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"El nido" de José Luis Lozada: "El país bonito empezó a romperse"

El escritor y periodista venezolano, residente en Madrid, publicó esta novela con el sello Ediciones B.

 Lozada espera superar el bloqueo para abordar su próximo libro

CORTESÍA

  • ANA MARÍA HERNÁNDEZ G.

01 de marzo de 2017 01:43 AM

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"El nido" de José Luis Lozada: "El país bonito empezó a romperse"

Tres personajes, Sebastián, Héctor y Amanda, tejen una historia de amistad y de amor, de descubrimiento de la vida, y, sobre todo, del tránsito a la adultez. Ellos habitan la novela “El nido” del escritor y periodista venezolano José Luis Lozada, de Ediciones B.

Lozada vive desde hace tiempo en Madrid, donde “estoy dedicado a la producción audiovisual. Trabajo en una agencia en la que llevo la selección y el casting de extras, modelos y actores”. Desde allá, responde la entrevista vía correo electrónico.

"Es inevitable que la narrativa actual redunde en el tema de la situación del país porque es nuestra manera de plantear esas miles de preguntas que nos fuerzan a intentar contestar lo que nos está sucediendo como país, como sociedad"

-Usted reside en España, ¿qué realiza actualmente?

-Desde hace mucho tiempo estoy dedicado a la producción audiovisual. Trabajo en una agencia en la que llevo la selección y el casting de extras, modelos y actores. Casi toda mi vida profesional en España ha discurrido por ese camino. Damos ese servicio a productoras de series de televisión y películas. Sobre la escritura, es ineludible para mí escribir, aunque llevo un tiempo evitándolo, huyendo, realmente. Y como no deja de perseguirme, estoy intentando retomar el hábito porque me hace más daño no hacerlo. Después de escribir esta novela acabé deshecho. “El nido” me ha consumido y me ha dejado seco y aterrado. Suena muy dramático, lo sé, pero esa es la verdad. Después de escribir hace tres años esta historia he experimentado el tan temible bloqueo, y es terrible estar en ese limbo. Bueno, evitemos el drama y digamos que he tenido un largo parón que estoy intentando solucionar.

-Llama la atención percibir que la novelística venezolana reciente suele aludir a la situación actual del país. ¿Es su caso? ¿estaba en su intención, al escribir "El nido" que los personajes de alguna forma estuvieran inmersos en esa situación?

-Es inevitable que la narrativa actual redunde en el tema de la situación del país porque es nuestra manera de plantear esas miles de preguntas que nos fuerzan a intentar contestar lo que nos está sucediendo como país, como sociedad. Ahora mismo no hay forma de escapar. Se escribirá durante mucho tiempo sobre este período de nuestra historia, de eso no me cabe la menor duda. Aún queda mucho por entender porque creo que ni siquiera hemos empezado a hacerlo. Eso lleva tiempo; y con el tiempo, a su vez, adquieres la distancia necesaria para la reflexión.  Ahora mismo, los que escribimos, estamos vomitando, como los enfermos. El país está enfermo y esa enfermedad nos alcanza a todos, absolutamente a todos, incluidos los que llevamos tanto tiempo fuera. No es exagerado afirmar que, a los que escribimos, nos gusta y nos atrae la enfermedad.

-“El nido” comienza a finales de 1988 y culmina en 1999. Nunca me planteé hacer una crónica de este período, no al menos conscientemente; y “El nido” no lo es. Hay hechos puntuales y decisivos que nos ubican en ese tiempo porque para mí era importante situar la adolescencia y los primeros años de juventud de los personajes en esta década, ya que, como el país, coincide con el período en el que se incuba al adulto que todos seremos, y con el país que posteriormente fue, el país de hoy. Fue una década muy rica en el que la ilusión y el camino hacia el cielo se truncaron de golpe. La realidad nos dio a todos una bofetada. El país bonito empezó a romperse y salió a relucir otro que estaba escondido esperando su momento para asomar la cabeza. Ambos países tenían que encontrarse. Es lo mismo que crecer y dejar atrás la infancia: es inevitable y doloroso. Pero los personajes de esta novela son muy jóvenes para entender esto. Ellos solo viven para llegar a ser lo que sueñan, poco les importa lo que sucede. Cuando eres adolescente el mundo gira alrededor de ti, tú eres la última frontera. Sebastián y Amanda crecen en esta Venezuela. La Venezuela que yo conocí. Ahora mismo sería incapaz de escribir sobre el país que hoy es Venezuela, por pudor y por respeto a todos los que viven y sufren en sus propias carnes al país.

-El hecho de estar viviendo actualmente en Madrid y que el personaje Héctor se va a vivir precisamente a esa ciudad, hace pensar en que puede haber un tono autobiográfico en la novela ¿es así?

-Pues no voy a negar que hay mucho de mí en esta novela, incluso más que en “Cuatro estaciones y una voz”, mi primer libro publicado por Ediciones B. Siempre hay mucho de quien escribe en sus historias. Sería una tontería aclarar lo que ha sido real y lo que no porque tampoco he escrito una parte de mi vida, sí me he aprovechado de ella para desarrollar esta historia, como me he aprovechado de muchos de quienes me rodean.

 "La mayor defensa de Venezuela la he visto siempre de la boca de esos hombres y mujeres que dejaron atrás sus países para irse a construir una vida desde cero en el nuestro y que ahora tienen que volver obligados por la situación"

-Venir a Madrid partió mi vida en dos, y no hay mayor dolor en esta afirmación, pero sí la punta de un alfiler que te pincha de vez en cuando. Quien ha dejado su país sabe a lo que me refiero. Esta historia empezó a gestarse hace muchos años, pero yo no había adquirido la distancia necesaria para entender sobre lo que estaba escribiendo, así que no pude seguir. Tiempo después pude retomarla porque ya Venezuela estaba a muchos años de mí. He escrito sobre el tiempo en el que viví, la Caracas que yo conocí. La música que escuché, los libros que leí y que me formaron, y a los que intento homenajear aquí porque constituyeron un refugio y una vía de escape de la realidad.

-Es interesante ver que durante mucho tiempo fue Venezuela la que recibía a los inmigrantes, y ahora este es un país de emigrantes, ¿cómo ve usted esa situación? De hecho, su novela comienza con la migración, el retorno de una familia española...

-Sí, “El nido” es un viaje desde el principio hasta el final. De idas y de vueltas. Yo fui la primera persona de mi familia que abandonó el país, a mis padres jamás se les había pasado por la cabeza que eso pudiera suceder porque somos una familia típica venezolana. Los venezolanos no salíamos nada más que por placer, nosotros recibíamos, es cierto, pero los esquemas han cambiado, eso es más que evidente. Sin embargo, me interesaba hablar de esta familia en la que uno de sus miembros vivió como ella misma dice “treinta cinco años con el fantasma pegado a la nuca”. La madre de Héctor llega a Venezuela desde que era una niña y, sin embargo, aún conserva su acento gallego, sus costumbres, su comida, porque fue criada para ello: para que no olvidara nunca de donde venía. Eso es muy importante, sí; pero también significa alejarte y elegir vivir en la diferencia para conservar, en este caso, la esencia de un país al que apenas has conocido a través de lo que te han contado; porque este personaje apenas tiene recuerdos de su país de origen. Me resulta muy interesante porque a fin de cuentas, es este el personaje que más sufre cuando vive en Madrid, tanto que manda a traer todas sus cosas en un barco para decorar su casa exactamente igual a como la tenía en Venezuela.

-Debo decir también sin miedo a equivocarme que a Venezuela no la ha querido nadie como la quieren todos esos inmigrantes que llegaron a forjarse un porvenir. La mayor defensa de Venezuela la he visto siempre de la boca de esos hombres y mujeres que dejaron atrás sus países para irse a construir una vida desde cero en el nuestro y que ahora tienen que volver obligados por la situación. Sé de muchos que se niegan en redondo cuando tienen todas las posibilidades diciendo: yo no voy a volver a ningún sitio porque mi país es este y no me lo van a quitar. Está claro que cabe preguntarse si ahora mismo nos podemos permitir tales romanticismos, pero eso ya es otra cosa.

-En una parte del libro, se relata la historia de un ruso en las playas de Choroní ¿es suya o es un mito aragüeño?

-La historia del ruso es otro viaje, otra huida para olvidar el dolor, el engaño, la culpa y la miseria moral. La historia de este personaje es el viaje definitivo para construir una identidad propia porque ha vivido siempre una vida que no es la suya. Sí, es una historia mía. Una historia dentro de la historia en la que quise recuperar la oralidad de los relatos porque es Amanda quien la cuenta como nos contaban nuestros abuelos ciertas leyendas, al menos mi abuelo hacía eso conmigo y con mi hermano y de allí creo que me viene la semilla de querer contar. Creo que es la parte más venezolana del libro, y cuando digo venezolana me refiero a la esencia natural del país como mito paradisíaco en el que Choroní es el lugar de la redención. Como aragüeño me gusta que el paraíso esté justamente allí, en medio de esa selva nublaba que es el Henri Pittier, como escritor me lo puedo permitir (risas). La historia de Fyodor Dmitriyovich Petrov es un desahogo también, es una oportunidad para hablar de las atrocidades y los crímenes que parece estamos destinados a repetir una y otra vez.

-¿Y sobre la historia de Ramón, el árbol limonero?

-La naturaleza formó parte de mi educación sentimental así que imagino que por allí van los tiros. Volvemos a mi abuelo que plantó un árbol de frutas por cada uno de sus nietos, así que imagina lo que para él significaban. Y a mi abuela, a quien desde pequeño ayudaba con su pequeño vivero y sus rosales, a los que no descuidaba nunca. Acompañarlos a regarlos, podarlos y sembrarlos era para mí un ritual sagrado y respetuoso porque siempre había una especie de silencio sacro alrededor. Para ellos era natural y no creo que sean conscientes de lo que para mí significaba su manera de relacionarse con las plantas. Siento una conexión profunda con las matas desde pequeño, no lo puedo evitar. Cuando hacía cosas que no estaban bien me subía a los árboles de la casa de mi abuela para que no me alcanzaran y allí permanecía hasta que les pasaba el enfado. Uno de mis gatos se llama Samán. No puedo darte más razones que esas, la vida está allí, en ellos. Si Dios existe, debe vivir en un árbol.

-¿Considera que su libro es de temática gay?

-Mi libro cuenta una historia en la que uno de los protagonistas se enamora de otro chico y la ausencia de ese personaje es lo que me sirve de excusa para contar todo lo que hay en “El nido”. Los libros son buenos o malos, e incluso regulares, no son masculinos, femeninos o gays. Las etiquetas simplifican, nada más. Hay gente a las que les sirven porque se sienten más seguras clasificándolo todo, creyendo que tienen la certeza de algo. No deja de ser discriminatorio también, pero por suerte cada día es más obsoleto esto de clasificar a la literatura por géneros según los gustos del  protagonista. No me molesta tampoco que se diga que es de temática gay, más bien me entristece porque lo simplifica, y lo limita a ser una sola cosa.

-Luego de "El nido" ¿qué viene a continuación?

-No sé qué habrá después de “El nido”, aún me estoy recuperando como bien te decía en la primera pregunta. He pensado muchas veces en retomar algún personaje de mi primera novela, pero aún no me decido definitivamente. Si lo hago no creo que sea con las características formales de una saga. No he leído nunca ninguna como tal, así que te contestaría desde la teoría. De momento no me interesan este tipos de historias porque no he sentido la necesidad real de continuar con lo que yo considero, está acabado. Para mí, hasta ahora, ha sido sano despedirme de los personajes.

-Puedo asegurarte que ni se me ha ocurrido plantearme la historia en otro formato como el cine. No dejaría de ser halagador que a alguien le interesara para llevarla a la pantalla. Pero sería solo un instante de vanidad (que a veces viene muy bien) porque “El nido”, la historia que yo he escrito, es una novela. En pantalla sería cosa de otro, no la mía. 

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