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Venezuela y sus pagos

  • DAVID UZCÁTEGUI

10 de noviembre de 2017 05:02 AM

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Venezuela y sus pagos

Los mercados financieros internacionales han volcado su atención sobre nuestro país esta semana, al conocerse la orden del Ejecutivo nacional de reestructurar masivamente la deuda. 

El hecho de pensar en una reestructuración –y de pretender realmente ejecutarla– indica que la actual administración necesita otros términos de pago para sus compromisos y que, por lo tanto, no le resultan manejables los actuales.

Como suele suceder con quienes hoy manejan el país, todo este asunto no deja de tener un lado opaco, que se llena con suposiciones al carecerse de certezas. Circunstancia que, por cierto, hace más daño aún que la peor de las realidades, al dejar flotando en el aire un halo de desconfianza.

Al momento de escribir estas líneas, según el periódico El Nuevo Herald, “los mercados aún se preguntaban exactamente qué se dispone a hacer el régimen ante las pobres perspectivas de negociar exitosamente un reordenamiento voluntario de su deuda”. Una afirmación que corrobora nuestra percepción sobre la incertidumbre que proyectamos hacia quienes nos observan.

La publicación mencionada, agrega que, desde Gran Bretaña, la firma Exotix Capital advirtió que es poco probable que el país pueda llegar a un acuerdo de renegociación de deuda con la mayoría de los tenedores de bonos, especialmente “porque no hay un compromiso verificable para la aplicación de políticas económicas mejores y sostenibles”.

Es decir, todo este episodio transcurre con un trasfondo mil veces analizado, de manejo errado de la economía; que no solamente nos lleva hasta la adversa situación que hoy enfrentamos, sino que, de seguir adelante, imposibilita la solución para este panorama tan complejo y nos conduce hacia senderos aún más oscuros.

La deuda externa venezolana está estimada en unos 150 mil millones de dólares, según fuentes de Wall Street. Esto, sin contar las deudas comerciales con proveedores, socios y contratistas; amén de los compromisos con Rusia y China.

Estos últimos tienen un componente político contaminando el asunto netamente financiero. Sin embargo, habrá que ver hasta qué punto lo monetario puede quedar disculpado si se ponen de por medio las afinidades de pensamiento. ¿Serán los rusos y los chinos la caballería que llegue a salvar la situación? ¿O pesará más –como muchos creen– el vil metal?

Por supuesto, a nadie conviene el incumplimiento, y menos aún al gobierno. Obviamente, el renegado “capitalismo salvaje” pasa por cumplir las obligaciones económicas y mantener la solvencia para conseguir acceso a nuevos recursos.

Y en eso, el autodenominado gobierno revolucionario ha sido sumamente cuidadoso hasta el sol de hoy, especialmente por aquello de tener siempre la posibilidad de solicitar más. 

Por ello, inquieta que esta dirigencia, que despotrica de la boca para afuera mientras hace lo imposible por cumplir en la práctica, nos tenga al día de hoy en esta zona gris.

Hablar de reestructuración de la deuda implica emisión de una nueva deuda, para lo cual son revisadas las credenciales del deudor. Ni más ni menos que como hacen los bancos con usted y conmigo, cuando vamos a comprar una casa o un carro. Y a la luz de todo lo enumerado anteriormente, no estamos en condiciones de negociar ventajosamente un nuevo trato.

¿Salir de este atasco? Sí, es posible. Pero el margen de maniobra es cada vez menor y tendría que pasar por ineludibles decisiones radicales, como un giro de 180 grados en la política económica, un golpe de timón que nos lleve en la dirección contraria al precipicio que hoy enfrentamos. 

Es muy duro reconocer un error. Es más duro reconocer muchos. Y peor aún si han sido continuados. Pero es la única salida.

El fardo de equivocaciones que se ha ido alimentando durante casi veinte años se hace cada vez más pesado. Y entre todas ellas quizá la que más pesa es la terca y nociva negativa a rectificar, la inconcebible insistencia en seguir errando. 

La cosa es que hemos avanzado tanto en el disparate, que ya no basta una nueva declaración de principios, un “propósito de enmienda”, como enseñan las clases de catecismo.

Ya se trata de hechos, es la única manera de recuperar credibilidad. Y de trabajo. De trabajo en la dirección correcta, para más señas. Que no es otra que la de la actividad comprobadamente productiva. 

Se insiste en el lugar común de que somos un país rico, pero no actuamos como tal. Y es que, en realidad lo somos y todos lo sabemos. Pero estamos pésimamente administrados.

Decía el multimillonario Nelson Rockefeller que el mejor negocio del mundo era una petrolera bien administrada, y que el segundo mejor era una petrolera mal administrada.

Supongamos entonces, que Pdvsa es –aún hoy en día– el tercer mejor negocio del mundo.

duzcategui06@gmail.com 

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