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ENTREVISTA NINA NOVAK, BAILARINA CLÁSICA

La guerra se gana bailando

"No beber, no fumar, comer bien, poco hablar y mucho pensar. Ese es el régimen del ballet", dice la bailarina de origen polaco que desde hace 52 años reside en Venezuela

  • INDIRA ROJAS

30 de agosto de 2015 11:34 AM

Confiesa que le gustan más las faldas. No explica por qué, pero hoy lleva pantalones y se niega a que le retraten vestida así, como si las faldas fueran parte de su identidad. Las vaporosas y con flecos son sus favoritas, un remanente de su infancia en la Ópera de Varsovia convertido en hábito. En aquellos años, la década de los 30, sus profesores de ballet clásico le pedían asistir de punta en blanco, con sombrero y demás.

Desde los ocho años, Nina Novak se ha dedicado a la danza. Extraerla de ese mundo, adherido a su forma de vestir, caminar, sentarse y hablar, es imposible. La Segunda Guerra Mundial lo intentó, pero su empeño en despojarla de su compromiso fue una labor inútil.

El bombardeo alemán a su natal Varsovia, el 1 de septiembre de 1939, la sorprendió en una práctica en el teatro. Casi pierde la vida. Los ataques continuaron, pero cuando tenía oportunidad asistía a las clases del maestro León Wójcikowski. No fue hasta su traslado al campo de concentración de Jena, en Turingia (Alemania), cuando dejó de bailar. Sin embargo, su encuentro cara a cara con la Guerra fue, al sol de hoy, una sombría interrupción que se llevó su juventud pero no su pasión por el ballet.

-Yo tenía que atender a mi familia junto con mi carrera artística, yo tenía doble función. Lo que ganaba como bailarina, (ya viviendo en Estados Unidos desde 1945) iba para Polonia. Los rusos estaban en mi país y la vida era muy dura. Me pagaban de forma decente, y cuando comencé a ser la primera bailarina del Ballet Ruso de Montecarlo, en Nueva York, mi sueldo aumentó. Tenía trabajo en la televisión, y mucha exposición en los periódicos. Eso me daba mucha entrada. Además, tuve suerte por mi aspecto físico, siempre me mantuve bien.

-Durante la Guerra, ¿no pensó que debería dejar de bailar para siempre?

-¿Pensar en bailar? Yo pensaba si iba a vivir o a morir. Yo creía que iba a morir, y también mi hermana Kazimiera que estaba conmigo en el campo.

-¿Cómo logró salir de allí?

-Yo ya era conocida como bailarina y eso me salvó la vida. Nos permitieron escribir una vez al mes una nota y yo pensaba ¿a quién escribir? Recordé que una bailarina, Zizi Halama, estaba casada con un médico que tenía una clínica en Krakovia, que recibía alemanes heridos de Rusia. Yo le escribí que estaba en Alemania, y que si permanecía más tiempo no creía que iba sobrevivir. En tres semanas me dijeron que estaba libre.

Novak era una adolescente de 16 años cuando enfrentó la incertidumbre de la muerte. Habla de los horrores sin mirar a los ojos, con la vista posada en el techo de su sala, pero la voz mantiene la compostura, al igual que su cuerpo y sus expresiones. El cansancio mina cualquier alma de 88 años, pero para este espíritu polaco es justamente el largo correr del tiempo lo que le fortalece.

-A su edad y dada sus vivencias, ¿no está agotada?

-Dios ha sido generoso conmigo, y el éxito que yo he tenido desde niña en mi profesión me da mucha vida y mucho ánimo. Me gusta formar de manera estricta, ¡yo soy maestra para temer!, y después ver brillar a mis alumnos. Todos los venezolanos que yo he tenido han triunfado. Algunos están en Alemania, Estados Unidos, Portugal. Tienen sus propias escuelas y enseñan mi método.

Su sistema incluye desde un calentamiento especial hasta la orden estricta de estar siempre bien arreglado, no masticar chicle en clase, evitar la cháchara y, ajustándose a los nuevos tiempos, guardar celulares y otras tecnologías que perturben la concentración.

-Es un arte muy sacrificado, especialmente para la mujer. Debe mantener su cuerpo, su salud. No beber, no fumar, comer bien, y poco hablar y mucho pensar. Ese es el régimen del ballet clásico. Eliminar que un venezolano hable es imposible, pero yo puedo dominarlo, ¡a veces solo con la mirada!

Hogar, Venezuela

El 14 de agosto, la Escuela de Ballet Nina Novak recibió el Premio Municipal a la Mejor Agrupación de Ballet Clásico 2015, una prueba además del aporte cultural de los extranjeros que hacen vida en el país.

En su discurso, precisó lo que desea para que el arte al que le ha dedicado su vida prospere.

-Atender la escenografía, a los músicos también es importante, el ballet es más que ver niñas bailar. Uno no vive solamente del pan, que es necesario y no debería de faltar. Necesitamos algo bello para la vista y para el espíritu. Eso debe estar atendido, si no lo hace el Gobierno debe hacerlo lo privado. Mi Polonia estaba destruida por completo, ¿y qué fue lo primero que hicieron? Reconstruir igual, incluso más grande, a la Ópera. El público me escuchó en el teatro y me ovacionó, fue una grata sorpresa porque comprendieron lo que significa el ballet clásico y lo que me gustaría para que florezca en Venezuela.

Con 52 años en el país, confiesa que nunca pensó que se radicaría aquí por tanto tiempo aunque desde su primera visita, en 1952, quedó encantada. No fue fácil mantener una compañía dedicada al ballet clásico, pues, señala, en la década de los 60 y 70 los estilos modernos robaron la atención de las instituciones culturales.

-Pero se dieron cuenta de que lo moderno es novedad, pero no arte. El clásico se mejora, pero no cambia (...) El ballet clásico no estaba bien protegido, bien cultivado, bien atendido, y ahora está en crisis. Si no tiene apoyo estatal ni apoyo privado, ¿cómo puede sostenerse el arte? Necesita mucha promoción. Y hay muchos talentos en Venezuela con ganas de estudiar.

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