La expresión del título es de Ingrid Betancourt,
una vez liberada de sus captores. Fue la dominante en las
páginas de este diario el 2 de julio pasado. Y lo cierto
es que envuelve enormes significados sobre los cuales cabe
reflexionar en esta hora de desenlaces.
Ingrid narra su experiencia dentro de la selva y nos cuenta
como fue tragada por su hábitat inhóspito y le cuenta
a los ambientalistas cómo la naturaleza, en su expresión
más primitiva, domina y es hostil a lo humano. Estuvo
ella dentro de la selva profunda y ésta, por tupida,
no le permitió siquiera ver el sol de cada mañana,
y su cuerpo se lo laceraba.
De modo que, sin imposturas, por ajenas a su mismo drama,
nos quiso decir que la vida está hecha de equilibrios
inexcusables. Le cabe al hombre conservar el entorno como
patrimonio que también pertenece a las nuevas generaciones,
pero no puede hacerlo renunciando a su condición de señor
de la misma naturaleza y por encima de ella.
No pude evitar reparar para mis adentros en la conseja, de
estirpe populista y nada revolucionaria, que dice acerca de
conservar a nuestros indígenas y a sus culturas dentro
de sus tierras ancestrales y si posible respetando sus condiciones
de vida natural; lo que sugiere, antes bien y como creo, un
principio para excluirlos de los beneficios del progreso y
de la modernidad.
Pero lo dicho por Ingrid puede leerse mejor a la luz de su
relación con sus captores y haciendo prueba de que no
todo secuestrado sufre, necesariamente, del síndrome
de Estocolmo. Su vuelta de la prehistoria le significó
su liberación de otro ambiente tan o más hostil
para la vida humana como aquél recreado por los hombres
quienes creen, a pie juntillas, que la existencia supone a
El Leviatán: la violencia del hombre contra el hombre.
Eso que representan, justamente, las FARC en Colombia y su
adlátere en Venezuela, quien no cesa de predicar una
revolución pacífica pero armada.
La liberación ocurrida mediante una operación inteligente
y no sólo de inteligencia es, de suyo, un canto a la
vida humana y al uso racional de la libertad. Es ella, pues,
un buen signo de los tiempos por venir y en cuyo parto hemos
de contribuir todos, con el mismo espíritu que nos revela
esta maravillosa mujer que ha vuelto de la prehistoria.
Entrevistada por Patricia Janiot e interpelada sobre aquello
que como experiencia personal le significó su secuestro
por la narcoguerrilla, dijo Ingrid lo que sólo puede
decirse con la sabiduría de quien habla de derechos humanos
por haberlos perdido. "Aprendí a ser tolerante", pero
todo cuanto perdí por la violación de mis derechos
es ya irreparable, finalizó.
"Regresé de la prehistoria" nos trae otra lección
ejemplar.
Antes de su secuestro Ingrid Betancourt era una activista
de la política y candidata a la Presidencia, por lo demás.
A ese menester se dedicaba a plenitud, tanto que, como ella
lo cuenta, no se dio tiempo para nada distinto de su quehacer
como política. Ahora, libre, pudiendo apreciar los amaneceres,
nos dice que en lo sucesivo, por encima de todo, su tiempo
será para los hijos y para su madre en una realidad que
le negó la selva y le negaron las FARC, pero que ella
misma se había negado antes por exigencias de la política.
El mito de Prometeo dice que éste, para paliar el infortunio
de los humanos, robó el fuego y las artes a Hefesto y
también a Atenea para equipar con ellos a los hombres
desnudos, atrapados en sus prehistorias. Pero la verdad fue
que no podían sobrevivir sólo con tales artes porque
carecían de la principal: el arte de la política.
Y fue entonces cuando Zeus comisionó a Hermes para dotarlos
de "el pudor y la justicia a fin de que en la polis hubiese
armonía y lazos creadores de amistad". La virtud de la
política era, así, propia e inherente a cada ser
humano. Cuando unos escuchaban a otros hablar de política,
lo recuerda Platón, no lo hacían por carecer de
tal virtud sino para desarrollar la propia todavía más.
De modo que, al volver a su familia, Ingrid no renuncia a
la política ni a su condición como tal. Vuelve al
seno primario -no primitivo- donde fraguan las primeras enseñanzas
sobre el pudor y el sentido de la justicia. De modo que, el
otro mensaje que nos deja este emblema de libertad que en
lo sucesivo será ella, suerte de Prometeo para el Occidente,
es que nadie puede pretender hacer ciudad o ciudadanía
sin la experiencia habitual de la familia. Y por eso Ingrid
Betancourt dejó atrás a la prehistoria, que es tanto
como decir que tiró al trasto de la historia lo que representan
las FARC y todos quienes se empeñan en hacer política
a contravía de la virtud, predicando la intolerancia,
sembrando la inamistad entre los hombres.
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