o monarquías…» Es evi­dente que no hay inconsistencia en su clasifica­ción de formas de gobierno, cuando se comparan sus dos obras seminales6.

Esta afección por clasificar, lo conduce a de­sarrollar muchos otros sistemas tipológicos, tales como, la clasificación de conspiraciones, funda­mentada en diversos criterios7, o la de tipos de Estado con arreglo a la manera de acceder al po­der, o de acuerdo a las tendencias a expandir la corrupción o la virtú8 en el estado. También en­contramos clasificaciones sobre el origen de las constituciones: aquellas basadas en un solo legis­lador, o las desarrolladas en el transcurso de la experiencia de actores con experiencia.

La importancia de este énfasis en la clasificación, en la que subyace su empirismo, pero también un método genérico de investigación, radica en que él tomó conciencia de que la forma del Estado Nacional, que reclamaba la burguesía en ascenso, debía ser adecuada a las condiciones peculiares de una sociedad. En otras palabras, si bien el florentino tenía claras preferencias —teóricas e ideológicas—, por la combinación de los «tres elementos o poderes», se rindió ante la evidencia de una Italia que, para emerger como un estado y país unificado en las condiciones prevalecientes de principios del siglo XVI, solo parecía poder aceptar una monarquía constitucional. Con ello, Maquiavelo inauguraba el principio de la relatividad institucional, igualmente destacado posteriormente por otros comparatistas como Montesquieu, De Tocqueville y Bryce9: a saber, que ninguna institución puede ser estudiada, relevantemente, sin una adecuada consideración del contexto en el que aparece10.

Finalmente, me referiré a un asunto formal en toda ciencia.

Un indicio del intento de manejar científica­mente el discurso en una disciplina, está dado por la utilización de términos de manera consis­tente, a los que se les otorga el mismo significado cada vez que se los emplea. En cierta forma, se los estaría definiendo en los varios niveles de su discurso constituyente. Esta empresa es, particu­larmente, compleja en la ciencia política.

Pero, tal como ocurre en otras disciplinas cien­tíficas, también en ella nos familiarizamos con los diversos intentos por descubrir si algunos térmi­nos, tales como «libertad», pueden ser usados para definir o clasificar a los Estados, gobiernos y sociedades, o si podemos o no referirnos a las sociedades políticas, calificándolas de «libres» o «no libres», «pluralistas» o «monistas», y así por el estilo. J. Bronowski afirma que el «lenguaje del grupo es la divisa de su unidad. Todo conjunto de seres humanos que requieran vivir o trabajar jun­tos debe producir un lenguaje para ello, si sus re­laciones sociales han de ser sólidas. Cada escuela tiene su propia jerga… Por supuesto, el propósito del lenguaje es convenir con otros cómo actuar en el mundo»11.

Considero que, en Maquiavelo, existió el pri­mer intento serio por valerse de un léxico político con un sentido sistemático. Coincido con Fede­rico Chabod cuando señala que el florentino tra­zó paralelismos entre el mundo de la naturaleza física y los incidentes de la naturaleza humana, y que, al hacerlo así, pidió prestado «del lengua­je de las ciencias médicas y naturales términos o imágenes que aplica a los eventos políticos o a la vida de la comunidad»12. Por cierto, en su obra se encuentran vocablos, expresiones y términos extraidos de la medicina, la física y usados en Los Discursos.

Ocasionalmente también define las palabras para alcanzar una claridad conceptual. En Los Discursos señala que «para explicar más clara­mente lo que deseo decir con el término ‘caba­lleros’ (miembros de la nobleza), afirmo que son caballeros aquellos que viven ociosos con los ré­ditos de sus extensas posesiones, sin dedicarse ellos mismos a la agricultura o a cualquier otra empresa útil para ganarse la vida»13. Y así, con esa connotación exacta, emplea el término en toda esa obra. Otras muestras las establece con los términos libertad, legitimidad, corrupción, alian­za, ilegitimidad, multitud, prejuicio, populacho, que, en su momento define14.

Se ha subrayado que Maquiavelo otorgó mu­cho miramiento a conceptos tales como pueblo, multitud, y populacho, aunque en El Príncipe no re­parara sobre ese repertorio. Escudriñado el asun­to, puedo afirmar que el florentino usó, el término «pueblo» y «plebe» como términos intercambia­bles, pero cuando empleó la palabra «multitud» y «populacho», se refirió a quienes causaban la degeneración de una democracia plebiscitaria. Según Burham, «Maquiavelo usó las palabras del lenguaje en una manera cognitiva, científica. Así, cuando él está incitando a sus lectores a la acción, el utiliza vocablos no para expresar sus emocio­nes o actitudes, sino de tal modo que sus signi­ficados puedan probarse, consigan entenderse en términos del mundo real. Siempre sabemos de lo que hablamos. Este que es un requisito de todo discurso científico, es en la discusión políti­ca y social, un logro de primerísimo rango»15. En realidad, podemos encontrar ese intento. No obs­tante, en términos más globales, sus afirmacio­nes pueden clasificarse en: fácticas (o afirmacio­nes de existencia de tal o cual asunto o cosa que pueden resultar falsas o correctas), normativas, (o afirmaciones relativas a valores superiores), y, prescriptivas, (o afirmaciones que combinan las dos anteriores). Si los argumentos de uno se basaran totalmente en afirmaciones normativas, resultaría obvio que uno no podría hablar cientí­ficamente, o reclamar que asesorase políticamen­te en base al estudio objetivo de los fenómenos. Sería necesario que las afirmaciones reflejasen las observaciones hechas, o que indiquen su relación segura con el análisis histórico de los hechos. Ma­quiavelo intentó transitar por este último camino, pero algunas conceptualizaciones de la política le crearon serias tensiones a su propio esquema.

Para entender mejor el alcance de este dilema debemos mirar las exigencias que en su momen­to, volvieron tan atractivas algunas de sus ideas para la nueva élite. El riesgo de no hacerlo nos ha­ría caer en la caracterización del florentino como «el teórico político del ‘hombre mostrenco’». 16


El texto pertenece completamente a un capítulo correspondiente al libro Una lectura latinoamericana de Nicolás Maquiavelo del Dr. Rafael Quintero López, a quien agradecemos su cortesía.

[2] A los 25 años fue nombrado secretario de la Segunda Cancillería de la República de Florencia, el mismo año en que Carlos III, de Francia, invadió Italia. En estas circunstancias, le tocó realizar varias misiones diplomáticas cruciales en otros estados italianos y en países extranjeros, Francia, Alemania, conociendo y observando a fondo la actividad política de muchos personajes con poder, con los cuales, incluso trató personalmente.

[3] Ver El Príncipe, capítulo XIV. El subrayado es mío. 

[4] Ver Los Discursos, libro primero, «Introducción».

[5] El subrayado es nuestro. Nótese que con esta clasificación de Maquiavelo, no se echa al traste la clasificación clásica. Será Montesquieu quien la modifique definitivamente. Ver nota 62 sobre la clasificación de de los estados.  

[6] En Los Discursos y en El Príncipe, Maquiavelo presen­tó una clasificación doble de los «estados» basada en el número de quienes gobiernan. Partiendo de los ti­pos polares (monárquico y republicano) tendríamos:

La Monarquía (subclasificada)

Limitada

Despótica

Tiránica

La República (subclasificada)

De masas

Balanceada: aristocrática, democrática

Formas Inestables

Oligarquía

Monarquía plebiscitaria

A las monarquías o principados los divide a su vez en las siguientes formas:

                I Hereditarias

                II Mixtas: que incluyen dominios hereditarios y otros ganados en guerra

                III Nuevos:

1.Principados civiles

                a. Ganados por habilidad personal y tropas y armas criollas

                                b. Ganados por FORTUNA Y FUERZAS de otros

                                c. Ganados por medio del crimen

                                d. Ganados por el favoritismo de sus conciudadanos

2.El Papado

Es decir que clasificó a los estados de acuerdo a la mane­ra en que el poder se había adquirido, de acuerdo a sus tendencias de expansión o preservación, con arreglo a su corrupción o «VIRTÚ», o de acuerdo a si la constitución se originó con un solo legislador o se desarrolló a través del tiempo y con experiencia. 

[7] L. A. Burds, ed. II Príncipe (Oxford), 1891), la intro­ducción de Lord Acton contiene el tratamiento más exhaustivo del uso de tipologías en las obras de N. Maquiavelo. A propósito de su tipología sobre las conspiraciones, Maquiavelo desarrolló la primera teoría sobre conspiraciones en Europa. Véase Wood,  1968:5055. En Los Discursos discute las conspiraciones de tiempos antiguos y modernos desde el tiem­po de los tiranos griegos y las clasifica de acuerdo a varios planes y resultados. Vale aquí una adverten­cia sobre el término «tipología» que hemos emplea­do y que podría sugerir peligrosamente la creación de modelos abstractos, metafísicos de «tipos idea­les» por parte de Maquiavelo. Peor aún si sugiere que Maquiavelo estudia la política por medio de «tipologías» en la acepción que desde Weber se da ese término en la sociología. Si él hubiera estudia­do la política por «tipologías» en la acepción webe­riana habría propuesto uno de los variados tipos de gobiernos estudiados. Pero Maquiavelo propone un príncipe que no estaba contenido en ninguno de los tipos de gobiernos por él clasificados. Quede claro entonces que usamos el término tipología intercam­biablemente con clasificación. 

[8] No existe equivalente castellano de ese término, pues, como Maquiavelo lo usa, el vocablo incluye, en su significado, una combinación de lo que llamamos «arrojo», «ambición», «energía» y «brío». Es una suerte suprema de voluntad de poder. Según Maquiavelo, el gobernante-tipo tiene esa característica.

[9] El lector podrá examinar el aporte de Robert G. Mc Closkey sobre James Bryce a este respecto en la International Encyclopedia of the Social Sciences, edición de 1968, pp. 158-61. Existe ya una traducción al castellano de ese voluminoso compendio de obras. 

[10] Véase el excelente artículo de Lesly Wolf Phillips, «Metapolitica», en Political Studies, 1964.

[11] Citado por Madge, 1965, p. 134.  

[12] Op. cit., p. 134.

[13] Op. cit., capítulo LV, p. 255.  

[14] Op. cit., pp. 38, 249-250, 251, 263. También usó términos prestados de la medicina. Véase Sabine, 1963, p. 343.  

[15] Burnham, 1943 (tn).

[16] George Sabine literalmente lo llama «the political theorist of the ‘masterless man’», en Sabine, 1963, p. 338.  

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