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"Gracias a Dios el viento me llevó hacia la costa de Venezuela"

Navegador, activista y empresario español, el ser rescatado el año pasado por humildes pescadores venezolanos cambió su visión del país y el orbe. Hoy está comprometido a ayudar a aquellos anfitriones que le mostraron un “paraíso” tan ajeno a la sofisticación europea.

  • ANDRÉS CORREA GUATARASMA

09 de abril de 2017 16:54 PM

Actualizado el 09 de abril de 2017 19:09 PM

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"Gracias a Dios el viento me llevó hacia la costa de Venezuela"

Nueva York.- “Zarpo al fin. La mar está muy bien durante la primera media hora. Luego ya mal. Otra vez... Consulto el GPS. ¡NO FUNCIONA!... Me toca pensar en el rumbo. Y navegar con el compás...  Como tantas veces... Decido un rumbo que me asegura “chocar” con Venezuela y “no pasarme de largo” la península de Paraguaná por el norte; lo que sería el fin.

Navegación dura. Tras cinco horas sin ver tierra, por fin atisbo tierra venezolana. Voy notando algunos fallos de motor. De repente, se enciende la luz de avería...  Corrijo el rumbo que tenía establecido a Punto Fijo y me tiro hacia el sur con intención de alcanzar la costa que se percibe más inmediata. La máquina se para varias veces. Estoy a 3 millas de costa y si no se pone en marcha deberé nadar, lo que es muy arriesgado por la gran cantidad de tiburón que hay por aquí...”, escribió Álvaro de Marichalar el 5 de enero de 2016 en su bitácora.

Se hallaba en una travesía solitaria por el Caribe -“yo navego sin barco de apoyo” en la moto acuática “Numancia”-, homenajeando al conquistador Juan Ponce de León, quien llegó a Florida (EEUU) en 1513. Esa vez recorrió 7.500 millas náuticas y 28 países en 87 días, pero fue en un pueblito falconiano donde grabó los recuerdos que hoy evoca con más emoción en visita a Nueva York.


"Cuajaracume… 20 millas al sur de Punto Fijo. Me quedé averiado tras cruzar el golfo de Venezuela desde La Guajira. Ya estaba anocheciendo. Gracias a Dios el viento me llevó hacia la costa. Comenzó a salir gente corriendo, bajando la colina: niños, señoras, pescadores. No me asusté, empezamos a hablar, me dieron ánimo, fuerza, fue increíble. Buscaron cuerdas y entre todos varamos la moto en la playa”, comenta hoy en un ambiente muy distinto, la 5ta avenida de Manhattan.

“Subimos la colina y me ofrecieron muchas casas para quedarme. Yo no quería molestar, les dije que con un chinchorro bastaría, porque me encanta dormir así. Lo colgué en una edificación que iba a ser una iglesia, pero cuya construcción se paralizó por falta de dinero… y allí estuve viviendo. Me despertaban todos para reparar la moto. Tenía una raja, le entraba agua y un problema mecánico. Son pescadores, saben de eso”.

Subimos la colina y me ofrecieron muchas casas para quedarme. Yo no quería molestar, les dije que con un chinchorro bastaría, porque me encanta dormir así. Lo colgué en una edificación que iba a ser una iglesia, pero cuya construcción se paralizó por falta de dinero… y allí estuve viviendo. Me despertaban todos para reparar la moto. Tenía una raja, le entraba agua y un problema mecánico. Son pescadores, saben de eso”.

No había agua potable, internet ni teléfono. Y aún así “en mi vida he visto gente tan limpia, aseada, alegre en el alma y en el cuerpo. Me ofrecían arepita, pescadito, un poco de café, es lo que tienen allí. Pescan mucho, pero eso no les alcanza para comprar nada. Los niños hacían juguetes (papagayos) con bolsas de basura y me llevaban a la playa de la mano para ver la llegada de los pescadores”.

Retoma su bitácora: “Emociona sentir tanto cariño. Todo el afecto real, espontáneo, natural. Todo es humilde y precario. Pero todo es alegría y amor. No les importa carecer de agua corriente. O que cortaran la luz hace una semana… Están en su mundo de resignada armonía…”

E ironiza en Nueva York: “me habían dicho que no fuese a Venezuela, por peligro. Pero el venezolano es de lo mejor que hay en Iberoamérica. Gente sensible y lista, una gran combinación, con una fuerza moral alucinante”, afirma llevando al cuello “con honor” la estampita de José Gregorio Hernández que el año pasado le obsequió Mitzi Ledezma, esposa del detenido alcalde de Caracas.

Del pueblo zarpó remolcado en lancha a Punto Fijo, donde le tomó cuatro días reparar la embarcación. Siguió a Bonaire, Curacao, Aruba, La Guaira, Los Roques, Paria, Trinidad y Tobago, y luego rumbo al norte antillano. De Venezuela partió conmovido por el contraste y a la vez complacido por el apoyo de las autoridades costeras.

“Si vas mal, cambia de rumbo. Es la base de la navegación”, teoriza con entusiasmo. En agradecimiento, coordinó con sus patrocinantes el envío de recursos a los tan necesitados pobladores de Cuajaracume. “Se arregló el transporte escolar y enviamos arroz, pasta, jamón. Estoy preparando otro cargamento, pero la gente sabe que la ayuda no tiene garantía de llegar y eso dificulta la cooperación. Yo no soy partidario de dar dinero, sino especies. Así hice en Sri Lanka, cuando el tsunami de 2004”.

Nacido en Pamplona en 1961, Marichalar suma más de 38 expediciones y 12 récords Guinness en navegación. Una de las más exigentes fue los 18 mil kilómetros entre Roma y Nueva York que completó en 2002, cuando celebraba 30 años de “mi pasión, a la que dedico tres meses al año” al menos, entre planear las aventuras, navegar y dar charlas. Las siguientes en agenda son Rusia-Alaska (julio), España-Líbano (agosto), toda la costa de Cuba (noviembre) y, para 2019, la vuelta al mundo honrando los 500 años de la travesía pionera de Magallanes y Elcano, siempre a bordo de su moto acuática de nombre celta.

Políglota, pertenece a la Real Academia de la Mar en Madrid y es miembro honorario de la ONG Onsa (Organización nacional de salvamento y seguridad marítima de los espacios acuáticos de Venezuela). En 2008 fue candidato al Congreso por el partido de centro Unión Progreso y Democracia (UPyD).

 “Hoy abandono mi paraíso de realidad y amor. Me siento profundamente triste. Los niños se dan cuenta y me miran con una tristeza desgarradora mientras me traen un cafecito y dos pequeñas tortitas de maíz. Un niño me regala un barquito de cartón precioso… Son mis nuevos amigos para siempre. La despedida es larga y difícil. Nos hacemos la última foto en la playa con las banderas de Venezuela y España. Zarpo al fin…”, escribió al partir de Cuajaracume el 8 de enero de 2016.

acorrea@eluniversal.com

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