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Decenas de venezolanos viven en las calles de Cúcuta

La ola migratoria de venezolanos hacia el Norte de Santander se ha elevado en los últimos meses. La Fundación Venezolanos en Cúcuta estima que unos 90 mil ciudadanos se encuentran en esta zona de Colombia, la mayoría de ellos viviendo en precarias condiciones con tal de reunir unos cuantos pesos para enviar a sus familias.

  • LAURA SOBRAL

01 de diciembre de 2017 18:45 PM

Actualizado el 04 de diciembre de 2017 18:48 PM

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Según datos de Migración Colombia, cada día más de 30 mil personas cruzan la frontera para quedarse en el hermano país

La Alcaldía de Cúcuta ha prohibido la entrega de comida en las calles a venezolanos, por considerar que esta práctica representa un problema de salud pública

San Cristóbal.- Durante el día el trabajo es “en lo que salga”. Algunos venden café, otros se ganan unos cuantos pesos en albañilería, también hay quienes cantan en restaurantes y recogen propina, los más jóvenes se suben en el transporte público a ofrecer chucherías con el discurso “vengo de Venezuela porque mi familia está pasando hambre”. Pero su realidad se da cuando cae la noche y ocupan plazas y parques con colchones, hamacas y hasta cartones, donde intentan descansar unas horas mientras la policía los persigue; así centenares de venezolanos están prácticamente en la indigencia.

El equipo de El Universal estuvo en Cúcuta, Norte de Santander, departamento de Colombia que colinda con el estado Táchira, para observar la situación de los venezolanos en esta zona. Según datos de la Fundación Venezolanos en Cúcuta, unos 90 mil ciudadanos de la patria de Bolívar se han movilizado hacia la ciudad fronteriza para trabajar, ganarse unos pesos y enviarle dinero a sus familiares, en distintos estados de Venezuela.

En la localidad conocida como La Parada, sector del Norte de Santander que se ubica al pasar el Puente Internacional Simón Bolívar se vive en una “pequeña Caracas”, ya que al pisar suelo colombiano las personas se sienten como si estuvieran en la capital venezolana. En el conversar abunda el acento típico del caraqueño; allí la labor también es diversa: unos hacen de carretilleros, maleteros, y otros ya han aprendido a ejercer trabajos ilícitos.

Los comerciantes legales en La Parada, que prefieren no ser identificados por miedo a ser atacados, no dudan en quejarse de la situación: “hay unos que quieren trabajar, pero sin duda también hay muchos que roban, se comportan muy mal, y los que duermen en la calle ahí mismo hacen sus necesidades y dejan todo sucio. Nos ha afectado mucho esta oleada de venezolanos que ha llegado”.

La plaza El Indio, la Central de Transporte (terminal de pasajeros), la plaza Santander, entre otros espacios son tomados todas las noches por centenares de venezolanos. Llegan y en unos pocos metros ponen una colchoneta, ubican donde colgar la ropa que lavan en baños que les alquilan por minutos para que puedan hacer su higiene personal y se acuestan a dormir. Esta situación evidentemente no es agradable para las autoridades del vecino país quienes intentan desalojarlos de los lugares públicos.

Esta escena se repite del lado venezolano. La plaza Bolívar de San Antonio del Táchira y algunos pequeños parques, son abarrotados de ciudadanos provenientes de todo el país, los jardines se convierten en tendederos de ropa cada noche y hacen fogones improvisados con leña o tocan la puerta de las viviendas para pedir que les cocinen un kilo de pasta o un par de arepas.

Eduardo Espinel, representante de la Fundación Venezolanos en Cúcuta, llevó al equipo de prensa hasta el terminal terrestre, se subió en una escalera y comenzó a ondear una gran bandera de Venezuela; en segundos más de 200 personas se acercaron, eran venezolanos dispuestos a escuchar y a contar sus historias.

Solidaridad sin frontera

Espinel narró la labor que han hecho para ayudar a sus compatriotas: “nos organizamos y a diario vamos a las plazas a repartirles comida, cada noche entregamos alrededor de 800 platos de comida, es lo menos que podemos hacer por esa gente que está viviendo en la calle”.

Junto a Eduardo otros venezolanos propietarios de distintas empresas en el Norte de Santander colaboran, pero también ciudadanos colombianos se han sumado a la causa, crearon una Bolsa Trabajo, recogen currículos de quienes están en las calles y tratan de ubicarles un empleo para que, al menos, paguen una pensión donde dormir dignamente, además de darles alimentación, ropa usada, artículos de aseo personal, entre otros insumos mínimos.

La Alcaldía de Cúcuta ha prohibido la entrega de comida en las calles a venezolanos, por considerar que esta práctica representa un problema de salud pública; sin embargo, la Diócesis de Cúcuta ha creado especies de albergues, donde también otorgan más de mil platos de comida al día. Hombres, mujeres y niños acuden desesperados a recibir el aporte.

El rostro del hambre

En la calle anterior al Terminal de Cúcuta en cada esquina hay jóvenes venezolanas que se han dedicado a la prostitución. Es la historia de Elena (nombre cambiado a petición), de apenas 19 años de edad; su familia cree que está trabajando de doméstica, pero en realidad cada noche ofrece sus servicios sexuales para ganarse la vida y enviar dinero a su mamá en Maracaibo.

René Cáceres Valbuena, es de San Cristóbal, tiene 34 años de edad y se fue a Cúcuta a trabajar de albañil. “Vengo a ganarme la vida aquí porque en Venezuela ganaba 150 mil bolívares y eso no me alcanzaba para nada. Todos los días le pido a Dios que me mantenga con empleo aquí para poder comprarle las cosas a mis hijos, comida, ropa. Es duro, pero no tengo otra opción".

Cristian Alberto González Carreño, de 21 años de edad, también accedió a contar su historia: “Yo me vine a Colombia para encontrar oportunidades, porque en Venezuela estamos en una crisis económica muy grave. Vengo a hacer cualquier tipo de trabajo que me permita ganarme unos pesos. Yo solo soy bachiller y en Puerto Cabello trabajaba de pasillero en un supermercado pero la plata no me alcanzaba. Allá tengo a mi mamá, a mi tía, a mi hija y me estoy sacrificando por ellas”.

Guillermo tiene 16 años de edad, estudia quinto año de secundaria en San Antonio del Táchira donde vive con su abuela, y su mamá se quedó en Petare. Apenas abren el paso fronterizo pasa con su carretilla y empieza a cazar clientes: "me gano 4 mil pesos por cargarle el mercado o las maletas a alguien, al día hago alrededor de 40 mil pesos", eso al cambio es 570 mil bolívares, con eso ayuda a su familia en Venezuela.

Cruzar la frontera

Para pasar de Táchira al Norte de Santander -frontera cerrada por el Gobierno Nacional hace dos años y medio, y que solo tiene paso peatonal entre las 6 de la mañana y las 8 de la noche-, las personas deben caminar por el Puente Internacional Simón Bolívar, en San Antonio del Táchira; o por el puente Francisco de Paula Santander, por la población de Pedro María Ureña. Ahí deben presentar su cédula de identidad más el Registro de Migración Fronterizo que se obtiene llenando una planilla en la página web de Migración Colombia.

También se puede cruzar  la frontera con el pasaporte debidamente sellado en la oficina del Saime a la entrada del puente, y luego sellar la entrada en Migración Colombia. La mayoría va a tomar autobuses para dirigirse a Ecuador, Perú, y otros destinos de América del Sur; con mejores condiciones, otros se movilizan vía aérea, ya que los boletos suelen ser más económicos que los adquiridos para salir de Venezuela por el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía.

Según los registros que lleva Migración Colombia, cada día más de 30 mil personas cruzan la frontera, para quedarse en el hermano país, para continuar su camino hacia otra nación, o para adquirir medicamentos y alimentos del otro lado del río Táchira.

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