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El asunto de los géneros

  • RICARDO GIL OTAIZA

03 de enero de 2018 05:01 AM

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El asunto de los géneros

Nos atraen las categorías, las clasificaciones y las divisiones, porque con ellas buscamos ordenar nuestro pensamiento. Es propio del cartesianismo el intentar ver el todo en sus partes, de allí que siempre conceptuemos la existencia de manera sesgada, alejada por completo de la noción de completitud, que nos acerque así a la realidad. El hecho literario no escapa a estos derroteros, y a cada instante despachamos de manera muy ligera nuestras percepciones, encasillándolas en compartimientos estancos, no interconectados, lo que desvirtúa la intención del texto que tenemos en nuestras manos. Si algo nos atrae de la posmodernidad  es precisamente la dilución de las fronteras entre los denominados géneros literarios, lo que nos permite una noción integral de la obra sin los atavismos propios de la fragmentación.

La novela, por ejemplo, se mece hoy en día en una amalgama extraordinaria que permite la conjunción de disímiles herramientas artísticas y estilísticas en la conquista de un “todo” articulado. Un texto novelesco en nuestros días no es ya materia exclusiva de la narrativa, y sus vastos territorios concitan la interpelación por parte de otras visiones literarias que pretenden conferirle a la resultante una riqueza que va más de sus posibilidades per se. Quienes somos ávidos lectores hallamos en las páginas de las novelas contemporáneas el engranaje perfecto entre muchos géneros tradicionales, lo que articula una esplendidez que aborda en un mismo espacio la narrativa, el ensayo, la crónica, la poesía, la autobiografía y la fábula. Es la novela de hoy un exquisito híbrido, cuyos linderos y categorías se funden en una misma epifanía: la vida contada desde la conjunción y la vastedad de la vida misma.

Si del cuento se trata, este viejo y extraordinario género se ha remozado y revitalizado con el tiempo. La genialidad alcanzada por maestros como Poe, Chéjov, Quiroga, Borges, Cortázar y tantos otros desde la “cuadratura” de las herramientas propias del género, hoy se reinventa en textos que no buscan necesariamente el impacto y el asombro del lector, o que no se articulan desde los consabidos “momentos” de quiebre de los textos tradicionales, sino que buscan un súmmum que encierre en breves espacios una realidad integral y compleja que conmueva al lector; o que lo deje en estado de gracia: impertérrito, subsumido en su propia reflexión y en su propio encanto (o desencanto, da igual). Lo interesante del asunto es que el relato breve no busca solo la perfección y el acabado impecable por el que los viejos cultores tanto se afanaban, sino que con mayor libertad y soltura anhelan la síntesis de un “algo” que podría ser una pequeña historia, o una idea, o una “nada” (así como suena), pero que mueva algún resorte en quien se acerca a los textos. Si no es así, ¿cómo se explica entonces el éxito de textos incluidos en antologías hasta la saciedad como cuentos, pero que cuando los lees te hundes en el desconcierto y a veces en la risa, como es el caso del famoso cuento más breve del mundo de Augusto Monterroso que reza: “Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”?

La poesía no escapa a esta discusión. Es más, su transformación en los últimos 100 años ha sido tan profunda, tan radical, que un poeta clásico (cultor sujeto a métrica y versificación) no reconocería como tal a un texto “libre” de nuestros días. La poesía busca hoy, más que el impacto metódico y melódico de ayer, la conmoción sensorial y espiritual de quienes se acercan a ella.

La clave de toda esta reflexión es el lector. Los lectores de hoy anhelamos un texto literario sin camisas de fuerza ni corsés atávicos, que cercenen las potencialidades de la creación artística. Y si para alcanzar esta preciosa meta se hace necesario desdibujar y de-construir los linderos tradicionales del género, pues bienvenidas sean estas rupturas, sobre todo cuando levantaron las condenas a muerte que se cernían sobre la novela, el cuento y la poesía, cuya vitalidad solo fue posible en la medida en que “murieron” para renacer de sus propias cenizas.

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com

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