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Los cuentos de mi tierra

El Jarillo

Esta es una población de descendientes de alemanes que ha vivido desde su fundación de la siembra de lo que ellos llaman su petróleo amarillo: el durazno

  • ERIKA PAZ

06/01/2019 06:00 am

La primera vez que fui al jarillo, tenía la firme intención de vencer mi miedo a las alturas volando parapente. Alguien me comentó que estas montañas eran perfectas para ver desde arriba un lugar de casitas de techos rojos espolvoreadas entre tanto verde, me dijeron que en este suelo se encontraba buena parte de los mejores instructores de este deporte extremo que existían en el país, y que había un joven cuya historia merecía ser contada en un artículo. Así fue como conocí a Rodolfo Ziegler, hoy en día mi compadre, en aquel entonces, la persona que me ayudo a tratar de enfrentar mi temor. El de él es un relato de arraigo y amor a sus raíces, de trascendencia a la memoria de su padre, quien visionó esta actividad como fuente de ingresos y desarrollo turístico de la parroquia. A su muerte, sus sueños tuvieron que ser continuados por Rodolfo, por eso el Club de Vuelo que hoy lidera lleva por nombre Min, el apodo de la persona que le enseñó todo lo que podía saber sobre la actividad. 

Recuerdo de esa primera visita que la entrada de El Jarillo era convulsionada, las fachadas de las casas vestían repisas repletas de duraznos y ciruelas, y recuerdo, que al llegar al llamado Despegadero, en una de las partes más altas del poblado, se tomaba un turno para que uno de los parapentistas que se desocupara llevara a su pasajero en un viaje hacia la magia de su tierra. 

Hoy en día, como en muchos destinos venezolanos, la situación ha cambiado, porque sí, hay que estar claros, la vía de acceso a esta comunidad está en uno de sus peores momentos, un solo autobús cubre la ruta para la zona y como en gran parte del territorio nacional, la emigración ha sido factor determinante para que los comerciantes cierren sus puertas. Pero los pájaros del aire siguen insistiendo en mostrar las bondades de un suelo desde el cielo. Si bien es cierto, la afluencia de personas no es la misma de otros tiempo, unos cinco instructores, incluyendo a Rodolfo, continúan apostándose en el cerro que les sirve de punto de partida para ofrecer sus servicios, alrededor de ellos un restaurante presenta las delicias culinarias inspiradas en la herencia germana que los respalda y unos tantos vendedores ambulantes exhiben bajo sus toldos parte del actual sostén económico de esta región: la agricultura. 

Esta es una tierra fértil y por esa razón en 1890 los inmigrantes que habían llegado a La Colonia Tovar, fundada en 1843, decidieron abrir camino hacia sus espacios. El durazno se evangelizó como su principal siembra y por eso se puede encontrar derramado en cualquier ladera. El padre de Lucas Gerik, uno de los fundadores del pueblo, abrió el camino para que muchos de los que llevan ese apellido hoy ejerzan el oficio que él comenzó por estos lados. En cada oportunidad que tengo de hablar con Lucas, me cuenta como aprendió a hacer injertos y consiguió mejorar las variedades, logrando que se pudiera cosechar todo el año. Siempre dice con una sonrisa tímida, medio escondida detrás de su gran barba, que ellos, su gente, lograron crear una mezcla entre durazno y melocotón, carnoso y jugoso pero resistente, ideal para los anaqueles. 

Los demás rubros vinieron después. Cebollas, papas, fresas empezaron a ocupar los terrenos. Dice el empírico agrónomo que aquí se da de todo y aun así, eso no garantiza que el trabajo de campo sea el que provea la estabilidad de la población. Según su teoría, las parcelas se hacen más pequeñas cada día; pone el ejemplo de su padre, que tenía un poco más de cuarenta hectáreas, que han sido repartidas entre sus herederos. Por eso él ha insistido siempre en la importancia de ver el pueblo con los ojos del turismo, vender costumbres, gastronomía y actividades relacionadas con la naturaleza como forma de sustento. 

De la misma forma piensan Magaly y sus hijas. Ellas continúan haciendo pan en su casa, por algo más que mantener la tradición. Se trata en su caso de cuatro generaciones de panaderas que intentan reproducir en tiempos de crisis la receta que bajo el brazo trajeron sus antepasados, un producto que se desprende de las más de tres mil variedades que existen en Alemania. Crujiente por fuera, suave por dentro, pesado, contundente, así es este alimento al que ellas llaman "prote", y que comienzan a elaborar la madrugada de cada jueves junto a otra ración de panes dulces y hasta tortas; que venden en una simpática cabaña ubicada a unos metros de su vivienda los fines de semana para que los turistas se lleven un pedacito de la "Europa Criolla" a sus casas.

Ellas forman parte de los que siguen creyendo en la fuerza del turismo como motor de vida, y Rodolfo Ziegler uno de los impulsadores de ese motor desde las alturas; a los intrépidos que se atreven a volar con él, les explica lo que pueden hacer cuando coloquen sus pies sobre tierra firme. Les dice que el que ven abajo es un destino tranquilo y bonito para pasear, señala algunas casas que sirven de posada a los visitantes, muestra los puntos de comida, los locales con suvenir para llevar, la iglesia que significa todo para su gente, invita a conocer su interior para que vean el altar levantado sobre un tronco de durazno, como símbolo de la riqueza de su pueblo. Habla de la humildad y bondad de sus habitantes que no se ve estando tan cerca de las nubes, pero que se aprecia, reconoce y se agradece cuando se recorren sus caminos. 

Para Disfrutar El Jarillo 
- Club de Vuelo Min: 0414-1844683 / Instagram: @parapente_eljarillo 
- Posada Don Julián: 0414-2812554 / Instagram: @posada.donjulian
 - Pan Prote de Magaly Ziegler: 0212-3920141 /0426-5066205 / Instagram: @magalyaziegler 
- El refugio del Águila: 0426-9163585 
- Fábrica de Duraznos Lesmi: 0212-3920055 / Instagram: @lesmi1  
@loscuentosdemitierra

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