Uruguay
Su capital, Montevideo, es el centro financiero y político del país, que vibra a su propio ritmo. Es una ciudad antigua bastante animada. Sus habitantes solo hacen alarde de uno de sus mayores placeres: beber infusión de yerba mate. Está salpicada de rascacielos que contrastan con su casco histórico, museos, bibliotecas, playas y buena gastronomía
Cuando con una pareja amiga fuimos a Uruguay, esperábamos un país pequeño, simple, modesto, añejo, bucólico, cargado de historia y de suspiros por el pasado. Nos habían hablado bien de la culinaria. Claro está, siendo cuna de grandes escritores, como Mario Benedetti, la fama literaria nos hacía interesarnos en su oferta cultural. También nos habían dicho que encontraríamos encantadora la campiña de ese "paísito" del sur.
El automóvil lo rentamos en Colonia de Sacramento, donde llegamos por ferry en una travesía corta por el Río de la Plata desde Buenos Aires. Dos compañías prestan el servicio: Buquebus y Colonia Express, aun cuando el terminal porteño de Buquebus es moderno y de fácil acceso por subterráneo, autobuses o taxis.
Tan pronto el ferry atracó en puerto oriental, sentimos que algo bueno estaba por ocurrirnos. Habíamos reservado una posada frente a la plaza principal. Un albergue limpio, en una casa antigua y dueños que nos recibieron a lo que ellos llamaban "su hogar". La mañana siguiente comenzó el proceso de descubrimiento.
Es imposible no enamorarse de esa villa con buena base arquitectónica e histórica de la época provincial y republicana. Se nota la mixtura de lo español, portugués y criollo, con algún dejo de influencia inglesa. Como no era verano, la población flotante de turistas que suele ser numerosa era escasa. Ello nos permitió caminar sin tropiezos por callejuelas empedradas, perdernos por los entresijos de la costanera y disfrutar de ese frío que quienes no vivimos en países de 4 estaciones deseamos porque no tenemos que padecer los rigores de un invierno.
La carta en los restaurantes era pequeña, en apenas una hojita usualmente escrita con caligrafía de literatos caben exquisiteces. La sorpresa mayor estuvo en descubrir esa Colonia más allá de su casco histórico. Una zona turística y vacacional pujante y con notorio respeto por la naturaleza se abre paso, ofreciendo hoteles, casas y albergues en los cuales los arquitectos ensayan con materiales y líneas atrevidas. Abren sus puertas cada día nuevos restaurantes, pequeños pubs y cafés con terrazas y sillas colocadas para mirar. Al final de la avenida que bordea la costa, se llega al Sheraton, un hotel/spa hermoso, suave, moderno e integrado al ambiente.
Rumbo a Montevideo
La carretera de Colonia a Montevideo es casi impecable. Perfectamente asfaltada, no hallamos ni un solo hueco, bien iluminada y señalizada. Hubo varias paradas para tomar café, comer empanadas y probar los quesos uruguayos. Uno no se puede ir de Uruguay sin degustar su variada oferta de quesos de leche de vaca, oveja y cabra. Y sin catar los vinos y espumantes.
Nos detuvimos en una chacra donde su dueño nos mostró su colección de lápices que, según insiste, está en el libro Guinness de Récords. El hijo mayor estaba en el patio ocupándose de las labores del "asado". Probamos un embutido. Un regalo para el paladar.
Por andar distraídos entramos a Montevideo por la parte que obliga a transitar por entre calles que ni aparecen en el plano de la ciudad. Buscábamos la vía a la Rambla, de la cual nos habían hablado. Varios minutos de extravío y el frontis fluvial se nos abrió como un abanico.
La Rambla de Montevideo no es un lindero con el agua. Tampoco una acera bien hecha que bordea la costa. Es una confluencia de sensaciones, de gente que camina sin atender presiones del tiempo. Hay bancos para reposar y dejarse seducir por el placer de un espacio construido para que el ser humano, la ciudad y el majestuoso río se entrelacen. Lograron quienes la diseñaron -y con el tiempo fueron remodelándola- ser generosos y comprensivos con habitantes y visitantes. Entendieron que tenía dueño.
Más que un alojamiento
En Pocitos, zona de clase media dentro de Montevideo, la vida es sin embates, segura no importa la hora, llena de detalles que no agreden al ciudadano de a pie. Hay pequeños bistrós, librerías abiertas hasta la madrugada, abastos con todo lo que uno pueda necesitar, cafés en los que nadie apura y el suficiente volumen de sonido para que uno pueda escucharse y escuchar. Y todo a distancia caminable.
Allí, estaba nuestro hotel, el Punta Trouville, una joya, ubicada en un edificio flaco y de pocos pisos, con las comodidades que se pueda precisar y a solidario precio. Sus habitaciones son suites con kitchenette, camas de buenos colchones y lencería de calidad, baños bien hechos, conexión a Internet de alta velocidad. Ofrecen uno de los mejores desayunos bufé que he encontrado en mi transitar por el mundo.
El centro de la capital
Está en remodelación. La labor de arquitectos, urbanistas, paisajistas e historiadores que lideran el proyecto se concentra en concebir un centro para quienes allí trabaja, para quien acude a hacer diligencias, para quienes habitan o van en procura de un condumio o de un objeto de esos que en todas las ciudades del mundo le dicen a uno que "eso se consigue en el centro".
Entre las calles, bulevares y plazas, el centro montevideano es sabroso para caminar sin horario. Abundan cafés, estantes de ventas de frutas y dulces, librerías que parecen partes de museos, tiendas que marcan en su entrada su data de fundación de antes de la llegada del siglo XX, anticuarios, museos, galerías de arte, tiendas de música, ventorrillos de objetos de subastas. Camínese el centro con calma, descubriendo los pequeños detalles.
Disfrute de un casco donde la seguridad no está en discusión. Trate de que su plan lo lleve a estar allí a la hora del almuerzo y váyase a engordar justificadamente en el Mercado del Puerto, espacio que ha sido convertido en un lugar que reúne una excelente muestra de la gastronomía montevideana, tanto de la tradicional como la avant garde y de autor. El lugar es hermoso y atienden de maravilla. El cubierto por persona no es barato pero tampoco un escándalo.
La carne argentina tiene mucha fama, pero créame que la uruguaya es mucho mejor. Dicen que es porque el ganado sólo come pasto orgánico. En Uruguay la palabra "transgénico" es una grosería. Antes de regresar hacia Pocitos, váyase a la zona del puerto. Allí fíjese en el cielo y verá la punta de un edificio de factura modernísima, con 160 m de altura.
Llegue hasta La Aguada, es el Complejo Torre de las Comunicaciones, construido en una de las zonas más antiguas, frente a la bahía y el puerto. Forma parte del Plan Fénix de revitalización urbana. Allí operan las telefónicas y cuenta con biblioteca, mirador y auditórium.
Carrasco
Alguna vez fue un suburbio de la ciudad de Montevideo, donde los montevideanos de alto nivel social tenían sus casas de veraneo. Ahora forma parte de la urbe capitalina. Exhibe una mezcla de arquitectura de ya tres siglos. Hay casonas hermosas de épocas de finales del XIX y principios del XX, viviendas que parecen transportadas de cualquier ciudad europea, todo ello confundido con edificaciones híper modernas con diseño siglo XXI.
Carrasco cuenta con dos o tres calles o avenidas repletas de tienditas y restaurantes. Y abundan los cafés. No deje de visitar el supermercado, no inmenso pero tan bien surtido que pasear por él forma parte de lo que llamo "la experiencia oriental". Entre Carrasco y Pocitos, sobre la bahía, hay un bar-restaurant de quedarse con la boca abierta. Se llama Heming-Way, en clara alusión y homenaje al escritor Ernest Hemingway. No se lo puede perder. Un par de horas allí y usted concluirá que Dios estaba de muy buen humor y los ángeles estaban de fiesta el día que se hizo la Bahía de Montevideo.
Vámonos para Punta del Este
Fuimos en julio (invierno en el sur), la ciudad estaba en paz. Eso nos permitió recorrerla. La avenida que bordea la playa es fantástica, para detallar una diversidad en una ciudad cuya vocación es el verano. No se pierda esa expedición por las calles de la Punta no turística.
Casi llegando al final de la costanera, frente a unas marinas hay varios restaurantes. Muchos aparecen en guías de turismo. Nos decidimos por El Secreto. Máxima recomendación. Por los lejanos 40 s, la Barra de Maldonado era un pueblo de pescadores. Con los años fue creciendo en tamaño y en popularidad debido al aumento demográfico ocurrido a partir de la aparición de tiendas, restaurantes, pequeñas galerías de arte y artesanía, y algunas de las casas de playa más lindas que he visto en mi vida.
La Barra es el suburbio de Punta del Este, con regulaciones que impiden edificios altos. Las calles se van estrechando hasta convertirse en un collage de avenidas pequeñas. Busque el puente ondulado o "Puente de La Barra". Cuando lo cruce tendrá una sensación de vértigo.
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