Una noche que muchos queremos olvidar
La Casona, las casas y edificios quedaron agujereados. Parecía un campo de guerra
"Alto el fuego, alto el fuego, digan quiénes son y qué quieren". Eso era lo que se escuchaba entre el estruendoso ruido de la balacera que opacaba la tranquilidad de la noche. Eran pasadas las 12:00 de la madrugada de aquel 4 de febrero de 1992 y los que vivíamos frente a la casa presidencial de Carlos Andrés Pérez en La Carlota no sabíamos de dónde venían los tiros.
Simplemente nos disponíamos a resguardarnos en la habitación menos accesible a las balas o a las repetidas explosiones. Escuchábamos la voz a lo lejos de aquel megáfono que pronunciaba esas frases, haciendo que solo por minutos se detuviera el fuego.
Todos estábamos en aquel cuarto llenos de incertidumbre y temor. Mi padre intentando ver por el televisor qué sucedía. Recuerdo que tenía un suéter negro tapando la pantalla para no emitir ningún tipo de luz. En la cama uno de mis dos hermanos con fiebre pues esa misma semana se había fracturado una pierna y yo en el piso de la habitación con mi otro hermano.
Las fuertes explosiones producto de los morteros hacían que nos tapáramos los oídos. Pero lo extraño del caso es que no escuchábamos ni sentíamos a los insurrectos en el techo de la casa, por lo cual presumimos que la balacera era hacia el lado de La Casona y no hacia el Cuartel que es donde vivíamos.
Quizás la más tranquila era mi abuela, quien ya había vivido el golpe de Estado contra Rómulo Gallegos en 1948. Para aquel entonces ella vivía en los recién construidos edificios de El Silencio y nos contaba que los soldados se metieron en los apartamentos a disparar desde las ventanas, mientras ella les tenía que dar papelón para aguantar la sed y la adrenalina del momento. Esa noche con una emoción nerviosa quería asomarse en el balcón de la casa para ver qué pasaba, pero mi madre la contenía con gritos de incertidumbre.
Nadie sabía nada
Entre vecinos nos llamábamos por teléfono, esperando conseguir una respuesta de aquel espantoso evento. Nunca pensamos que vivir en frente de la casa presidencial sería un arma de doble filo, pues de ser un lugar tranquilidad en cuestión de segundos se convirtió en la zona más peligrosa de Caracas. Nadie podía entrar ni salir y los pocos que lo intentaron se encontraron dramáticamente con el fuego cruzado.
La desinformación se disipó al ver aquel hombre de la camisa rosada en el Canal 8, llamando a los venezolanos a apoyar lo que en aquel momento era solo una revuelta militar. "Esto es un golpe de Estado", decía mi padre, mientras seguían escuchándose los tiros en la calle y en la televisión una tanqueta intentaba ingresar a Miraflores.
Esa noche fue larga, evidentemente el sueño no apareció por ningún lado sino ya pasada las 5:00 de la mañana, cuando al fin no se escucharon más disparos. Temerosos mis padres se fueron asomando al exterior de la casa y lograron ver soldados amigos avisando que ya estaba bajo control la situación.
Pudimos ver que, gracias a Dios, en nuestra cuadra no hubo tiroteo, pues estratégicamente era un suicidio que los insurgentes atacaran por ese lado del cuartel. Sin embargo, luego de pasado el Golpe de Estado supimos que el despliegue fue hacia Santa Cecilia, la plaza de La Casona y el costado de la avenida Principal de La Carlota.
Lo que quedó
A los insurrectos los detuvieron y juntaron en la plaza hasta el amanecer, esperando un transporte que se los llevara. Luego de eso los vecinos pudimos pasearnos por el lugar. Los muros blancos de La Casona quedaron con impactos de las ráfagas del tiroteo y manchones negros producto de los morteros, el suelo era un sembradío de casquillos de balas -aún se podían encontrar cintas de proyectiles de fusil-, y lo más impresionante, los rastros de sangre de los soldados caídos o heridos durante el enfrentamiento.
Las casas y edificios quedaron agujereadas, con vidrios rotos y los vehículos destrozados. Cuentan que a los enfermos de la extinta Clínica Santa Cecilia los lanzaron al suelo y los enfermeros tuvieron que colocar colchones en las ventanas. Todo parecía un verdadero campo de guerra.
El recuerdo de esa noche para los vecinos de La Carlota, Campo Claro y Santa Cecilia, para los enfermos y familiares que estaban internados en la clínica, y para los parientes de los venezolanos que, sin tener nada que ver en este Golpe de Estado, perecieron por estar en el lugar menos indicado, y de los mismos soldados caídos; no es para celebrar.
Fue un trauma que al poco tiempo de medio disiparse volvió a revivir el 27 de noviembre de ese mismo año. Unos celebran la fecha como la rebelión de un pueblo que nunca salió a la calle. Otros ni la queremos recordar.
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