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OPINIÓN
Entre la madurez y la banalidad ante la tragedia de Amuay
Los candidatos asumen de manera distinta el desolador suceso
ROBERTO GIUSTI
| EL UNIVERSAL
miércoles 29 de agosto de 2012 12:00 AM
Si bien la previsión y el cumplimiento de los protocolos de mantenimiento no forma parte de su concepción del negocio petrolero, que no se concibe como tal sino como arma geopolítica, el chavismo tiene la virtud de reaccionar con prontitud y eficacia a la hora de reparar los daños causados por su propia ineficacia.
Es así como luego de medio centenar de víctimas y de una catástrofe sin precedentes en la historia de la industria petrolera, entra en acción el aparato propagandístico oficial con el candidato presidente a la cabeza. La ofensiva se desarrolla en distintos frentes y con diversidad de argumentos. Así, por ejemplo, el vocero fundamental no acude a la sempiterna excusa del sabotaje por desgastada y poco creíble, pero se la deja a algunos de sus acólitos para embolatar a los incautos, mientras él se dedica a decretar duelo, a moverse hacia el sitio para demostrar su solidaridad, ofrecer una investigación y a transmitir la sensación de que el aparataje estatal restablecerá muy pronto las tareas de la refinería, los heridos están siendo atendidos y que aquí no ha pasado nada porque "los muertos resucitarán" y la "función debe continuar". Mientras, atrás, como telón de fondo, el candelero que se eleva desde los tanques hacia los cielos, le dice al mundo que sí, que la tragedia continúa.
En fin, se trata de borrar la impresión de lo ocurrido (algo nada fácil) y desviar la atención hacia lo que se puede hacer para que se olvide lo que se dejó de hacer. Es decir, el incumplimiento de las normas básicas de mantenimiento y la irresponsabilidad criminal que produjo la explosión y así poner el énfasis en la prontitud que se ha tenido, por ejemplo, en llevar consuelo y resignación a los angustiados venezolanos que claman por sus desaparecidos y sus muertos. Una reacción que suena a estrategia política dirigida a sacar provecho de la adversidad.
En contraste, la reacción del candidato Capriles ha sido de precisa y exacta sobriedad. Primero, suspendió temporalmente el desarrollo de su campaña electoral, luego lamentó la tragedia, contabilizó las desgracias colectivas que se han venido sumando a lo largo de las últimas semanas como fenómenos que no son producto de la casualidad y expresó su confianza en los trabajadores petroleros. Pero por más prudentes que haya sido y por más tacto que haya tenido para pronunciarse sin caer en la demagogia, dejó claras dos cosas innegables. Por un lado cuestionó la ligereza con la que Chávez se refirió a lo ocurrido demostrando una madurez, ante la gravedad de lo ocurrido, de la cual carece un contendor bastante más mayor. Luego tocó dos puntos medulares. Primero se refirió a la politización de una empresa que es la causa de lo ocurrido, librando a los trabajadores de PDVSA de cualquier tipo de responsabilidad, distinción fundamental para comprender lo que ocurre. Finalmente exigió una investigación seria y transparente de lo ocurrido. Algo, que, seguramente, tendrá mucho que ver entre las tareas que le esperan en un futuro cercano.
rgiusti@eluniversal.com
Es así como luego de medio centenar de víctimas y de una catástrofe sin precedentes en la historia de la industria petrolera, entra en acción el aparato propagandístico oficial con el candidato presidente a la cabeza. La ofensiva se desarrolla en distintos frentes y con diversidad de argumentos. Así, por ejemplo, el vocero fundamental no acude a la sempiterna excusa del sabotaje por desgastada y poco creíble, pero se la deja a algunos de sus acólitos para embolatar a los incautos, mientras él se dedica a decretar duelo, a moverse hacia el sitio para demostrar su solidaridad, ofrecer una investigación y a transmitir la sensación de que el aparataje estatal restablecerá muy pronto las tareas de la refinería, los heridos están siendo atendidos y que aquí no ha pasado nada porque "los muertos resucitarán" y la "función debe continuar". Mientras, atrás, como telón de fondo, el candelero que se eleva desde los tanques hacia los cielos, le dice al mundo que sí, que la tragedia continúa.
En fin, se trata de borrar la impresión de lo ocurrido (algo nada fácil) y desviar la atención hacia lo que se puede hacer para que se olvide lo que se dejó de hacer. Es decir, el incumplimiento de las normas básicas de mantenimiento y la irresponsabilidad criminal que produjo la explosión y así poner el énfasis en la prontitud que se ha tenido, por ejemplo, en llevar consuelo y resignación a los angustiados venezolanos que claman por sus desaparecidos y sus muertos. Una reacción que suena a estrategia política dirigida a sacar provecho de la adversidad.
En contraste, la reacción del candidato Capriles ha sido de precisa y exacta sobriedad. Primero, suspendió temporalmente el desarrollo de su campaña electoral, luego lamentó la tragedia, contabilizó las desgracias colectivas que se han venido sumando a lo largo de las últimas semanas como fenómenos que no son producto de la casualidad y expresó su confianza en los trabajadores petroleros. Pero por más prudentes que haya sido y por más tacto que haya tenido para pronunciarse sin caer en la demagogia, dejó claras dos cosas innegables. Por un lado cuestionó la ligereza con la que Chávez se refirió a lo ocurrido demostrando una madurez, ante la gravedad de lo ocurrido, de la cual carece un contendor bastante más mayor. Luego tocó dos puntos medulares. Primero se refirió a la politización de una empresa que es la causa de lo ocurrido, librando a los trabajadores de PDVSA de cualquier tipo de responsabilidad, distinción fundamental para comprender lo que ocurre. Finalmente exigió una investigación seria y transparente de lo ocurrido. Algo, que, seguramente, tendrá mucho que ver entre las tareas que le esperan en un futuro cercano.
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