Cuánto me ha enseñado una señora a la cual
he ido a administrar la unción de enfermos! Pensaba acompañarla,
consolarla, fortalecerla en su dolor y resultó todo al
revés. La encontré en paz y tranquila, me atrevo
afirmar que se le veía hasta satisfecha. Cuando le pregunté
cómo se sentía, me dijo: -Siempre he agradecido
a Dios todas las cosas, las amables como las dolorosas, pues
es infinitamente bondadoso. Como buen Padre, me eligió
un tiempo y un lugar para nacer, me dio un hogar y unos hermanos
que me supieron dar mucho amor, me dio unas cualidades y también
unas limitaciones. Y ahora, ha permitido esta enfermedad que
me está consumiendo-.
Ella era consciente que el final de su vida podría llegar
de repente, de un paro cardiaco, un ACV (accidente cerebro
vascular) o en el mejor de los casos dormida en su cama. Pero
no, Dios le pedía consumirse lentamente como un cirio
en espera del último suspiro. Por eso estaba tranquila,
porque aceptaba con amor y resignación la voluntad de
Dios. ¡Qué duda cabe que el sentirse amado por Dios es
un gran tesoro!
Tesoros del cielo
Este hecho me hizo recordar el evangelio de este domingo
donde Jesús alaba al Padre porque ha revelado los tesoros
del cielo a la gente sencilla y se los ha escondido a los
sabios y entendidos del mundo. "Sí, Padre, porque así
te ha parecido bien" (Mt. 11,26).
Qué distinta es la actitud de los que se rebelan contra
Dios. Sufren más porque olvidan que su vida no está
en sus manos y no aprovechan el valor redentor del dolor.
No ven estos momentos como un regalo, tal vez el último
que habrán de recibir, pues no porque sea costoso a la
naturaleza deja de ser beneficioso, fecundo y redentor.
Sabiduría
La verdadera sabiduría cristiana no está en relación
al acervo de conocimientos, sino con la experiencia que se
tenga de una persona, Cristo, que es mi Dios y mi Señor.
El domingo pasado el Papa inauguró el año Paulino
y en la homilía nos mostraba cómo para entender
la vida de Saulo de Tarso, habría que fijar la mirada
en lo que constituye el resorte fundamental de su entrega:
"Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó
por mí" (Gal. 2,20). Aquí está expresado lo
que han vivido todos los que han creído en la fuerza
del amor y se han lanzado a predicar que Dios existe y que
vale la pena conocerlo y amarlo.
Esto fue lo que experimentó un Juan Pablo II, una Madre
Teresa de Calcuta, San Maximiliano Kolbe y lo está predicando
con su vida el Papa Benedicto XVI.
jmotaolaurruchi@legionaries.org