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¿Cómo se llamarán los niños que nazcan en Jerusalén?

  • ELIAS FARACHE S.

19 de diciembre de 2017 05:00 AM

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¿Cómo se llamarán los niños que nazcan en Jerusalén?

En el año 332 antes de la Era Común, Alejandro Magno llegó a Jerusalén.  El pronóstico para los judíos y su ciudad, y el Templo que allí funcionaba, era todo menos halagador.  El emperador victorioso, sometería a los judíos y además instauraría su régimen religioso de corte pagano, en franca contradicción con el monoteísmo de los judíos.

Pero en Jerusalén, Alejandro Magno fue recibido por Simón el Justo.  Un sacerdote del templo, y hombre que hacía honor a su descripción de “justo”.  Alejandro Magno se bajó de su carruaje y extrañamente, se inclinó para saludar a Simón el Justo.  Este anciano sacerdote se le parecía a una figura de un sueño, que le auguraba triunfo en las batallas.  Ante la empatía generada, Alejandro solicitó que fuera colocada su estatua en el Templo de Jerusalén, petición que fue negada por Simón el Justo, en virtud que contraviene las normas del judaísmo respecto a la restricción de imágenes y las prácticas idólatras.  Sin embargo, el buen trato de Alejandro Magno fue compensado con el gesto de nombrar a todos los niños que nacieron ese año en Jerusalén como Alejandro.

Los griegos eran el Imperio de la época y el más grande y poderoso conocido hasta ese entonces.  Alejandro Magno era el líder del Imperio.  Jerusalén era la capital del pueblo judío.  Un imperio reconocía el estatus de Jerusalén, y la conexión de los judíos con la ciudad.

Este incidente es una de las tantas pruebas históricas de la relación y pertenencia de los judíos con la ciudad.

En diciembre de 2017, el presidente de Estados Unidos de América hizo un reconocimiento público de Jerusalén como capital de Israel.  Constituye un enunciado que se apega al rigor histórico, un reconocimiento de una realidad existente y, además, muy importante, una afirmación veraz.  La reacción de muchos ha sido negativa a esta declaración americana.

Las reacciones negativas tienen dos vertientes.  Una de ellas es la típica y trágica que niega el derecho de los judíos a un estado, y no importa lo que pase, se diga o se calle, siempre estarán en contra de Israel y de quienes la apoyen circunstancialmente.  Esta vertiente, algunos de cuyos promotores son antisemitas, muchas veces ocultando su faz bajo la máscara del anti-sionismo, no merece mucha atención.  Posiciones sesgadas, intereses perversos que no son susceptibles de cambiar.

La segunda vertiente es quizás bien intencionada.  Su reacción negativa obedece al temor cierto que esta declaración obstaculice el proceso de paz, cause la furia de palestinos y árabes llevándolos a una intifada, y aleje las posibilidades de acuerdo entre las partes.  Evitar la furia palestina, apaciguar a los violentos que pudiesen desatar una ola de terror, es para ellos la receta a seguir.  Aunque para esto se incurra en una que otra mentira histórica, o se haga la vista gorda frente a hechos y posiciones condenables.  Es así que no se reconoce que Jerusalén es una ciudad primeramente judía, que es la cuna de la civilización judeo-cristiana y del monoteísmo, que desde 1948 es la capital del Estado de Israel, o que desde 1967 se respetan los lugares sagrados de las tres religiones monoteístas y existe libre acceso a ellos.

Es la teoría del apaciguamiento.  De no provocar a la parte violenta, de no denunciar el terrorismo, de culpar siempre a Israel por ser más racional, de exigir más a una parte que a otra, de medir con diferentes varas a cada parte. 

Pero el apaciguamiento, la vista gorda, y tantas otras concesiones, no han producido resultados buenos.  Desde 1985 no hay embajadas en Jerusalén, y ello no ha contribuido a acelerar el proceso de paz.  Los Estados Unidos desde 1995 han prorrogado cada seis meses la decisión de mudar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén, y nada se ha avanzado por ello.  Churchill le reclamó una vez a Chamberlain que el apaciguamiento no contribuiría a la paz, sino más bien a que el enemigo entendiese que se le otorgaba impunidad.  Por miedo a enfrentarlo.  Churchill tuvo razón. La Humanidad pagó el precio.

Donald Trump no es un político de oficio, ni tampoco un diplomático de carrera.  Su embajadora en la ONU, Nicky Halley, mencionó que los judíos tienen mucha paciencia y han esperado.  Y que los americanos tienen menos paciencia. Seguro. Particularmente aquellos acostumbrados a medir el éxito en resultados concretos.  La administración Trump ha visto que priva la mentira, la condena múltiple e indiscriminada a Israel, el estancamiento de las negociaciones de paz.  No hay avances.

En definitiva, lo único que ha hecho Trump es una afirmación que se ajusta a la verdad.  ¿Hay tanto miedo en decir la verdad? ¿Se puede construir algo sólido y duradero en cualquier lugar del mundo sin apegarse a la verdad?  ¿Ha sido útil la política de apaciguamiento o es mejor utilizar la disuasión?  

El bien y la verdad deben prevalecer.  Su precio es caro, pero a largo plazo, rinde más beneficios que el mal y la mentira.  Y es lo ético, lo correcto, apegarse al bien y la verdad.

No creemos que los niños judíos que nazcan este año en Jerusalén sean nombrados “Donald”.  Aunque en verdad, quizás el señor Trump sea merecedor de algo por el estilo.

eliasfaraches@gmail.com

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