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Larga vida al chavismo

Desde 1999 las convocatorias en apoyo al líder de la revolución, han sido multitudinarias. El movimiento bolivariano está en condiciones ideales para retener el poder. La gran interrogante, ahora que Chávez ha fallecido, es ¿cómo se van a comportar, qué rumbo van a tomar esas fuerzas telúricas, a favor y en contra, que él motivaba?

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En medio de un aguacero cerró la campaña el 4 de octubre en la avenida Bolívar (Archivo)
CLODOVALDO HERNÁNDEZ |  ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
viernes 8 de marzo de 2013  02:22 AM
Desde el primer día de su carrera política, el 4 de febrero de 1992, hasta el último de su vida física, el 5 de marzo de 2013, ha sido amado e idolatrado por sus partidarios de un modo tan intenso que conmueve. Y en ese lapso de 21 años, un mes y un día, también ha sido odiado y menospreciado por sus adversarios de una manera que espeluzna. Ser punto de confluencia de tan fuertes amores y odios, de tan agudas idolatrías y menosprecios es una característica exclusiva de las grandes figuras públicas, esas que quedan grabadas para siempre en la memoria colectiva. Hugo Chávez es una de ellas, ya no cabe duda.

En el ámbito de la política, esos especímenes son cada vez más raros. Abundan los dirigentes amados primero y odiados luego. Incluso, hay ejemplos de políticos que pasan del amor al odio y del odio al amor, por artes de una campaña electoral o de sus primeras acciones de Gobierno. Pero lo de Chávez ha sido otra cosa: las fuerzas encontradas que se han movido alrededor de su figura durante poco más de dos décadas de incandescente accionar político, no son producto de las caprichosas querencias o malquerencias de un pueblo tropical. Tampoco han sido meramente fenómenos artificiales inducidos desde laboratorios publicitarios. Han sido -y son- energías esenciales brotadas de la sociedad venezolana en un particular momento histórico. Y son tan poderosas esas energías, que su onda expansiva ha alcanzado escalas internacionales y -todo parece indicarlo- se prolongarán largamente en el tiempo.

La gran interrogante, ahora que Chávez ha fallecido, es ¿cómo se van a comportar, qué rumbo van a tomar esas fuerzas telúricas, a favor y en contra, que él motivaba? Es conveniente analizarlas por separado.

El gesto final

Es evidente que en el sector de la población que respalda al Comandante, su ausencia dejará un vacío enorme, que comenzó a sentirse ya durante la larga convalecencia, especialmente desde que se ausentó por completo de los medios de comunicación. No es para menos, si se toma en cuenta que la distancia entre Chávez y los demás líderes revolucionarios es de magnitudes siderales.

Los 14 años de ejercicio de la Presidencia permitieron formar una extensa urdimbre de líderes intermedios y populares, pero ninguno que hubiese alcanzado las dimensiones de Chávez. De acuerdo con los detractores, el personalismo del mandatario impidió la formación de una figura de relevo. Según los partidarios, simplemente esto ocurrió por imperativo de la realidad: Chávez nunca tuvo a alguien que le hiciera sombra porque era un dirigente fuera de lote, estaba sobrado.

Esta especie de soledad en la vanguardia ha sido siempre un riesgo para el movimiento revolucionario, pues podía entrar en crisis como consecuencia de la ausencia -cualquiera fuese la causa- de su gran líder. A ello apostaron durante años quienes, sin rubores, le desearon la muerte y también aquellos que, yendo aún más lejos, acariciaron la idea del magnicidio.

Sin embargo, el propio líder, en lo que fue su última alocución al país, hizo el gesto de conjurar el peligro latente de que el chavismo se apagase junto con su vida. El 8 de diciembre de 2012, antes de partir hacia La Habana para afrontar una nueva intervención quirúrgica, el Comandante difundió su testamento político, con una claridad que solo se negaron a entender quienes se aferraban a la convicción de que sanaría.

En una aparición pública, cuyo impacto solo puede compararse con la que marcó su nacimiento como figura histórica, la del legendario "por ahora" del 4 de febrero de 1992, el Presidente marcó el rumbo a seguir de una forma inequívoca. Chávez, en el equivalente a su última proclama, legó entonces su inmenso liderazgo, sin dejar el menor espacio para la duda, en uno de sus colaboradores más consecuentes, el vicepresidente Nicolás Maduro.

En el trayecto de los casi tres meses transcurridos entre ese último discurso y la hora del fallecimiento de Chávez, pese a una intensa campaña opositora orientada a demostrar fisuras y divisiones, Maduro ha ido asumiendo ese rol de sucesor indiscutido. Según las encuestas, gracias a las postreras instrucciones dadas por el Comandante, no solo se ha transferido eficazmente a Maduro el control del gobierno revolucionario, en un sentido abstracto, sino que también se le ha endosado la intención de voto, algo que muchos especialistas consideraban imposible.

Así pues, la opción de mantener en alto, en ausencia de Chávez, las banderas de la Revolución Bolivariana no parece enfrentar, en  lo inmediato, ningún obstáculo insalvable. Las tremendas fuerzas emocionales que han desatado su fiera lucha contra la enfermedad y, ahora, su desaparición física, lucen más que suficientes para impulsar al movimiento político que gestó y dirigió hacia una nueva victoria electoral. Los dos recientes triunfos (el del propio Chávez, en octubre, y el de sus candidatos en los comicios regionales, en diciembre), son otros factores de peso para vaticinar que habrá continuidad en el proceso revolucionario.

Más allá de esos elementos de naturaleza principalmente afectiva, la pervivencia del modelo político instaurado por Chávez tiene anclajes estructurales. El fallecimiento del Comandante encuentra a la Revolución mucho más arraigada y establecida en el tejido social de lo que estuvo en otros momentos críticos. Por solo citar un ejemplo, cuando fue derrocado brevemente en 2002, la situación de las fuerzas revolucionarias era precaria; la organización popular, casi nula; aún no existían las misiones sociales; y la capacidad de movilización opositora había alcanzado su máximo potencial. A pesar de ello, el chavismo se sobrepuso y retomó el Gobierno. Hoy, mucho mejor estructurado, con bases organizadas, las misiones en una etapa de mostrar logros y con una oposición debilitada, el movimiento bolivariano está en condiciones ideales para retener el poder. Naturalmente, la viabilidad del chavismo posChávez a mediano plazo dependerá ya de otras variables, entre ellas -en lugar destacado- el apego que los sucesores demuestren a la manera de gobernar que caracterizó al Comandante. Si hubiese una diferencia demasiado notoria en ese aspecto, se puede apostar a que el pueblo chavista pasará factura. En suma, los herederos de Chávez están obligados a mandar como él, incluso con  algo de su estilo, aunque bien se sabe que este constituyó la más peculiar de sus características.

Las fuerzas contrarias

¿Y qué va a pasar con esas profundas fuerzas, también telúricas, que durante estos 21 años han repudiado a Chávez hasta los límites de la falta de humanidad? ¿Lograrán mantenerse cohesionadas y encarnar un proyecto alternativo, habiendo desaparecido el objeto de sus más oscuros sentimientos?

El período de ausencia del Presidente posterior al 8 de diciembre, puede dar una señal indicativa de lo que viene. Sin Chávez en el escenario, la oposición lució desarticulada en sus planteamientos, dio señales de división y adoleció de capacidad de movilización, salvo eventos muy reducidos o netamente mediáticos. Los líderes intentaron adelantar el choque con el vicepresidente Maduro y atizar supuestos enfrentamientos entre él y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. También han procurado atacar las acciones de gobierno y cuestionar la legalidad de las autoridades establecidas después del 10 de enero. Pese a todos esos esfuerzos, no termina de perfilarse un liderazgo y una visión de país que sean capaces de competir contra la mítica herencia de Chávez.

Durante los 14 años en que Chávez dominó la vida política, uno de sus aliados fundamentales fue la tendencia de la dirigencia opositora a minimizar sus virtudes como líder. La subestimación de los adversarios (a él y a sus seguidores) le permitió avanzar en su proyecto  hasta unos extremos difíciles de imaginar cuando empezó a gobernar, en febrero de 1999.

Durante años y años, dirigentes y analistas opositores insistieron en afirmar que el apoyo de las masas tenía naturaleza clientelar, que Chávez no era más que un populista con mucho dinero para repartir. Ni las lecciones más duras que recibieron  en los centros de votación y en las calles, lograron que esa dirigencia opositora y mediática modificara su mineralizada opinión. Quizá, si hubiesen aprendido a valorar los atributos de este hombre en su justa dimensión, habrían tenido mayor oportunidad de derrotarlo.

¿Dejarán de menospreciarlo ahora que ya no es un portentoso líder activo y se encamina a ser una emoción popular de profundas raíces, el espíritu de una idea de cómo debe funcionar el mundo, el alma viva de un movimiento político con rasgos casi religiosos?  No parece lógico esperar tal cambio de actitud y, por lo tanto, cabe pronosticar  -en esta semana signada por la muerte- una larga vida al chavismo.

clodoher@yahoo.com


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