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El Holocausto sigue vivo en la memoria de los sobrevivientes 74 años después

En las historias de Trudy Spira, relatada por su hijo Ernesto, y la de Françoise Bielinsky o “Paca” Sitzer, se observan las dos caras de lo que significa sobrevivir al Holocausto

  • AMANDA ACEVEDO

27/01/2019 05:30 am

El 27 de enero de cada año se rinde tributo a la memoria de las víctimas del Holocausto y se conmemora la liberación en 1945, por las tropas soviéticas, del campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz, donde aún se encontraban algo más de 7.500 prisioneros.

A pesar de que han transcurrido 74 años desde aquel día, las heridas provocadas por el Holocausto siguen abiertas, las memorias en carne viva y sus efectos todavía sin atenuar. 

Venezuela durante y tras la Segunda Guerra Mundial se convirtió en un lugar para comenzar de nuevo para muchos de los sobrevivientes. 

En las historias de Trudy Spira, relatada por su hijo Ernesto Spira, y la de Françoise Bielinsky, mejor conocida como “Paca” Sitzer, se observan las dos caras de lo que significa ser un “sobreviviente del Holocausto”. 

Trudy Spira llegó a Auschwitz- Birkenau en 1944 con su familia cuando apenas tenía 13 años. Para evitar ser enviada directamente a la cámara de gas, mintió sobre su edad diciendo que tenía 16 años, edad mínima según los nazis para realizar trabajos forzados. Logró engañar a Josef Mengele, quien era el encargado de las revisiones. 

Al ser muy pequeña todavía, no podía cumplir con la cuota diaria de producción, pero por un tiempo pudo cubrirse esa falta, hasta que en diciembre de 1944 fue obligada a pararse descalza sobre la nieve alrededor de 20 horas, sosteniendo en cada brazo 20 kilos de peso, como castigo por su baja productividad. 

Llegó arrastrándose hasta su barraca, sus pies se congelaron y estaban negros hasta la altura de las rodillas. Cuando la atendieron el día 26 tenía gangrena en tres dedos de un pie y los nazis decidieron hacer un experimento con ella para determinar cuánto dolor podía soportar una persona. 
Con una tijera pequeña le amputan los tres dedos gangrenados sin anestesia. 

Ante las noticias de que los rusos estaban por llegar, los nazis comenzaron a formar grupos para marchar hacia Alemania, Hedy, sin poder caminar, fue dejada atrás junto a muchos prisioneros más para ser quemados junto a las barracas. 

El 27 de enero del 1945, los rusos liberaron el campo y poco tiempo después Hedy pudo reencontrarse con su mamá y su hermano. 


Trudy Spira mostrada por los soviéticos al liberar Auschwitz, enseña su pie con tres dedos amputados


"No es una sonrisa lo que muestra su cara, es una mueca de dolor"


Paca Sitzer tenía solo tres años cuando los nazis llegaron a París y al norte de Francia. Sus padres no tenían documentación porque procedían de Polonia, un país en guerra. En Francia no tenían ciudadanía pero si residencia legal. Los nazis, junto a fuerzas francesas, comenzaron a recoger a todos los residentes extranjeros, especialmente a los judíos. 

Arrestaron a su padre, para llevarlo a un campo de concentración de donde logró escapar. Al reunirse con su familia, migraron al sur de Francia. 

Su padre consigue trabajo en una sastrería gracias a que el dueño, Victor Mesple-Somps, miembro de la resistencia francesa, le emplea a pesar de que estaba prohibido contratar a un indocumentado. Fue él quien le dio dinero y contactos que les ayudarían a ponerse en un lugar seguro fuera del alcance de los nazis.


"Paca Sitzer" sostiene una foto de Víctor Mesple-Somps, quién ayudó a su familia y a muchas más a escapar de los Nazis

Estuvieron allí dos años hasta que, después de comprar documentos falsos de la embajada de Nicaragua y tener boletos para partir en barco a Puerto Cabello, emprendieron camino y llegaron a la ciudad de Les, en territorio catalán, donde fueron detenidos por la Guardia Civil por no poseer documento de salida de Francia. 

Fueron detenidos allí por 10 días, mientras llegaban órdenes de Madrid para saber qué se hacía con ellos. Por falta de respuesta, fueron liberados y en enero de 1943 partieron rumbo a Venezuela, donde les dijeron que había una comunidad dispuesta a ayudarles. 

Llegaron al país el 3 de febrero de ese mismo año gracias a que Isaías Medina Angarita, presidente en el cargo para ese entonces, permitió la llegada de refugiados. 

Destaca que a pesar de ser judíos, Paca y su familia ingresaron al país como ortodoxos, debido a que aparentemente las cancillerías de Venezuela en el mundo tenían instrucciones de no dejar entrar a judíos. 

Para Trudy Spira, en palabras de su hijo Ernesto, su llegada al país y el conocer cómo se relacionaba la sociedad venezolana fue una experiencia maravillosa. 

“Cuando mi mamá llegó a Venezuela, estaba convencida de que había llegado al paraíso. Porque lo que en Europa eran expresiones de odio y de racismo, aquí son expresiones de cariño: Mi gordo, mi negro, mi viejo. Y este se convirtió en su país hasta el día de su muerte”, relata Ernesto. 

A pesar de que el mundo fue testigo de la crueldad a la que conlleva el odio hacia el prójimo, en la actualidad las muestras de antisemitismo han resurgido con una fuerza abrumadora, algo que observan con preocupación aquellos quienes han sido víctimas de ella. 

“No es que el racismo haya dejado de existir en algún punto, siempre ha estado allí desde el inicio de los tiempos y desgraciadamente seguirá existiendo”, explica Paca. 

“El problema con ello es que sabes cómo comienza pero no sabes cómo va a terminar”, destaca Ernesto Spira, “Hay que evitar alimentar el odio hacia el otro, porque una vez que logras quitar la humanidad en una persona, es muy fácil comenzar a asesinar”. 

Paca Sitzer cuenta que hoy en día compara mucho el éxodo de venezolanos de los últimos años con el de su familia. “Es admirable ver como toman el valor para iniciar el camino, porque no todos viajan en avión o en autobuses, y luchan por conseguir un futuro mejor”. 

El mensaje que dan ambos para los jóvenes y la sociedad en general se resume en dos palabras: Tolerancia y Aceptación. 

“Hay que ser tolerantes, eso es muy importante”, resalta Paca, “hay que respetar al prójimo y ponerse en los zapatos del otro, porque es muy fácil juzgar sin conocer”. 

“Hay que aceptar a cada uno como piensa y a cada uno como es”, menciona Ernesto, destacando la importancia del respeto mutuo para la sana convivencia. 

74 años después del Holocausto surge la pregunta: ¿Qué ha aprendido el mundo de ello? Y la respuesta es a recordar, evocar la amenaza que implica el odio y la barbarie a la que conlleva. Sólo recordando y estudiando el pasado, se puede asegurar el futuro.

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