África
Ningún trotamundos puede jactarse de ser tal hasta que no haya visitado un safari africano, respetando la premisa suprema: el ser humano es allí una especie animal más, que se asoma a la vida salvaje bajo su propio riesgo
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Frenar para dejar pasar una jirafa, observar elefantes enlazar sus trompas y cavar en busca de aguas subterráneas, unos hipopótamos sumergirse en un pantano lleno de cocodrilos, unas cebras tratar de camuflarse para despistar a un felino que acecha trepado en un árbol, mientras un elegante avestruz saluda antílopes y rumiantes escoltados por chorlitos en sus lomos y cigüeñas en vuelo.
Es un zoológico sin rejas ni alimentación programada. El propio "círculo de la vida", tal como Elton John lo describió para "El Rey León".
Un safari -viaje en swahili y árabe- es una de esas experiencias que hay que vivir al menos una vez. Sin duda es el mejor método para conocer la naturaleza salvaje y las tribus más primitivas, y África tiene la ventaja de ofrecer praderas mucho más despejadas que las tupidas selvas suramericanas, lo que facilita la visión.
Y aunque la pobreza de ciertos países siga estimulando la avergonzante cacería por parte de nobles y empresarios corruptos, como en los tiempos de la colonización europea, hoy en día binoculares y cámaras son las únicas armas que se le toleran al explorador contemporáneo.
Como si se viviese dentro de la película "África mía", un documental antropológico, un capítulo de Daktari o una novela de Verne, con días de sudor y noches de fogata, salir de safari -preferiblemente vestido de kaki y con sombrero blanco- es un recorrido que se hace normalmente en un vehículo rústico a través de caminos de tierra o angosto asfalto, a velocidad pausada, y respetando la máxima premisa: el ser humano es allí una especie animal más que, bajo su propio riesgo, se asoma a la vida primitiva, donde flora y fauna no conocen otra ley que no sea la supervivencia instintiva.
Desde el pequeño insecto exótico hasta el gran paquidermo, sólo la imprudencia puede alterar el equilibrio.
Los visitantes tienen diversas maneras de aproximarse a la naturaleza: a pie, explorando cuevas, cabalgando un elefante o camello, desde el carro, navegando un río o quizás en globo, helicóptero o avioneta a vuelo bajo, con largas excursiones acampando dentro de una reserva natural o en paseos básicos de unas horas, diurnas o nocturnas -cuando los depredadores suelen salir a buscar comida-, vigilados a medias por cámaras que procuran velar por la seguridad del turista, pero sobre todo por la ecología.
Igualmente los recorridos pueden ser genéricos o especializados en hábitats de especies particulares que el viajero quiera apreciar.
Y si en la zona mora alguna tribu (Masai, Samburu, Njemp, Bosquimano Hadzabe, Makuleke), posiblemente haya paseos para verlos cazar, pescar, recolectar, fabricar artesanías, bailar sus ritos, o pastar sus rebaños junto a los animales más fieros, como si nada. Para otros turistas las mejores áreas a recorrer son aquellas que no están habituadas a la vida humana, de manera que los animales se comportan con más libertad y la vida salvaje se regenera a su propio compás, lo que implica que las especies mantengan un ritmo nómada y se desplacen según el clima, en busca de agua y comida.
Los turistas venezolanos no necesitan visa para Suráfrica, y en la mayoría de los países el visado suele ser un impuesto que se cancela antes de partir o en el aeropuerto al aterrizar. Los vuelos más directos salen de Europa, EEUU, Brasil y Argentina.
Cada reserva natural incluye un pago para entrar, pero lo mejor es viajar a través de paquetes, para disminuir los costos y garantizar la seguridad. En cualquier caso, un safari significa turismo extremo segregando adrenalina. Sólo para los más aptos, diría Darwin.
Más información: http://africasalvaje.org y www.onsafari.com.
acorrea@eluniversal.com
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