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Dos segundos ante Hugo Chávez

Hugo Chávez tras el cristal luce serio, estoico, como enojado con la muerte. Y si algo conocieron los venezolanos durante catorce años de su gobierno es cuando estaba molesto el presidente. Su rostro no transmite esa serenidad corpórea de los difuntos cansados cuando parten al más allá.

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Cientos de personas tras su entrada al recinto donde se encuentra Chávez (Efe)
FRANK LÓPEZ BALLESTEROS |  EL UNIVERSAL
viernes 8 de marzo de 2013  06:41 PM
Hugo Chávez tras el cristal luce serio, estoico, como enojado con la muerte. Y si algo conocieron los venezolanos durante catorce años de su gobierno es cuando estaba molesto el presidente.

Su rostro no transmite esa serenidad corpórea de los difuntos cansados cuando parten al más allá. Su edecán lo confesaba, "él no quería morir". "No podía hablar, pero lo dijo con los labios... 'yo no quiero morir, por favor no me dejen morir'". Chávez está hinchado, aunque sus gruesas facciones siguen marcadas, y el maquillaje lo hace ver casi albino, cuando él se enorgullecía de su origen sambo. 

Cabalmente vestido con el traje de honor militar, corbata negra, una banda y la boina roja coronando su cabeza, en ese féretro se ve a un Chávez hastiado de luchar contra una enfermedad que durante casi dos años lo mantuvo "aferrado a Cristo" porque era "la peor de sus batallas", hasta que el martes cinco de marzo, a las 4:25 de la tarde, cayó ante lo que es inevitable para cualquiera, la muerte. 

Desde la gran puerta del salón de honor de la Academia Militar donde está la urna, quince segundos separan al público del presidente. Al entrar a la imponente estancia dos alfombras rojas rigen el camino de la procesión popular hacia el féretro custodiado por oficiales de los cuatro componentes militares de Venezuela.

Frente a Chávez unos lloran. Otros se persignan, algunos simplemente guardan silencio y muchos llevan su brazo a la cabeza saludando al estilo militar, mientras miles simplemente estiran su cabeza para al menos intentar ver más allá del cristal en ese escaso lapso.

El salón está impregnado de ese lúgubre olor de las capillas mortuorias con las coronas funerarias de rosas, claveles, tulipanes, margaritas y crisantemos, que se pierden a lo largo del enorme pasillo contiguo por el que tienen que transitar sus seguidores para salir del recinto.

En ese largo corredor hay mantas y afiches con los rostros de Chávez y la gente puede escribirle mensajes. Unos se toman fotografías, otros se tiran al piso como quien llega a la meta de un maratón. Uno de esos escritos reza en tinta negra: "Eres luz Chávez, eres eterno y aquí estoy, haremos lo que nos pidas". Otro es más retador: "Te daremos los diez millones de votos".

No son muchos, ni miles, son cientos de miles de personas venidas desde todos los rincones de Venezuela los que están allí presente. Doce horas, veinticuatro horas, dos días, con hambre, sed, sueño, insolados, fatigados, sudorosos, cada quien lleva su tiempo, su historia y karma, pero no les importa, quieren ver a Chávez y sienten al muerto como propio y con desconsuelo.

Estaban los mudos que se entendían entre sí y peleaban por llegar a cada una de las tantas alcabalas. Se veía a la mujer con el esposo y tres niños, de cinco, seis y siete años, a la embarazada, al minusválido. Por el otro lado la anciana de cabellera ceniza con una franela roja viendo al cielo. El policía, el bombero, el obrero, el funcionario público, el alguien de algo de ese enorme aparato burocrático que mueve la maquinaria del Estado venezolano.

Allí está el venezolano del ministerio, de la misión, de la oficina más recóndita del pueblo menos impensable con la función más anodina en esta vasta geografía, que con el férreo rojo de autoridad y poder que sienten que expide su carnet, quiere llegar a lo imposible –ver a Chávez-, a merced de su influencia, de la "palanca" por su cargo, por muy simple que sea, por muy elemental que luzca; es esa sensación de autoridad y fuerza que deslumbra la eterna viveza criolla sin importar los demás. 

"¿Sabe por qué yo vine? Porque yo amo a este hombre, este hombre me dio vida, me dio fuerza y luz, es un ejemplo para todos y yo lo tengo que ver", dice José Gregorio, un muchacho de 19 años que llegó desde Guárico en un autobús con apenas 50 bolívares en el bolsillo. "De aquí me sacarán muerto pero tengo que ver a mi comandante", sentencia.

A estas alturas, ante el fervor que se sentía aquí hay quienes se preguntaban quién manda el país. No entienden lo que ocurre en las mieles del poder y entre "camaradas" discuten. Invocan la Constitución, a Chávez, y uno de ellos expone, ¿pero y por qué Maduro es el presidente ahora? Alguien le responde, "porque Chávez lo dijo". Y el otro remata: "eso no lo dice la Constitución, aquí hay quiquiriguiqui papá". 

Fuerte Tiuna, convertida en funeraria monumental, está desbordada. Las colas serpenteantes no guardan un orden y en cada tanto la gente desesperada grita en masa "queremos ver a Chávez, queremos ver a Chávez". Hay unos que bailan, cantan en coros, soban sus guitarras, tararean y otros tantos que se lanzan a la grama y la calle a ver una de las varias pantallas que reproducen entrevistas, discursos y fotografías del mandatario a lo ancho y largo de Los Próceres.

Pueden ser cuatro horas, diez, doce, quince horas, dos días y hasta tres, la gente está dispuesta a todo, al sol, a la lluvia, al calor, al frío, a la lluvia y hambre por darle el último adiós a su presidente. Un camión se acerca y comienza soldados a lanzar panes, galletas, botellas de agua, naranjas y mandarinas. La gente se vuelca por el bocado. Piden y piden. Son las 2:35 de la mañana, y por allá, sin saber el dónde, alguien lo grita: "¡Chávez al panteón!". Y le responden ¡Viva Chávez!

Frlopez@eluniversal.com

Twitter: @Franchuterias
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