Baduel está consternado: nadie parece dispuesto a atender
su exhortación. La constituyente que propone no logra
cautivar a la audiencia nacional. Tampoco sus advertencias
acerca de "este barco que va camino a la colisión"...
Se siente incomprendido, y sobretodo, superado por las circunstancias...
Baduel nunca llegó a imaginar que su influencia se vería
reducida tan rápidamente. Cuando aún era un oficial
activo, con el pecho iluminado por los soles, pensó que
su rango de "requeteoficial" prolongaría la autoridad
de su palabra. Un año después del honroso retiro
las perspectivas se le han invertido. La vida civil se le
volvió una incomodidad: lo más difícil no fue
colgar las guerreras y los capotes, sino presenciar la fría
indiferencia con que hoy son recibidas sus mecánicas
prédicas políticas.
A estas alturas, Baduel habrá tenido la oportunidad
de entender que la gente ya no cree en las admoniciones de
los militares sin mando. También ha debido darse cuenta
del escaso eco que consiguen las fórmulas mágicas
a las que alude en su presumida "solución". La realidad
es terca y sarcástica: ahora que Baduel va, los ciudadanos
vienen. Ellos lo han probado todo, mientras el general apenas
se incorpora a la batalla: cada uno transita una fase diferente
de la desesperación... El asunto es un drama personal:
y no puede ser de otro modo, porque el general no está
en condiciones de responder como quisiera a la pregunta que
tanta gente le formula: ¿Por qué ahora, general,
por qué ahora?
Aunque la respuesta está a la mano -porque Baduel se
declaró siempre respetuoso de la Constitución (¿?)-,
el general no halla cómo excusarse por haber tolerado
que durante su mandato se impusiera el "patria, socialismo
o muerte". Tampoco consigue la forma de justificar la omisión
que cometió entonces y que tardíamente reconoce
al señalar que "los grados militares no son nada para
un régimen que controla todos los poderes". La afirmación,
una verdad impepinable, lo coloca, sin embargo, ante otra
de sus protuberantes contradicciones. No es un secreto que
Baduel bregó con manifiesta dedicación el grado
de generalísimo que antes -y también como premio
a sus favores- había obtenido su colega Lucas Rincón...
Seguramente lo peor de todo es tener que vivir con el fantasma
de Arias Cárdenas a la espalda. Los saltos zigzagueantes
de su ex compañero de juramento le representan un karma
del que no encuentra cómo zafarse. Baduel -es evidente-
hace todo cuanto está a su alcance para que le crean.
Incluso ha llegado a suplicar la atención del país.
Pero los venezolanos no olvidan el tiempo que esperaron por
él, ni la esperanza infructuosa que se esmeraba en alimentar
con sus humitos enigmáticos... Las percepciones colectivas
son una cosa seria: por eso, y aunque son comprensibles las
preocupaciones del trisoleado, más lo son las dudas de
quienes siguen preguntándose ¿qué será
lo que quiere el general?
Argelia.rios@gmail.com