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Francis Rueda: "Somos los grandes mentirosos"

Francis Rueda fue galardonada con el Premio Nacional de Teatro por una trayectoria artística de 52 años

Francis Rueda cumplió 52 años ininterrumpidos en las tablas

OSWER DÍAZ MIRELES

  • CATHERINE MEDINA MARYS

03 de diciembre de 2017 02:00 AM

Actualizado el 03 de diciembre de 2017 10:15 AM

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Francis Rueda: "Somos los grandes mentirosos"

En 1991, Elia Kazan vino a Caracas invitado por Margot Boulton de Bottome, fundadora del Centro Venezolano Americano. Casualmente se estaba presentando Un tranvía llamado deseo, que Kazan había llevado primero a Broadway, con Marlon Brando y Jessica Tandy, y posteriormente a Hollywood, con Vivien Leigh. Al finalizar la función, le confesó a Boulton que estaba seguro de que Tenesse Williams habría convenido en que la actriz que dio vida a Blanche Dubois esa noche era sencillamente superior a sus antecesoras. 

Esa actriz era Francis Rueda, quien recibió este año el Premio Nacional de Teatro por una trayectoria de 52 años que comenzó cuando apenas contaba con 16. "Me inscribí en la Escuela Superior de Artes Escénicas Juana Sujo pero, como era menor de edad, no me dejaban", cuenta risueña. De tanto rogar -y con un poco de ayuda de Doris Wells- la dejaron ingresar.

"De joven le temía mucho a la muerte, entre otras muchas cosas. Es la edad la que me ha endurecido, pero no del todo"

Confiesa que la emoción de su primer galardón -el Premio Municipal de teatro en 1984 por su papel en Agnus Dei- se convirtió posteriormente en un estímulo para continuar trabajando, pues no se considera superior ni trabaja en función del reconocimiento. Hay tres, sin embargo, que califica de gran honor en su carrera: el Premio María Teresa Castillo por su trayectoria (1989), el premio de la Fundación Fernando Gómez (2010) y este último reconocimiento a su vida y obra en el teatro venezolano, que siente como "una responsabilidad enorme".

-¿Qué encontró en la actuación que no halló en ningún otro sitio?
-Comencé estudiando psicología en la universidad pero aprendí a serlo con el teatro. El teatro es eso: entrar en el otro, entenderlo. Es un arte que confronta, cuestiona y es el vehículo comunicante más completo que existe.

-¿Cómo logró mantenerse independiente de los grupos de la época?
-Pude trabajar con todos porque me requerían mucho. Soy muy estudiosa y sobre todo muy crítica, al punto de que han sido pocas las veces en las que he sido plenamente feliz con mi trabajo, a pesar de persigo la excelencia constantemente. Uno de esos pocos trabajos fue Agnus Dei, un personaje que me marcó mucho y del cual me costaba salir una vez terminada la función.

-¿Cómo evita llegar a la enajenación?
-Entrando en consciencia de que nunca es posible dominar a plenitud el personaje porque eso impide dominar el imprevisto. El actor debe estar en conciencia de todo lo que le rodea. Hay quienes incluso pierden la perspectiva e irrespetan a su compañero en escena. Olvidan que mienten, y eso es gravísimo, porque los actores somos los mentirosos más grandes del mundo.

-¿Cómo suele preparar sus personajes?
-Cuando me dan la obra la leo ese mismo día dos veces, la primera a modo de reconocimiento y la segunda para ir descubriendo cosas sobre mi personaje. No memorizo desde un primer momento porque la leo múltiples veces, las necesarias para familiarizarme con la obra, y posteriormente decodifico y memorizo el texto.

-¿Qué forma le ha resultado idónea para aproximarse a sus personajes?
-
La metodología se hace en el camino, somatizando a Brecht y a Stanislavski para eliminar lo que no funciona. Hay conceptos, como la memoria emotiva, presente en Stanislavski pero ausente en Strasberg, que no me funcionan para construir mis personajes.

-También he utilizado el estudio de animales, que me funcionó en 1985 para Las paredes oyen. No sé por qué, pero siempre imaginé a Doña Ana (mi personaje) como una grulla y la construí en torno a las formas estilizadas, delicadas de esas aves. El proceso no fue fácil porque mi vestuario requería un armazón de hierro para mantener su forma. Llegaba al camerino tres horas antes de cada función para familiarizarme con aquel aparataje. Aún no entiendo cómo lo logré, pero mi Doña Ana era en esencia una grulla.

-¿Cómo verifica el proceso de aprehensión del personaje?
-Simplemente me dejo llevar por la situación que plantea el texto. El actor siempre tiene que estar detrás del personaje porque es quien te lleva a alcanzar el objetivo y a descubrir  el superobjetivo.

-¿Qué espera de un director? ¿Qué está dispuesta a darle?
-Noël Coward decía que el director estaba ahí para que los actores no se tropezaran. Yo no pienso así porque lo considero un pilar fundamental de cualquier montaje. Me gusta el director que permite libertad para hacer propuestas; hay otros que no las aceptan para nada. Gilberto (Pinto) era muy flexible en ese sentido. Carlos Giménez era maravilloso también, porque sabía escuchar y el trabajo se enriquecía enormemente. Además, era un director que sudaba contigo en el escenario hasta sacar el personaje. 

-¿Qué enseñanzas guarda de Gilberto Pinto?
-Todas. Como mi primer maestro de actuación fue sumamente duro y exigente. Tanto así, que a los seis meses de entrar a la escuela y evaluarme, indicó que yo no servía para este oficio. No le di el gusto y continué asistiendo. Estudiaba muchísimo. Un día, 20 años después, cuando ya estábamos casados, me confesó que siempre había estado enamorado de mí.

-Era un hombre realmente comprometido con la sociedad y solía sacar de las noticias el argumento de sus obras. La buhardilla (1970) es un claro ejemplo de eso. Su obra está impregnada de realismo crítico puro. Fue un animal político, cosa que yo no soy.

-¿A qué le teme?
-De joven le temía mucho a la muerte, entre otras muchas cosas. Es la edad la que me ha endurecido, pero no del todo.

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