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José Andrés Rojo: "El interés por la cultura no va a desaparecer"

El autor español es el invitado extranjero a la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, a realizarse del 28 de octubre al 5 de noviembre. El jueves, en Ciudad Banesco, ofrecerá la conferencia "Las diabluras del lápiz", en la gala preinaugural de la Filuc.

Rojo es también jefe de Opinión en el diaro madrileño El Paií

CORTESÍA LUIS SEVILLANO

  • DULCE MARÍA RAMOS

22 de octubre de 2017 02:30 AM

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José Andrés Rojo: "El interés por la cultura no va a desaparecer"

Por el destino histórico marcado por su abuelo (Vicente Rojo, jefe de Estado Mayor del Ejército republicano durante la Guerra Civil Española), José Andrés Rojo nació en Bolivia. Ya en su adolescencia llegó a España, y como afirma, siempre ha tenido esa sensación de estar y no estar por la lejanía de sus referencias infantiles. Si bien estudió sociología por recomendación de unos amigos de su padre, la fascinación por la literatura latinoamericana lo llevó al oficio de la escritura.

Al periodista y escritor español, que inaugurará el 28 de este mes la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, Filuc, con el foro Para Seguir Leyendo, le hace ilusión volver a Caracas, ciudad que conoció de niño y recuerda por su majestuosidad y modernidad que contrastaba con el país donde nació.

Rojo, que ha publicado los libros Hotel Madrid (1988), Vicente Rojo: retrato de un general republicano (2006), obra que fue reconocida con el Premio Comillas, y actualmente está al frente la sección de Opinión del diario madrileño El País, como todo español de hoy, manifiesta su preocupación por lo que sucede en Cataluña: “Es una de las crisis más graves que está atravesando la democracia española. El camino que han elegido los independentistas de romper la legalidad ha sido un error, por legítimas que sean sus aspiraciones. Espero que pueda recuperarse la autoridad y reiniciar un diálogo que ahora mismo está roto”.

–¿Hasta qué punto el papel de su abuelo en la historia de España marcó su vida?
–La salida del General Rojo, al caer Cataluña y a punto de terminar la guerra, y luego su paso itinerante por Latinoamérica, te contagia un poco de esa condición de no tener un hogar muy claro, sobre todo cuando tu padre quiere volver a su tierra y tú te ves arrastrado a no estar tampoco en ninguna parte. Eso pasa con las personas que por alguna razón tienen que abandonar el país de su infancia: esa sensación de estar y no estar. A mi abuelo le pasó por la guerra, a mí de una manera más doméstica. Ahora, en mi vida cotidiana no me marcó que mi abuelo fuera un personaje de referencia de la República; sí me afectó a título personal: ¿Quién es este señor a quien tratan con tanta deferencia? ¿Qué hizo? ¿Qué le pasó? ¿De qué manera vivió? Fue lo que me impulsó a escribir su biografía.

–En Camino a Trinidad, habla sobre Bolivia, país que dejó en su adolescencia. Digamos que sus circunstancias familiares están muy marcadas en su obra literaria.
–Sí, tengo un poco la impresión de que cuando dejas un sitio donde tienes todas tus referencias, que son las que tienes cuando eres niño, siempre estás inquieto por saber un poco qué está pasando. Tiene razón en conectar estos dos libros, aunque son radicalmente distintos, pero sí es verdad. Uno explora a mi abuelo, la historia de España, la Guerra Civil y mi familia del lado de mi padre; el otro libro lo hace más hacia el lado de mi madre, mis años de adolescencia y juventud, la historia de Bolivia, la guerrilla que vino después del Che... En el fondo tienen muchas conexiones.

–Después de explorar el tema familiar, ¿qué quiere resolver ahora en el plano literario?
–Tengo terminado un divertimento literario sobre la España de los años ochenta, concretamente en Madrid. Fueron unos años de sexo, drogas y rock ‘n’ roll; recreo esa época al estilo del folletín. Ahora estoy trabajando en un libro sobre el último año de lucidez del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, un autor que me es muy próximo. Me interesa mucho esa etapa final que lo va a conducir a la locura y que a su vez fue la de mayor creatividad, donde escribió libros que nos sirven para entender lo que nos está pasando hoy.

"Las redes sociales e Internet han dinamitado las viejas maneras de comunicarse o de establecer la relación entre el lector y lo que ocurre"

–Usted trabajó en Babelia, suplemento literario de El País. ¿Cómo ve el futuro del periodismo cultural?
–El interés por la cultura no desaparecerá. Las redes sociales e Internet han dinamitado las viejas maneras de comunicarse o de establecer la relación entre el lector y lo que ocurre. No creo que la cultura, por desgracia, llegue de igual manera o interese de igual manera a toda la población, sigue siendo una cosa de minorías. Pero también es verdad que gracias a las redes, esas minorías crecen y es más fácil llegar. El periodismo cultural tiene una larga vida, lo más complicado de todo no es que sobreviva como género, sino que el periodista cultural pueda vivir de ello.

–¿Y la crítica?
–La figura de la crítica es la más duramente tratada en estos tiempos. Internet y las redes sociales le han dado un poder particular al que se sienta delante de una computadora. Las personas frente a su pantalla se encuentran soberanos, no necesitan que nadie los ayude. Los críticos en el fondo lo que hacen es desglosar el camino, señalar atajos, enseñarte a disfrutar más de algo que te había pasado desapercibido, generar cierta jerarquía para decir que esto es mejor que lo otro. Yo siempre he entendido la crítica como una invitación que se hace al conocimiento y al placer de una obra. En este nuevo sistema, el crítico encontrará su sitio porque sigo pensando que su presencia es imprescindible.

"La lectura es un acto solitario, te saca de ti mismo a través de las palabras de otros y te lleva a otros mundos. Yo prefiero el libro en físico

–¿Cómo es su relación con la lectura?
–En el tema de la literatura sí soy más convencional, el lector siempre debe encontrarse a solas con el texto. Lo importante es la relación que establece alguien con el libro que está leyendo. La lectura es un acto solitario, te saca de ti mismo a través de las palabras de otros y te lleva a otros mundos. Yo prefiero el libro en físico.

–Ha manifestado en varias entrevistas que siempre quiso ser escritor, sin embargo estudió sociología y después se dedicó al periodismo.
–De niño y adolescente no leí mucho, soy un lector más bien tardío. Había leído los clásicos, El Quijote y esas cosas que se van leyendo por imperativo escolar. Pero ya fuera de lo estrictamente académico, me deslumbró la literatura latinoamericana: Borges, Onetti, Cortázar, Fuentes y Rulfo, que es uno de mis autores favoritos.

“En cuanto a la escritura –prosigue–, lo he estado pensado estos días: ¿Cuándo se produce ese salto? Yo estudié bachillerato en ciencias, mi futuro estaba apuntalado hacía la ingeniería o la arquitectura, mi padre es arquitecto y mis tíos ingenieros, no sé en qué momento me caí del tren. Empecé a tomar talleres, encontré cómplices que también escribían. Cuando te entusiasma mucho la literatura, quieres escribir y eso fue lo que me pasó”.

–Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira José Andrés Rojo?
–Es el marco desde donde veo el mundo. Quiero mirarlo sin resentimiento, con alegría y con una afirmación radical de que la vida merece la pena. Esa es la actitud. Vivir el presente no de manera heroica, sino disfrutando de las pequeñas cosas que te da la vida.

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