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Nunca falta en estas fiestas

El árbol de Navidad: historia y simbolismo

El pino navideño tiene una historia que se remonta a miles de años y un rico simbolismo compuesto por elementos paganos y cristianos

 Glade Jul. Cuadro de Viggo Johansen. (Cortesía: lanacaprina.blogspot.com)

  • MICHAEL NISSNICK

22 de diciembre de 2016 06:00 AM

Actualizado el 20 de enero de 2017 13:37 PM

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Los antiguos paganos decoraban  árboles de #Navidad miles de años antes de Cristo

La reina Victoria contribuyó a popularizar el árbol de #Navidad en el siglo XIX

Caracas.-El pino decorado que preside los hogares cada temporada decembrina es uno de las imágenes más potentes de la Navidad. Sus orígenes se remontan a miles de años antes de nuestra era y el rico simbolismo que lo rodea remite a cada elemento que hace tan emocionantes a estas fiestas. A continuamos les echaremos un vistazo.

La antigüedad y el roble

La humanidad ha sentido gran estima hacia los árboles desde la antigüedad.  No solo encarnan los poderes fecundos de la naturaleza, sino que su forma vertical engloba los mundos celestial, terrenal y subterráneo. Muchos pueblos de la Europa precristiana, especialmente celtas y germanos del norte, consideraban que los árboles eran habitados por espíritus a los que había que mantener contentos en aras de garantizar el equilibrio natural y la prosperidad de la tierra.

Uno de los árboles más venerados fue el roble, asociado a la fertilidad, la inmortalidad y la vida. No es extraño que desde muy temprano fuera la planta tutelar de dioses del rayo y el trueno como el griego Zeus y el nórdico Thor.  


Como muchas de estas civilizaciones se movieron en un ámbito rural, vivían en función del cambio de las estaciones. La llegada del invierno siempre era motivo de preocupación: la naturaleza se apagaba, las noches eran más largas que los días, hacía frío y el alimento escaseaba. Árboles como el roble, que eran de hoja caduca, perdían su follaje y solo quedaban sus ramas vacías.

Una de las costumbres más populares al respecto era decorar las ramas del árbol desnudo con telas, cintas, frutas y piedras pintadas para hacer a la planta más atractiva y así lograr que su espíritu volviera a habitarla. Asimismo, algunos pueblos practicaban una ceremonia llamada “Yule”.

El Yule se celebraba en diciembre y duraba doce días. La gente se reunía en sus casas, encendía grandes fuegos y hogueras, comía y bebía en abundancia. Asimismo, se talaba un enorme tronco de roble, se trasladaba al hogar y se lo ponía a arder. Debía ser lo suficientemente grande como para que no se consumiera hasta haber transcurrido la totalidad de las jornadas festivas.

Al final de las fiestas se guardaba un trozo del leño quemado y su ceniza, pues se creía que ambos funcionaban como talismanes de buena suerte y estaban dotados de poderes curativos.

El cristianismo y el pino

A partir de la Edad Media el cristianismo se impuso como la religión dominante en Europa. Pero pese a sus intentos, no consiguió erradicar del todo los viejos ritos paganos relacionados a la época invernal, entre ellos las ceremonias en torno a los robles sagrados. Por ende, adoptaron una estrategia más pragmática: no los eliminaron del todo, pero poco a poco fueron asimilándolos, quitándoles su simbolismo original y agregándoles un significado cristiano.

En esta paciente labor tuvo un importante papel un obispo inglés llamado san Bonifacio, que a comienzos del siglo VIII llevó a cabo una campaña de evangelización a gran escala en el norte de Europa, por lo que se le conoce como “Apóstol de Alemania”.

San Bonifacio tuvo un rol decisivo en el surgimiento del moderno árbol navideño. Cierta leyenda cuenta que hacia el año 723 cortó un roble sagrado dedicado al dios Thor. Como la divinidad nórdica no castigó al misionero por semejante afrenta, los germanos aceptaron convertirse al cristianismo. Bonifacio declaró que a partir de entonces el árbol sagrado sería el pino, al que llamó “Árbol del Niño Jesús”.

La elección del pino en sustitución del roble por parte de la Iglesia estuvo lejos de ser caprichosa. Los antiguos griegos y romanos lo consideraban el árbol sagrado de divinidades como Diana, Dionisos o Cibeles. Asimismo, a diferencia del roble, no pierde su follaje durante el invierno, por lo que luce como una explosión de vida en medio del rigor que caracteriza a esta temporada del año. Y por si fuera poco, su forma triangular se consideró un símbolo de la Santísima Trinidad.

La carga sagrada del roble se trasladó así al pino, el cual empezó a ser el protagonista de la navidades nórdicas y a partir de ahí se difundió por el resto de Europa. Fue especialmente popular en Alemania, desde donde pasó a Inglaterra entre los siglos XVIII y XIX gracias a la unión de la monarquía inglesa con la dinastía alemana de Hannover.

El árbol y la reina

Desde Inglaterra, la costumbre del árbol navideño tuvo mayor alcance internacional. La reina Victoria se había casado con su primo Alberto, un príncipe alemán que adoraba la tradición del pino invernal y la introdujo en la corte inglesa. El 23 de diciembre de 1848, la prestigiosa revista “The Illustrated London News” publicó un grabado en el que aparecían Victoria, Alberto y sus hijos en torno a un pequeño pino de Navidad. La imagen obtuvo tal popularidad que la costumbre se extendió en el resto del país.


Dos años más tarde, una publicación estadounidense reprodujo esta ilustración en sus páginas, pero haciéndole algunos cambios, como quitarle la corona a la reina y el bigote al príncipe para que se vieran menos aristocráticos y más en sintonía con el estadounidense promedio. Otro éxito: En 1856 se montó un árbol de navidad en la mismísima Casa Blanca y para finales del siglo era un hábito consolidado en la nación americana. Su difusión hacia el resto del mundo estaba asegurada.  

Símbolos

El árbol de Navidad tal como lo conocemos hoy rebosa de pequeños detalles llenos de significado heredados tanto del paganismo como del cristianismo.

Su color verde es uno de los predilectos de la Navidad, pues simboliza la esperanza, la fecundidad y la riqueza de la naturaleza.


Las luces que lo decoran tuvieron en tiempos precristianos un papel central en las ceremonias invernales, pues buscaban ahuyentar a los malos espíritus y estimular el regreso de la luz y el calor del sol. El cristianismo las hizo símbolos de Jesucristo como “Luz del Mundo”.

Con respecto a las velas del pino navideño, existe una hermosa leyenda sobre sus orígenes. Se cuenta que durante una Nochebuena del siglo XVI el reformador alemán Martín Lutero atravesaba un bosque de camino a su casa. Al mirar hacia arriba, se fijó en la luz de miles de estrellas filtrándose a través de las ramas de los pinos. Aquello lo conmovió tanto que cortó un árbol pequeño y al llegar a su hogar lo decoró con velas para recrear en lo posible ese espectáculo que lo impresionó en el bosque, pues a su juicio le hablaba de la grandeza de Dios y su creación. Si este relato no es auténtico, ciertamente merece serlo.

Pero el uso del fuego entraña grandes riesgos de incendios, lo que en parte llevó a la aparición de las luces eléctricas de Navidad a partir de 1882 gracias a un empleado de la compañía Edison.

La estrella que corona el árbol es quizás el adorno más fácil de identificar, pues remite a aquel astro que, según el evangelio de Mateo, guio a los Magos de Oriente hasta el pesebre del joven Jesús. Su simbolismo varía según el número de puntas: Cinco (convergencia de los principios masculino y femenino), seis (unión perfecta y armónica entre los contrarios) u ocho (equilibrio cósmico y vida eterna).


El fruto del pino navideño es la piña, otro referente estético de la Navidad, pues alude a la inmortalidad, el retorno cíclico de la vida y la fertilidad.


Las esferas son los adornos más populares de nuestros árboles decembrinos. Son las descendientes directas de aquellas manzanas que los antiguos germanos colgaban en las ramas desnudas de los robles en invierno. La manzana ha tenido alta estima desde tiempos inmemoriales por considerársele la encarnación de la abundancia y la salud.


La llegada del cristianismo asoció a la manzana con el fruto del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, cuyo consumo por parte de Adán y Eva trajo el Pecado Original al mundo. Como la teología cristiana considera que Cristo redimió a la humanidad de dicha pena con su muerte, al pino navideño también se le relaciona con la cruz y el Árbol de la Vida. Las esferas son, entonces, un recordatorio de la manzana del pecado, así como de la esperanza de retorno al Paraíso.  


Las bombitas de vidrio que hoy usamos en sustitución de las manzanas nacieron hace dos siglos en Bohemia (actual República Checa) de una forma interesante: como el trabajo de los sopladores de vidrio implicaba pasar largas horas frente al fuego, estos hombres bebían en abundancia durante las jornadas laborales para paliar la sed. Al final del día, ya bastante cargados etílicamente, se entretenían haciendo burbujas de vidrio que tiraban tras terminar el trabajo. Pero sus esposas, viendo potencial en ellas, las recogían, decoraban y vendían en los mercados navideños con el nombre de “bolas espirituales” y como remedio contra el Mal de Ojo.  No tardaron en volverse populares en todo el mundo y convertirse en un elemento central de la época más alegre del año.

Twitter: @mhnissnick

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