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Cuentos de pipiolos

¡Un caracol gigante, un caracol gigante!

El caracol gigante era una inmensa bolsa vacía de comida de perros que alguien había tirado y que se había vuelto una pelota. En este inicio de clases es conveniente descartar problemas de visión en los niños. 

En este inicio de clases es conveniente descartar problemas de visión en los pipiolos.

En este inicio de clases es conveniente descartar problemas de visión en los pipiolos.       

CORTESÍA ESOTERISMO.COM

  • ROSARIO ANZOLA

21 de octubre de 2016 12:21 PM

Actualizado el 21 de octubre de 2016 12:37 PM

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¡Un caracol gigante, un caracol gigante!

Cuando éramos niños fuimos de vacaciones a la playa.  Entre la excitación, el alboroto y las cavas, nos montaron en unas lanchas para ir a una de las islas de Morrocoy.  Papá dio las instrucciones: "Nadie puede andar solo por la playa, nadie se quita la franela para que en la noche no anden llorando con la insolación, el que pelee no va a tener permiso para meterse al mar…" Así continuó su perorata en medio del fragor de los gritos emocionados. Recuerdo que los varones comenzaron a corretear mientras las niñas nos dedicamos a recoger caracolitos y conchas marinas. De repente, una de mis hermanas comenzó a gritar:  

-¡Un caracol gigante!  ¡Un caracol gigante!

Todos corrimos hacia ella. ¿Dónde? ¿Dónde? 

Ahí, ahí -señalaba con el dedo hacia la orilla de la playa.

Por más que mirábamos no veíamos nada, pero tampoco nos acercábamos. El más audaz se dirigió hacia el monstruo con un palo en la mano. Caminó hacia un mogote hasta que apareció muerto de risa para informarnos que el caracol gigante era una inmensa bolsa vacía de comida de perros que alguien había tirado y que se había vuelto una pelota. La burla fue general, mi hermana rompió a llorar y fue a acusarnos. 

Papá regresó con ella de la mano y un médico amigo que andaba con nosotros. Luego de darnos el merecido regaño, llevados por la curiosidad fueron a ver el objeto del incidente. Mi hermana explicaba y juraba que ella había visto el bojote como un caracol. El médico le dijo a papá:   Tienes que llevar a esa niña al oculista. Debe de tener una enorme miopía.

Tenía razón. La pipiola de 6 años recién comenzaba a leer con grandes dificultades. La maestra la tildaba de floja y de llorona. El oculista dictaminó una severa miopía. Desde entonces usó lentes, mejoró su carácter irritable y por fin asumió la lectura como algo placentero.  En este inicio de clases es conveniente descartar problemas de visión en los pipiolos.
       

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