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La posverdad catalana

  • RAFAEL DEL NARANCO

11 de noviembre de 2017 05:02 AM

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La posverdad catalana

Lo que está sucediendo actualmente en Cataluña es un esperpento denigrante, una parodia malévola y una actuación cicatera basada en un independentismo caduco, barriobajero e irracional.

La España democrática no se merecía ese golpe sicalíptico cuando el país catalán es una comunidad que goza de total libertad política en la actual Europa. Exhiben hasta “embajadas” en los países de la UE, dedicadas a fabricar falaces historias, entre ellas el uso de un eslogan permanente: “España nos roba”, una de sus falsificaciones elevada a la más encumbrada paranoia.

Otras de “sus exactitudes” que han pregonado hasta la saciedad, se centra en la Resolución 1.514 de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 14 de diciembre de 1960, cuyo primer párrafo, -del que se agarran los catalanes separatistas como tabla de salvación-, habla de “la independencia a los países y pueblos coloniales que persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural”.

¡Ay!, falta en busilis: se olvidan intencionadamente de las siguientes líneas: “Todo intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas.”

Nada es más axiomático que una sociedad humana fabricando su propia versión de la historia, la cual suele estar muy alejada de la veracidad. Un pedazo de Cataluña no se salva de ello cuando amplía su avidez de ir más allá  al intentar instaurar lo que se denominan los Países Catalanes.

Esta retahíla afanada cual un cuento infantil, está alejada de la veracidad fidedigna al saber que cada historiador, dependiendo del bando en que se halle, ubica sus convenientes melomanías sobre el pentagrama de intrínsecas efusiones políticas, y en el caso de la emancipación del Condado de Cataluña, tras el tinglado derivado del matrimonio entre Ramón Berenguer y Petronila.

Los segregacionistas catalanes a recuento de sus propios partidos políticos y una España profundamente democrática, nunca han tenido tanta amplitud de derechos, siendo una canallada expresar que son hostigados y que el gobierno central es una dictadura. Esto se llama cinismo envuelto en el más indecente sarcasmo. 

Al presente no solo anhelan  la completa emancipación de Cataluña, sino que aspiran al territorio que denominan Países Catalanes. Ello abarca el Rosellón y la isla de Cerdeña; una parte de Aragón, la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares, el Valle de Arán y el Principado de Andorra y, por si poco fuera, la sarda ciudad de Alguer, a la que llaman la “Barceloneta” italiana. Sin duda una guará o guacamayo de colores en el acreditado paño catalán.

No hay  el menor titubeo: la política es más complicada que el ajedrez utilizándolo en sentido de la brisca, estos naipes que se juegan con la baraja pueblerina y el sentido común, la picardía y muchos años moviendo cartas mientras enseñan la forma de no dejarse engañar. En esa circunstancia está actualmente España con respecto a Cataluña, encontrándose la salvedad de que ese movimiento de sotas, caballos, espadas y bastos independentistas se encuentra tejido en los insurrectos sobre falsedades canallescas.

En los últimos años -a partir de la llegada de la democracia- el gobierno español ha sido opaco, ciego y un poco lelo. Los gobernantes no tenían que hacer en demasía, meramente cumplir la Carta Magna que la nación, bajo la cobija de los diversos partidos representados en las Cortes, avalaron, incluidos los votantes catalanes, con mayoría absoluta.

Ahora el caballo del desmadre independentista  se sentó sobre el jinete y así van la cosas. Mejor dicho, no van. El artículo 155, desempolvado para cortar de cuajo las enajenaciones demenciales del huido Carles Puigdemont -un episodio de lamentable cobardía- era de obligante cumplimiento sacarlo del baúl en que se hallaba y, aún así, regresó envuelto en una incomprensión que España no se merecería y el pueblo catalán nunca.

Un comentarista español pedía, llegados a este punto, no ser ociosos y subrayaba que los separatistas insisten  en ver el mundo al revés: “hablan de las “amenazas” que sufren por parte del Estado y aseguran que se les trata de “infundir miedo”, cuando son ellos quienes intimidan a los tribunales y a las instituciones del Estado de Derecho” agitando el conflicto en la calle.

Esto nos lleva a rotular que los independentistas son una maquinaria    con una considerable capacidad de lanzar bulos a granel y  falsear con descaro a sabiendas de que una mentira repetida mil veces se convierte infaustamente en posverdad, un epicentro demencial en que las quimeras pueden sobrevivir como peces  en el agua.

Desaparecido el sentido común y abusando de las libertades de un Estado democrático, los insumisos son una máquina de fermentar falsedades  apoyadas  en medias verdades.

rnaranco@hotmail.com

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