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Uno de los grandes déspotas de la antiguedad

Herodes el Grande: el villano de la Navidad

El rey Herodes es famoso por ordenar la matanza de los niños de Belén, pero también fue un gobernante brillante y construyó monumentos que todavia asombran 

 El rey Herodes el Grande. (Cortesía: www.ocesaronada.net)

  • MICHAEL NISSNICK

26 de diciembre de 2016 06:00 AM

Actualizado el 20 de enero de 2017 13:32 PM

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#Herodes hizo asesinar a su esposa y tres de sus hijos

#Herodes construyó el primer puerto artificial de la historia

Caracas.-“Cuando se tienen dos hijos se tienen todos los hijos de la tierra (…) los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima”, dice Andrés Eloy Blanco en uno de sus poemas. “¡Invoco a Herodes!”, claman quienes no soportan las diabluras de los niños propios o ajenos.

Ambas expresiones dan fe de la mala fama que goza en nuestros días un antiguo rey judío al que la Biblia acusa de intentar matar al recién nacido niño Jesús, incluso a costa de sacrificar a todos los infantes de Belén, los conocidos “Santos Inocentes” que la Iglesia recuerda cada 28 de diciembre.

Sin embargo, esto ha relegado el lado más fascinante del personaje, desde su faceta de déspota astuto y despiadado hasta la de genial constructor de proezas arquitectónicas que siguen fascinando en la actualidad. Este tiempo de Navidad es la oportunidad de conocer más de cerca al verdadero tatarabuelo del Grinch: Herodes el Grande. 

Los comienzos

Herodes nació en Ascalón, actual Franja de Gaza, en torno al año 73 antes de Cristo (a.C.). Su madre era una princesa árabe nabatea. Su padre, Antípatro, era de Idumea, un pueblo ubicado al sur de Israel y que había sido convertido al judaísmo por la fuerza apenas unas décadas antes. Esto último será una fuente importante de problemas para el futuro rey.

Eran tiempos difíciles para el mundo judío. La dinastía asmonea reinaba sobre los mismos territorios que habían gobernado los bíblicos David y Salomón casi mil años atrás. Tras un período de esplendor, surgieron las disputas por el trono entre los hermanos Aristóbulo e Hircano, quienes pidieron ayuda a la gran potencia imperial de aquel momento: Roma.

Los romanos invadieron Judea, conquistaron Jerusalén en el 63 a.C., optaron por llevarse prisionero a Aristóbulo y dejar como gobernador de la región a Hircano bajo la tutela del padre de Herodes, quien estrechó después fuertes vínculos con el dictador romano Julio César. En la práctica el antiguo reino judío había dejado de existir como entidad independiente y había pasado a ser un estado vasallo de Roma. Herodes empezó su carrera política a la sombra de su padre, quien lo designó gobernador de Galilea a la edad de 25 años. Aquel joven no tardaría en darse cuenta de los grandes beneficios derivados de la alianza con Roma.

Las cosas cambiaron drásticamente unos años después, cuando Julio César fue asesinado y los enemigos de Herodes invadieron Judea con el apoyo del imperio parto, ubicado en el actual Irán. El padre de Herodes fue envenenado y su hermano Fasael se suicidó en prisión. Al futuro monarca no le quedó más remedio que huir a Roma a pedir ayuda.


En la capital imperial, nuestro personaje logró el apoyo de los dos hombres más poderosos del momento: Marco Antonio y Octavio, este último heredero de Julio César y futuro emperador Augusto. A instancias de ellos, el Senado romano proclamó a Herodes rey de los judíos (“rey aliado y amigo del pueblo romano”) en el año 40 a.C.  Pero Herodes tendría que luchar para sentarse en el trono, pues su reino estaba gobernado por su rival, designado monarca títere por los invasores partos.

Herodes regresó a Judea con un ejército de treinta y seis mil soldados romanos y sirios. Venció luego de tres años de guerra y ocupó Jerusalén en el 37 a.C. El idumeo por fin portaba su corona a la edad de 36 años. Solo la muerte se la quitaría.

El reinado

Desde los inicios de su gobierno, Herodes buscó hacer de Judea un país moderno y próspero. Trajo la paz, promovió el comercio, suprimió la piratería y la delincuencia y extendió su generosidad a otras ciudades fuera de su reino. Incluso fue nombrado presidente de los Juegos Olímpicos.

Pero tuvo grandes problemas con sus gobernados. Dice el historiador Will Durant: “la religión era para los judíos la fuente de su derecho, de su estado y de su esperanza. Estimaban que sería un suicidio nacional dejarla que se desvaneciera en el río agitado del helenismo”.

Las relaciones de Herodes con sus súbditos fueron problemáticas desde la primera hora. El nuevo rey no era considerado un judío “purasangre”, pues aunque profesaba el judaísmo como su religión, sus orígenes idumeos lo convertían en un extranjero a los ojos de muchos, ya que apenas era la tercera generación judía de su familia. Asimismo, su condición de rey vasallo del imperio romano lo hacían un traidor para sus gobernados. Por si fuera poco, Herodes era un confeso admirador de la cultura y refinamientos grecorromanos, elementos extraños  a la sensibilidad religiosa hebrea.

Su crueldad y falta de escrúpulos a la hora de mantener el poder también pesaron en su mala reputación. Tras llegar al trono ejecutó a muchos miembros de la familia real judía anterior y asesinó y confiscó las propiedades de varios integrantes del Sanedrín, el Consejo Supremo judío y única autoridad religiosa reconocida en el país. El cargo de Sumo Sacerdote, antaño vitalicio, pasó a asignarse y quitarse según los caprichos del monarca.


Pese a todo, Herodes siempre trató de ganarse el aprecio de su pueblo. Se divorció de su primera esposa para casarse con la princesa Mariamne y lograr así una alianza con el linaje real judío, prohibió acuñar monedas con su efigie, alivió una hambruna comprando trigo con su propio dinero e impulsó un vasto programa de construcciones que no puede sino calificarse de faraónico. O hablando en términos venezolanos, perezjimenista.

El gran constructor

Durante sus largos años de reinado, Herodes construyó o amplió decenas de palacios, fortalezas, ciudades, puertos y santuarios por todo su territorio. Estas obras impresionan  hasta el día de hoy no solo por su monumentalidad, sino por las innovaciones técnicas aplicadas a varias de ellas.

En lo alto de una meseta aislada del desierto de Judea llamada Masada, el rey levantó un lujoso complejo de palacios, piscinas, baños, edificios administrativos y veinte cisternas capaces de contener agua suficiente como para llenar 16 piscinas olímpicas. Entre las residencias sobresale la ubicada en el extremo norte, conocida como “palacio colgante” porque fue construida a lo largo de tres terrazas descendientes por el acantilado, casi desafiando a la ley de la gravedad.  

A quince kilómetros al sur de Jerusalén, Herodes demolió parcialmente una montaña y usó las piedras obtenidas para construir un palacio en otra cumbre cercana, que adquirió el curioso aspecto de un volcán. En lo alto del “cráter” había una fortaleza con cuatro torres únicamente accesible por un camino labrado en el interior de la montaña. A sus pies estaba un gran palacio con todas las comodidades. Fue el único monumento que el monarca llamó con su nombre: Herodion.


Como a su reino le faltaba un puerto digno de ese nombre, Herodes el Grande edificó en la costa mediterránea una ciudad a la que llamó Cesarea en honor a su protector, el emperador romano César Augusto, y que entre otras cosas tenía el primer puerto artificial de la historia, hecho con la entonces novedosa técnica del concreto hidráulico. Asimismo contaba con faro, rompeolas, exclusas y capacidad para acoger 300 barcos.


En la propia ciudad de Jerusalén, el rey efectuó la más fastuosa de todas sus obras: un templo al Dios Único de Israel que superara en esplendor al que levantara el sabio rey Salomón varios siglos antes.

Como Herodes consideraba que la colina del santuario era demasiado pequeña para lo que se proponía hacer, la agrandó mediante cuatro enormes muros de contención y la elevó trece metros con cuatro niveles de cámaras abovedadas. Se utilizaron enormes bloques de piedra, el mayor los cuales era veinte veces más grande que los usados en las pirámides de Egipto. En su momento fue la mayor plataforma construida por el hombre, pues su tamaño equivalía a 25 campos de fútbol. En la obra participaron 10 mil trabajadores, incluyendo mil sacerdotes entrenados en técnicas de construcción para no mancillar las partes más sagradas de la estructura.


El complejo del templo constaba de varios patios concéntricos a los que se accedía por escaleras y que progresivamente restringían el acceso a los extranjeros, las mujeres y los no sacerdotes. El santuario propiamente dicho era un edificio de piedra blanca brillante y oro, tan alto como una torre de 15 pisos. Fue la obra de Herodes que más tiempo tomó culminar, pues aunque las partes principales se concluyeron en ocho años, los detalles decorativos se prolongaron durante ocho décadas más y finalizaron poco antes de que las legiones romanas destruyeran el lugar en el año 70 después de Cristo tras una cruenta guerra contra los judíos.

 Hoy quedan en pie pocos restos del Templo, entre ellos una porción del muro de contención occidental venerado por el judaísmo como lugar sagrado y conocido como “Muro de las Lamentaciones”.


El déspota paranoico

Varias de los monumentales edificios de Herodes eran fortalezas no por casualidad. El monarca se sabía odiado por muchos que aprovecharían la mínima ocasión para deponerlo o asesinarlo, por lo que ninguna previsión era poca para su enorme paranoia.

Su inseguridad no solo afectó a sus rivales políticos, sino especialmente a su propia familia. Poco después de llegar al poder, su esposa Mariamne lo convenció de que nombrara Sumo Sacerdote a su cuñado. Pero al notar el gran cariño que le profesaba el pueblo a éste, el rey lo hizo ahogar en una piscina.

Tiempo después le llegó el turno a Mariamne. Aunque Herodes la amaba con locura, no soportaba la idea de que le fuera infiel, por lo que cuando su hermana Salomé le hizo acusaciones en esa dirección, el enfurecido marido la hizo juzgar y ejecutar por supuesto intento de envenenamiento, aunque los remordimientos lo afectaron de tal modo que la llamaba por las noches y descuidó las funciones de gobierno. La suegra de Herodes trató de sacar ventaja de esta situación para derrocarlo, pero el rey se recuperó y la ejecutó sin juicio.​


Herodes se casó en total diez veces y tuvo catorce hijos. Varios de ellos fueron victimas de los temores de su padre. Cuando al rey le llegaron rumores de que Alejandro y Aristóbulo, los dos hijos que tuvo con Mariamne, conspiraban en su contra, no le tembló el pulso a la hora de ordenar su muerte. Años después le llegó el turno a Antípatro, su primogénito. Estas acciones llevaron a que el emperador romano Augusto comentara con sorna que era preferible ser el cerdo de Herodes que su hijo, en alusión a la prohibición judía de comer la carne de dicho animal.

Herodes mató a sus tres vástagos en los años finales de su reinado, aproximadamente por la misma época en la que cometió el supuesto crimen por el que más se le conoce hoy.

Los niños de Belén

“Al verse engañado por los Magos, Herodes montó en cólera y mandó a matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores, de acuerdo con la fecha que los Magos le habían indicado”, se lee en el versículo 16 del segundo capítulo del evangelio de San Mateo, el único que refiere el episodio. El rey buscó eliminar sin éxito a un pequeño niño llamado Jesús, al que consideraba una amenaza a su trono.


Sobre este breve pasaje se han ensayado muchas interpretaciones. Para empezar, el número de niños muertos: aunque algunas tradiciones orientales hablan de cientos de miles de infantes asesinados, la realidad pudo ser muy diferente. Si se asume que en aquellos tiempos un pueblo como Belén tendría como mucho unos mil habitantes, la cantidad de niños menores de dos años a lo sumo llegaba a la veintena.

La historicidad del hecho también causa polémica, ya que no hay testimonio de esta matanza fuera del evangelio de Mateo. Los que defienden su autenticidad aducen que los biógrafos de Herodes reseñaron los asesinatos de personajes importantes, mientras que unos pocos niños muertos en una aldea insignificante bien pudieron pasar por debajo de la mesa.

Otros eruditos piensan que la “matanza de los inocentes” nunca ocurrió, sino que el evangelista Mateo buscó equiparar a Jesús con otras grandes figuras de la antigüedad, pues dioses como Zeus, reformadores religiosos como Moisés y Abraham y fundadores de imperios como Sargón o Ciro de Persia también tuvieron que ser salvados poco después de su llegada al mundo de un tirano enfurecido que veía peligrar su poder. Pero inevitablemente el recién nacido lograba escapar y cumplir su gran destino.

Quizás la polémica jamás se resuelva del todo. Pero según el investigador Pepe Rodríguez, la matanza de los niños de Belén tiene un significado profundo relacionado con las fiestas decembrinas: “Lo que el mito muestra es el ciclo estacional de la Naturaleza. El perseguidor, siempre viejo, terrible y hostil, es la representación del invierno, que pretende eternizarse para siempre. El perseguido, recién nacido, es el sol-en su solsticio hiemal (invernal)-que promete crecer hacia la primavera, llenando de dones, esperanza y posibilidad de supervivencia a la humanidad. Un año tras otro, el Niño Sol vence al Viejo Invierno, desbaratando sus negros propósitos. Eso es la Navidad”.

El final

Las tragedias familiares y las enfermedades amargaron los últimos años de la vida de Herodes el Grande. Se cuenta que padecía dolencias en los riñones, gangrena en los genitales, picazón y convulsiones.

 La muerte finalmente le llegó al monarca en la primavera del 4 a.C., cinco días después de ordenar la ejecución de su hijo mayor. Tenía sesenta y nueve años y había reinado con mano de hierro durante los últimos treinta y tres sobre un territorio que abarcaba el actual Israel y extensas zonas de Jordania, Líbano y Siria. Consciente de que sus gobernados no lo llorarían, hizo arrestar a trescientos judíos notables y ordenó que los mataran en cuanto se supiera la noticia de su deceso. La hermana del rey impidió que este mandato se cumpliera.

Los funerales de Herodes fueron fastuosos. El historiador Flavio Josefo refiere que su cuerpo, vestido con un manto púrpura, una corona en la cabeza y un cetro en la mano, fue colocado en una litera de oro macizo con incrustaciones de piedras preciosas y escoltado cuarenta kilómetros a través del desierto por cientos de familiares, sirvientes, soldados y mercenarios hasta el palacio-fortaleza de Herodión, donde recibió sepultura. De él se dijo que “llegó al poder como un zorro, gobernó como un tigre y murió como un perro”.

El lugar exacto de la tumba de Herodes fue un misterio hasta 2007, cuando el arqueólogo israelí Ehud Netzer encontró su posible emplazamiento en la ladera norte del Herodión. Allí se hallaron los restos de tres sarcófagos, entre ellos uno de dos metros y medio de largo, fabricado con piedra caliza roja de Jerusalén (material de mucho valor en esa época) y exquisitamente trabajado con motivos ornamentales. Aunque ninguna inscripción certifica que se trate de la última morada de Herodes el Grande, es una buena posibilidad.

Twitter: @mhnissnick

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