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Mi hijo el emigrante

  • REINALDO ROJAS

01 de enero de 2018 05:02 AM

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Mi hijo el emigrante

Comienza un nuevo año y es costumbre planificar lo que haremos en el futuro inmediato. Regidos por el tiempo del calendario, el Año Nuevo es, para muchos, una nueva oportunidad para empezar. Revisamos lo que hemos hecho, hacemos balance y orientamos nuestras aspiraciones hacia ese futuro.

Venezuela vive momentos de cambio profundo en su ser como comunidad nacional. La palabra crisis ha tomado cuerpo nuevamente para expresar un sentimiento de inquietud y hasta temor por lo que viene sucediendo en un país rico en recursos naturales y humanos, pero con una población cada día más empobrecida. Los indicadores económicos y sociales están a la vista. Y como reza el dicho popular, lo que está a la vista no necesita anteojos.

Uno de esos indicadores es la emigración de venezolanos al exterior. Sobre este mismo tema escribimos en este medio a inicios del año pasado. En aquella oportunidad nos preguntábamos: ¿dónde están los jóvenes?, porque en aquel momento llamaba poderosamente la atención que Venezuela, después de haber alcanzado la más alta matrícula estudiantil universitaria del continente, en menos de diez años aquel panorama había cambiado drásticamente. Hoy, las aulas universitarias están cada vez más vacías y la respuesta está en ese creciente, silencioso y continuo flujo migratorio de jóvenes que han tomado la decisión de abandonar el país. Casi sin darnos cuenta, el país que siempre fue albergue de inmigrantes se ha transformado en expulsor de población, en creador de emigrantes.

Este fenómeno apareció tímidamente en la década de los años 90 del siglo XX, como consecuencia tardía de la crisis económica y social que nos había dejado el boom petrolero de 1973.  A la crisis económica iniciada con la devaluación del bolívar en 1983 se sumó el empobrecimiento colectivo que tuvo su símbolo en el Caracazo de 1989, hasta llegar a la insurgencia militar de 1992. En aquel contexto empezó el país a conocer el retorno de muchos inmigrantes o sus hijos a sus lugares de nacimiento. En 1996, apenas mil venezolanos se encontraban sin visa en Canadá. Hoy son millones los que viven y sobreviven en casi todo el planeta.

En Venezuela, el siglo XXI llegó, en un escenario de conflicto político profundo, con un soplo de cambios, con un nuevo pacto social constitucional y un proyecto de relegitimación de la institucionalidad democrática. Era la hora del pueblo dijo en esa oportunidad el líder de aquel proceso.

Hoy el balance es negativo. El estudio detenido del problema que confrontamos es urgente. El señalamiento de causas es fundamental para tomar decisiones. Las responsabilidades también aparecerán. Mientras tanto, por cualquier lugar de la frontera, huyen los venezolanos. ¿O cómo denominar este desangramiento ininterrumpido del cuerpo social de la Nación?

Estas navidades han sido para muchas familias venezolanas dolorosas y tristes. No sólo por los estragos del alto costo de la vida en una economía que ha entrado en los umbrales de la hiperinflación. El bolívar fuerte, sometido a una política de control de cambio desde el 2003, hoy ya no tiene poder de compra. Lo hicieron “polvo cósmico” las políticas económicas, financieras y monetarias de estos últimos quince años. Y aunque se quiso ser diferente a la denominada IV República, el nuevo boom petrolero iniciado en 2004 terminó en mayor endeudamiento del país y en un acelerado proceso de empobrecimiento de la población. Y este tema explica todo los demás. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estamos viviendo en estas críticas condiciones?

Este año que termina nos ha dejado un mensaje silencioso y continuo que nutre la conversación familiar y el comentario en cada esquina. “Me voy del país”. Mientras los dirigentes siguen desorientados, la gente común lo que piensa es cuándo se va del país. No hay familia venezolana que no haya pasado su Navidad separada por la emigración de alguno de sus hijos. Porque el que se va es el joven que habita en cualquier lugar del país y proviene de la más diversa condición social.

Emigrar es hoy, en este año 2018 que recién se inicia, el mejor indicador de un malestar colectivo. Los jóvenes han perdido la fe en su país. No ven futuro en su tierra y ya no tienen esperanza, que es lo último que se pierde. ¿Hay mayor drama para un país, para una nación? La emigración venezolana ya no es una moda pasajera. Por su origen y por su magnitud se trata de un fenómeno que nos obliga a estudiarlo con seriedad. ¿Una Política de Estado o su consecuencia? Lo cierto es que aquel poema de Vicente Gerbasi “Mi padre el inmigrante” ha quedado en el recuerdo. Hoy estamos escribiendo otro con el título “Mi hijo el emigrante”. ¿Podemos ser indiferentes ante un problema que compromete nuestro futuro como Nación?   

enfoques14@gmail.com                 

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