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Kaizen

  • LINDA D' AMBROSIO

20 de marzo de 2017 05:01 AM

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Aunque probados están los beneficios que diversas actividades lúdicas aportan a la salud mental, siempre he percibido el esfuerzo empleado en ciertos pasatiempos como un desperdicio innegable de neuronas. ¿Por qué invertir preciosos y limitados recursos en resolver problemas hipotéticos, cuando se pueden emplear para resolver problemas reales con el mismo sentido estratégico? Después de todo, el éxito se traduciría en una mejora de nuestra vida real.

No. No soy una amargada. Creo en el ocio y el disfrute, y defiendo los momentos reservados al placer. Pero ya siendo niña me impresionaba la imagen de mi padre concentrado en silencio frente a un tablero de ajedrez por una cantidad de tiempo impredecible.

Otra actividad que me asombra, cuyas bondades nadie discute, es el sudoku. Su nombre proviene de la expresión Suji wa dokushin ni kagiru, que en japonés significa “los números deben estar solos”, empleada en referencia a que, en este acertijo, no debe repetirse ningún número en la misma línea. La frase más tarde fue abreviada como Sudoku (= número, doku = solo). Pero, a pesar de su nombre, la creación de este rompecabezas se atribuye al matemático suizo Leonhard Euler.

En la línea de aplicar nuestros esfuerzos a la solución de problemas reales, y tras la iniquidad de popularizar los sudokus, los nipones se han redimido ante mis ojos gracias a la filosofía kaizen, una forma de gestión de calidad propuesta por Masaaki Imai que aboga por la idea de que una serie de mejoras continuas y pequeñas es más factible que un solo cambio grande.

La filosofía Kaizen propone un sencillo método para combatir la procrastinación: que la persona ejecute una determinada tarea cada día, a la misma hora, durante un minuto.

Un minuto es muy poco tiempo, y ello implica que ni el cansancio, ni el desbordamiento de la agenda, ni la pereza, se interpondrán en nuestro camino hacia la meta. La empresa se vuelve llevadera en la medida en que solo debe ejecutarse durante ese lapso. La satisfacción de estar haciendo aquello que queríamos se convierte en un reforzador que nos anima a perseverar en nuestro empeño y, gradualmente, se aumenta el tiempo que se dedica diariamente a esta actividad, pero solo cuando que se haya creado el hábito.

No suena mal. Y los otros 29 minutos, para hacer sudokus.

linda.dambrosiom@gmail.com

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