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Se celebra en las casas y en los cementerios

Curiosidades del Día de Muertos de México

Cada 2 de noviembre los mexicanos recuerdan a sus difuntos en una alegre fiesta repleta de colores, sabores, aromas, catrinas y calaveritas de azúcar. 

 Día de Muertos. Obra del muralista mexicano Diego Rivera. (Cortesía: astrologervic.com)

  • MICHAEL NISSNICK

02 de noviembre de 2017 06:00 AM

Actualizado el 02 de noviembre de 2017 11:39 AM

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El #DíadeMuertos combina influencias indígenas y españolas.

Los altares y las ofrendas son elementos centrales del #DíadeMuertos

Caracas.-La fiesta de Halloween acapara la atención mediática de todo el mundo a finales de octubre. Pocos días más tarde se celebra en México otra festividad que destaca por su vistoso colorido y sugerente simbolismo, producto de la mezcla de influencias indígenas e hispánicas: el Día de Muertos. Conozcamos un poco más de ella a continuación. 

Orígenes aztecas

Varias fueron las civilizaciones que se asentaron en el moderno México antes de la conquista española. La última, y acaso la más conocida, fue la azteca, que vivió su máximo apogeo entre mediados del siglo XV y comienzos del XVI. Su capital fue Tenochtitlán, actual Ciudad de México.


Los aztecas tenían una concepción muy particular de la muerte. No la veían como el final absoluto, sino como una nueva etapa de un ciclo destinado a mantener el orden natural. De allí deriva la importancia de los sacrificios humanos que tanto horrorizaron en su día a los españoles. A juicio del escritor y premio Nobel Octavio Paz, “el sacrificio poseía un doble objeto: por una parte, el hombre accedía al proceso creador (pagando a los dioses, simultáneamente, la deuda contraída por la especie); por la otra, alimentaba la vida cósmica y la social, que se nutría de la primera (…). Para los antiguos aztecas lo esencial era asegurar la continuidad de la creación; el sacrificio no entrañaba la salvación ultraterrena, sino la salud cósmica; el mundo, y no el individuo, vivía gracias a la sangre y a la muerte de los hombres".


De igual modo, el destino ultraterreno de la persona no se definía por lo virtuosa que había sido su vida, sino del tipo de muerte que había tenido. Los sacrificados, los muertos en el campo de batalla y las mujeres fallecidas en el parto iban al Tonatiuh Ichan (“Casa del Sol”); los ahogados estaban destinados al Tlalocan, morada de Tlaloc, dios de la lluvia; y los niños muertos en edad temprana acudían al Cincalco (“Casa del maíz”).


Los fallecidos por muerte natural se destinaban al Mictlán, una región subterránea en la que el "tonal" (alma) del difunto debía viajar durante cuatro años y recorrer nueve niveles llenos de obstáculos y peligros (montañas que chocaban, tempestades, parajes congelados, aguas turbulentas y fieras salvajes, entre otros), antes de llegar a su morada final, regida por el dios Mictlantecuhtl y su esposa, ambos representados como calaveras desencarnadas.


El calendario azteca contemplaba hasta siete fiestas para honrar a los difuntos. Todas reflejaban el desarrollo del ciclo asociado al cultivo del maíz, elemento indispensable de la dieta de los mexicanos y considerado como “alimento de los dioses”. Cuando se efectuaba la cosecha, se realizaban ritos propiciatorios destinados a agradecer por la abundancia del fruto recolectado y compartirlo con parientes fallecidos, pues se creía que éstos visitaban a sus familiares vivos.  

No es casual la semejanza de estos ritos con el antiguo Samhain celta, remoto antecesor del Halloween moderno, ya que ambas ceremonias obedecían a motivaciones parecidas: el final del verano, noches más largas en detrimento de los días, ralentización de los ciclos naturales, ruptura temporal de la frontera entre vivos y muertos y necesidad de ofrendar a los buenos espíritus y ahuyentar a los malos.


Entre julio y septiembre, los aztecas celebraban el Micailhuitontli para honrar a los “muertos pequeños” y el Huey Micailhuitl para venerar a los “muertos grandes”. Cuando tuvo lugar la conquista española de México en el siglo XVI, los misioneros se percataron que estas ceremonias prehispánicas tenían lugar en fechas cercanas a dos fiestas católicas de origen medieval: el Día de Todos los Santos el 1 de noviembre y la conmemoración de los Fieles Difuntos el 2 de noviembre.


Por ende, los españoles optaron por asimilar las ceremonias indígenas al calendario cristiano. De este modo, el 1 de noviembre pasó a centrarse en la llegada de los niños difuntos (los “muertecitos”) y el día siguiente en los adultos. Así quedó configurado el Día de Muertos tal como lo conocemos hoy. Pasemos entonces a describir sus rasgos más característicos.

Altares y ofrendas

Elemento central del Día de Muertos es el altar, instalado en un lugar privilegiado del hogar. Puede tener varios niveles, cada uno con su simbolismo: dos (el cielo y la tierra), tres (cielo, tierra e inframundo o purgatorio), siete o incluso nueve (las etapas que debe atravesar el fallecido antes de su llegada al Mictlán).  


La idea central de los altares es acoger los espíritus de los fallecidos cuando visiten la casa de sus familiares, por lo que deben exhibir aquello que el muert disfrutó en vida: fotografías, ropa, artículos personales, comida y bebida. Se cree que el alma del difunto toma la “esencia” de los alimentos y los deja sin aroma ni sabor.

Las ofrendas combinan elementos indígenas y españoles y tienen como objeto guiar y hacer placentera la visita del fallecido: velas, cirios, sal, ceniza, papel picado, cruces, agua e incienso, entre otras.

Una ofrenda importante es la “flor de muerto”, llamada "cempasúchil", esto es, “flor de veinte pétalos” en idioma náhualt. Entre sus varios colores destaca el naranja por ser el color de luto de los aztecas. Su presencia en el altar es importante para que su aroma oriente al difunto y le facilite el trayecto de regreso al cementerio. Por ende, se suele colocar un camino de pétalos entre la casa y el camposanto.


El pan de muerto quizás surgió del horror español ante la costumbre azteca de comer el corazón de las víctimas de los sacrificios. Así, el azúcar roja del pan alude a la sangre de los sacrificados, su forma ovalada simboliza el corazón y el ciclo de la vida, la pelota de la parte superior es el cráneo y las cuatro hileras laterales son los huesos del difunto y los puntos cardinales. El sabor dulzón simboliza el recuerdo de los que ya no están.

El cráneo humano ocupaba un lugar central en los ritos aztecas, quienes lo respetaban y usaban con un propósito tanto estético como intimidatorio. El señor del inframundo se representaba con los rasgos de una calavera, como ya se dijo, y en la capital azteca de Tenochtitlán, junto al desaparecido Templo Mayor, se alzaba el Huey Tzompantli, una gran empalizada de 35 metros de largo compuesta por cientos de cráneos ensartados, tanto de víctimas sacrificadas (incluyendo niños) como de prisioneros de guerra.


La necesidad de los misioneros españoles de “domesticar” y asimilar dicha costumbre originó las actuales “calaveritas de azúcar”,  indispensables en el Día de Muertos.

La técnica tradicional para su fabricación es el alfeñique, una pasta moldeable hecha de agua hervida, azúcar y esencia de limón. También se decoran con azúcar glaseada de colores vivos. Asimismo, es costumbre colocar en la frente de la calaverita el nombre de la persona a la que ésta se regala, como una forma jocosa de "comerse a la muerte" y recordar el inevitable destino.

Muy ligada a las calaveritas de azúcar destaca la simpática Catrina, emblema absoluto del Día de Muertos. En su configuración actual jugaron un rol decisivo dos de los artistas plásticos más importantes de la historia mexicana. El primero fue José Guadalupe Posada, ilustrador y caricaturista de finales del siglo XIX y comienzos del XX famoso por sus “esqueletos”, agudas sátiras de todos los estamentos políticos y sociales de su tiempo.


En 1910, Posada realizó su ilustración más conocida, a la que llamó “calavera garbancera” para satirizar a los “garbanceros”, término que designaba a aquellos mexicanos pobres que presumían de ser ricos y europeos.  


Décadas más tarde el muralista Diego Rivera, gran admirador de Posada, incluyó a su calavera garbancera en el centro de su mural “sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” (1947) y la bautizó con el nombre que la ha hecho popular hasta hoy: “Catrina”, en alusión a “catrín”,  sinónimo mexicano de persona bien vestida y engalanada.


La fiesta del Día de Muertos no se limita a los hogares. A la dimensión privada la complementa el espacio público por excelencia de los difuntos: el cementerio. Es costumbre que los familiares limpien y adornen las tumbas de sus muertos con elaborados panteones y pasen toda la noche del 2 de noviembre en los camposantos, en un ambiente de familiaridad, música, baile y celebración. Dice Octavio Paz: “el mexicano frecuenta la muerte, a burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: "si me han de matar mañana, que me maten de una vez".


En su novela “’El árbol de las brujas” (1972), el escritor Ray Bradbury hace decir a un niño estadounidense que aprende el significado ancestral del Halloween: “Allá, en Illinois, hemos olvidado de qué se trata. Quiero decir los muertos, allá en nuestro pueblo, esta noche, diantre, nadie piensa en ellos. Nadie los recuerda. A nadie le importan. Nadie va a sentarse a conversar con ellos. Eso sí que es soledad. Eso es verdaderamente triste. Mientras que aquí (en México), bueno… Es alegre y triste al mismo tiempo. Aquí en la plaza todo son petardos y esqueletos de juguete, y allá arriba en el cementerio todos los mexicanos muertos reciben las visitas de los parientes, y flores y velas y cantos y dulces”.


El Día de Muertos mexicano fue registrado en la lista del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2003 y ha sido retratado varias veces en el cine. El director ruso Serguei Eisenstein (famoso por su clásico mudo “El acorazado Potemkin”) incluyó una secuencia de esta fiesta en su inacabado film “¡Que Viva México!”, rodado a comienzos de los años 30.

En 2014 Se estrenó “El libro de la Vida”, película producida por Guillermo del Toro.

“Spectre” (2015), la entrega más reciente de la saga de James Bond, empieza con una espectacular secuencia del Día de Muertos en Ciudad de México.

Este diciembre se estrenará en Venezuela “Coco”, producción de Disney-Pixar también ambientada en el Día de Muertos.

Twitter: @mhnissnick

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