La democracia gana con reconteo serio
Los cargos de elección popular suponen la posibilidad de ganar y también la de perder. A nadie le gusta perder y Andrés Manuel López Obrador, conocido como AMLO (candidato del PRD) no es la excepción, pero sí tiene de particular que le cuesta admitir la derrota.
En las elecciones de 2006 los reclamos de AMLO y el show que presentó pudieron haber tenido sentido si tomamos en cuenta que su derrota fue por un margen de 0,50% de los votos. Pero aún después de todos los conteos se autoproclamó "verdadero presidente" y mantuvo a la gente acampada en El Zócalo hasta que la cosa se disolvió sola como era de esperarse en un país en el que la institucionalidad se ha ido solidificando en las últimas décadas.
En la elección del domingo pasado los resultados fueron mucho mas contundentes dando la victoria al PRI y su candidato Enrique Peña Nieto con 38,26% y a AMLO un distante segundo con 31,56%.
Estamos claros que México no es Suiza ni Francia y que el PRI , por sus poco claros antecedentes, no es la madre Teresa de Calcuta. Así pues es "normal" (aunque no justificable) que en un universo de cincuenta millones de votos emitidos existan inconsistencias y seguramente algunas trampas de viejo cuño, pero lo que es evidente es que bajo cualquier parámetro Peña Nieto ganó y López Obrador perdió.
Sin embargo el proceso de reconteo, en un país como México, donde el árbitro electoral -el IFE (Instituto Federal Electoral)- ha ido incrementando sensiblemente el marco de su credibilidad y confiabilidad en todos los sectores de la política y la sociedad mexicana y donde la transparencia de las instituciones ha ganado mucho en los últimos lustros con los Poderes del Estado funcionando en forma bastante aceptable y ante la presencia de observadores internacionales verdaderamente independientes y no comprometidos, pudiéramos afirmar que el reconteo fortalece el proceso democrático como tal, mas aun cuando el mismo se realiza con la apertura física de las cajas (casillas o paquetes como los llaman allá) y los resultados definitivos apenas si varían centésimas de punto aun cuando se hayan podido constatar numerosas inconsistencias en un universo de votantes que casi duplica la población total de Venezuela pese a una abstención rondando el 37%.
Muy distinto es cuando las instituciones se manejan con opacidad y descarado ventajismo como es en Venezuela, donde los "observadores" son solo los que el gobierno invita y donde el sistema causa dudas. ¡Dos países y dos realidades!
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