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Las cuentas pendientes

  • RICARDO GIL OTAIZA

21 de abril de 2016 05:00 AM

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Las cuentas pendientes

Las crisis se narran de distintas maneras y dependiendo de quiénes lo hagan se asumen o no sus saldos de tragedia. El crac financiero español del 2008 dejó tras de sí a mucha gente colgando en el vacío, hasta el punto de perderse en un momento todo lo que había constituido el patrimonio familiar: hogares arruinados, embargos por doquier, hipotecas ejecutadas, padres e hijos echados a la calle sin más alicientes que la certeza de tener que comenzar de nuevo. Afortunadamente, hoy todo aquello no es más que un trago amargo en visión retrospectiva para muchos, aunque algunos aún sigan anclados a los ditirambos de unas secuelas dinerarias y morales que no terminan por decir adiós.
Para Gastón Segura (Villena, 1961) toda esta amalgama de experiencias, (producto del caos financiero vivido), constituye el caldo de cultivo de un interesante texto novelesco (novela negra, la define él) a la que ha titulado Las cuentas pendientes (Drácena Ediciones, 2015), que termino de leer. Se trata de una historia compleja y envolvente, ambientada en la España de finales de la década pasada, cuyo punto de partida lo constituye la inesperada muerte de Raquel, acaecida en extrañas circunstancias, lo que echa a andar una narración que no da tregua ni respiro a la hora de contar en segunda persona los intríngulis de toda una red de hechos, simulaciones e imposturas, que nos llevan a través de un laberinto que pareciera insoluble de entrada. Por fortuna, inserta el narrador la voz un tanto oblicua de Ernesto (eje de la trama), quien tendrá que dar cuenta a la justicia y a su propia conciencia el haber abandonado a Raquel en los lejanos tiempos de la juventud, dejando así su destino al arbitrio de un cúmulo de fuerzas que pugnan por esclarecer su triste desenlace, en medio de las más oscuras y abyectas pasiones.
Acierta Segura en el tono narrativo, que no decae un ápice en medio de una tensión creciente, que impele en todo momento al lector a pasar páginas en busca de la verdad de los hechos. El estilo autoral es ágil, fresco, no exento de humor, que hilvana con buen oficio la noción del tiempo y del espacio, sin  que esto se erija en obstáculo alguno para la comprensión lineal de lo narrado. Sin pretenderlo nos hacemos cómplices del Ernesto, en medio de la nada que constituye el tinglado de una novela que tiene como eje precisamente el asomar sin mostrarse, para así dejar a la libre de quien se acerque a sus páginas el que se oteen posibles desenlaces. De igual modo, quienes vivimos en medio de crisis y más crisis vamos orquestando a lo interno subjetividades, que se hacen adjetivas (y objetivas) en la medida en que nos acercamos al final del texto, y podemos ir corroborando certezas y probabilidades (sin que esto constituya una ruleta rusa), hasta caer rendidos en medio de un caos que de pronto se erige en un nuevo orden. Ergo, el hecho literario.
Asombra –eso sí– la autarquía presente en estas páginas, que no ceden un instante a la consumación precipitada de la trama, sin que se tenga como premisa fundante su carácter ficcional; aunque paradójicamente veamos por doquier los resquicios propios de una realidad aún presente en medio de nuestras vidas, que nos laceran los sentidos, y que de pronto tuercen con fuerza un destino de antemano merecido; tal vez ganado. Las cuentas pendientes de Ernesto no son otras que esos íncubos y súcubos que le recuerdan al oído su abandono: bien para consolarlo, o para recriminarle que se tiene bien ganadas las consecuencias de sus pérfidas actuaciones. El “héroe” de esta novela reconoce su fracaso, sólo que lo hace en la última línea y ya no hay tiempo para recriminaciones.
@GilOtaiza
rigilo99@hotmail.com

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