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El vuelo del pincel de Alirio Oramas

El pintor abstraccionista falleció de un paro respiratorio.

El vuelo del pincel de Alirio Oramas

Oramas, el pintor que nunca quiso rendirse ante el mercado del arte (Jorge Santos/Archivo)

  • MARÍA GABRIELA FERNÁNDEZ

05 de enero de 2016 09:04 AM

Las tardes de infancia que el artista visual Alirio Oramas (Caracas, 1924- 2016) dedicaba a volar papagayos en las calles de La Pastora y de Macuto fueron atesoradas por él como momentos de libertad. Así lo recuerda su hijo, y también artista, Sandro Oramas, quien asegura que su padre acaso solo sintió la misma impresión durante sus temporadas de creación fructífera en la pintura. No es coincidencia, entonces, que fuera precisamente la obra Cometas y papagayos (1950), la que convirtiera a Alirio Oramas en merecedor del Premio Nacional de Artes Plásticas, en 1951.

Ahora Oramas, con su vanguardia, su vocación docente, su abstraccionismo y su característico uso del color orientado a la crítica, no podrá extrañar de nuevo sus cometas ni usar más su píncel para hablar sobre la libertad del arte. Falleció este domingo a las 3:00 pm a causa de un paro respiratorio, cuando se encontraba en su vivienda en Caracas.

Este pintor de 91 años, quien participó en la representación venezolana de la Bienal de Venecia en 1961, no cesó su producción artística hasta que, hace cuatro años, inició con una caída un ciclo de decaimiento. "Aún así, mantuvo su espíritu joven y decía 'viví una vida plena, hice mi obra y ahí quedará. Yo soy inmortal. Yo nunca me voy a morir", asegura su hijo. Los restos de Oramas serán velados hoy entre las 12:00 del mediodía y las 5:00 de la tarde en la Capilla 1 de cremación del Cementerio del Este.

Miembro fundador del Taller Libre de Arte en 1948, es reconocido como uno de los representantes del grupo de creadores que emprendió la renovación de las artes visuales en el país a mediados del siglo XX, en contra de la figuración. Con una profunda inclinación hacia el abstraccionismo, el curador e investigador en artes Perán Erminy, con quien también compartió amistad, lo recuerda como "uno de los primeros que ensayó formas no convencionales de las artes plásticas, lenguajes que se alejaban de las normas corrientes de la pintura". En este período, Oramas trabajó con Carlos Raúl Villanueva, quien le encargó realizar cuatro murales para la Ciudad Universitaria, que aún persisten como parte de su legado.

Siempre movido por la curiosidad y por la búsqueda de lo novedoso, este pintor que viajó con regularidad a París, solía incluir en su obra técnicas y conceptos de vanguardia sobre el quehacer artístico. Esto lo llevó a desarrollarse también en el campo del collage y de la performance.

El crítico de artes e investigador Víctor Guédez destaca del trabajo de Oramas la inclinación místico-religiosa de su obra. "Utilizaba elementos de carga simbólica y religiosa, como manzanas o dragones, además de otros reiterativos como papagayos o blue jeans que les daban fuerza a sus creaciones".

Precisamente, su hijo recuerda que, en ocasiones, el padre le aseguró que el proceso creativo de las obras era como el de los alquimistas "que transmutan la materia y la convierten en algo trascendente".

En un continuo conflicto con el mercado del arte, ante el que nunca quiso ceder, Oramas fue en cambio un docente innato y no dudó en apoyar a otros creadores. Es el caso del maestro Armando Reverón, con quien no solo sostuvo amistad, sino que se empeñó (y logró) dar a conocer sus muñecas y obras objetuales en su museo. Ambos tendrán ahora ocasión de agradecerse.

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