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A cien años de la muerte del poeta nicaragüense

Poetas que hacen grande el pueblo en que han nacido: Rubén Darío y Cruz María Salmerón.

A cien años de la muerte del poeta nicaragüense

Rubén Darío y Cruz Salmerón Acosta (Cortesía)

CORTESÍA |

06 de febrero de 2016 12:20 PM

Se cumple un siglo de la muerte del poeta Rubén Darío. Su vida estuvo marcada por la humilde condición de origen y el desconocido terruño que su vida elevaría a la fama.

Rubén Darío ? como es conocido artísticamente ? nació en 1867 en el humilde caserío de Chocoyos, luego Metapa, hoy Ciudad Darío.

Nadie ? seguramente ? hablaría hoy de Metapa de no haber sido por ser el lugar del nacimiento del gran poeta nicaragüense, autor del poema Azul.

La influencia de este poeta se desparrama por igual en Hispanoamérica y Europa. De pluma refinada y pundonorosa, ha ejercido un magisterio modernista en todo el continente americano.

En Venezuela, a finales del siglo XIX era una figura y un consagrado. Figuras como Ramos Sucre o el oriental Cruz María Salmerón Acosta lo leyeron, estudiaron y siguieron. En los primeros lustros del siglo XX, Salmerón Acosta lo había aprendido de memoria y producirá, aunque de distinto signo poético, el soneto Azul de clara remembranza rubendariana.

También Cruz Salmerón nace (1891) en un pueblo desconocido que ni en los mapas del siglo XIX aparecía: Manicuare. Pueblito pequeño, hispano-indígena, de la costa norte de Venezuela, en el estado Sucre. Nada hacía atractivo el pueblo. Sólo de sal y pesquería vivían sus pobladores. ¡Ah! Y de los atropellos políticos de épocas dictatoriales.

Pero como si de un recurso de sublimación existencial se tratara, Cruz María recoge el sentir y vivir de su pueblito y lo eleva haciéndolo objeto, sujeto e inspiración de su poética, en fina e informada expresión. Gracias a él se nota ? en similitud con Darío ? una intensa fusión poeta-pueblo que hace que no se pueda hablar del poeta sin el pueblo y viceversa. El pueblo se expresa por boca del poeta y el poeta recibe su sangre del pueblo. El poeta es parido por su pueblo y el pueblo es mantenido vivo y resucitado por el poeta.

El poeta ? se llame Darío o Salmerón ? no resultan así enajenados de la vida de su pueblo, sino vehículos cárnicos de la vida de su pueblo; expresión lúcida y transparente de su vida y afanes. Es como el Cielo los hubiera marcado para esa misión: hacer vivir a sus pueblos, elevándolos. Y es como si el corazón de esos pueblos hubiera esperado siglos la natividad de esos poetas para hacerse pueblos de verdad.

Eso sorprende al estudiar la poética de ambos genios mencionados y al revisar la intensa tradición oral que los mantiene latentes en el alma popular.

Pues, ya se hizo el reconocimiento a Darío y su Metapa. Hace falta el de Salmerón y su Manicuare. Ya ese pueblo es cabecera de Municipio en la península de Araya. Pero no basta. Con algún santo se ha hecho algo similar. Don Bosco ? por ejemplo ? nació en Castelnuovo D Asti y ese pueblo se llama hoy Castelnuovo Don Bosco. No es excesivo pensar que Manicuare pueda llamarse Ciudad Salmerón o Manicuare Salmerón. Sólo nos falta un poco de orgullo patrio y sentido del valor de lo nuestro.

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